Sobre Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua

El grupo Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua reúne a varios narradores y narradoras, dedicados a la producción y a la promoción de la literatura de la República Dominicana.

El colectivo es coordinado por el destacado escritor Manuel Salvador Gautier. Está integrado además por Ángela Hernández, Rafael Peralta Romero, Emilia Pereyra, Ofelia Berrido y Miguel Solano.

El grupo Mester de Narradores participa en actividades literarias como paneles, conferencias y en otros eventos destinados a promover y difundir la literatura dominicana.

En este blog encontrarán textos de los integrantes del grupo Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua y temas relacionados con la narrativa.
Gautier Gana Premio Nacional Feria del Libro


El destacado escritor Manuel Salvador Gautier ganó, el pasado mes de mayo de 2011, del Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes 2011, otorgado por Grupo León Jimenes.


La obra galardonada se titula “Dimensionando a Dios”, y versa sobre una interesante y poco estudiada etapa de la vida de Juan Pablo Duarte, libertador de la República Dominicana.


“Estoy escribiendo desde 1986, pero nunca pensé que obtendría este premio. Muchas gracias a todos y especialmente a los miembros del jurado”, expresó el prolífico narrador.



El libro de Gautier explora el viaje realizado por Juan Pablo Duarte a Barcelona de 1829 a 1831.


El veredicto fue dado por un jurado compuesto por los reconocidos intelectuales Jeannette Miller, Adriano Miguel Tejada y José del Castillo, quienes destacaron la calidad de la obra, la cual sobresalió ante 55 títulos que compitieron por el premio.


Según el veredicto la obra de Gautier destacó “por su calidad literaria y su excelente ritmo narrativo, que explora, utilizando la realidad histórica y la ficción, la conexión de Juan Pablo Duarte con Barcelona y los movimientos libertarios de la época que dan forma al pensamiento histórico del Padre de la Patria”.


Al acto, celebrado en la Sala de la Cultura del Teatro Nacional Eduardo Brito, asistieron ejecutivos del Grupo León Jimenes, funcionarios del Ministerio de Cultura, así como escritores, poetas, literatos y un público amante de la cultura.


Escritora habla sobre “El Yo del escritor en la creación novelística”

Academia Dominicana de la Lengua recibe a Ofelia Berrido como Miembro Correspondiente

La Academia Dominicana de la Lengua, mediante un acto solemne, dio ingreso formal a la escritora Ofelia Berrido como Miembro Correspondiente de la misma con la Conferencia -ensayo “El Yo del escritor en la creación novelística”.

La autora de “El sol secreto” fue presentada al público presente por Federico Henríquez Gratereaux, quien en una bella semblanza habló de las cualidades del nuevo miembro y sobre la dicha que tienen aquellas personas que encuentran su verdadera vocación.

La participación de Henríquez Gratereaux resultó interesante y muy amena. De inmediato Ofelia Berrido dictó la conferencia en la cual planteó su propuesta con las siguientes palabras: “El Yo del escritor planteado al desnudo y con profundidad, entregado totalmente al acto de creación y accediendo en tales condiciones a niveles superiores de conciencia y a los más profundos pozos del inconciente es el principal responsables de una obra intensa, rica y permanente porque plantea a través de ese Yo el Yo Universal, el hombre y la mujer de hoy y de todos los tiempos. . ."

El Director de la Academia, Bruno Rosario Candelier, quien le entregó a la novelista el pergamino que la acredita como académica, expresó que en atención a sus meritos lingüísticos y literarios, su aporte al desarrollo de la novela dominicana y su labor cultural a favor de nuestras letras la Corporación convino en nombrar a Ofelia Berrido individuo suyo en la clase de Miembro Correspondiente.

Le dieron la bienvenida los Académicos Miembros de Número: Víctor Villegas, González Tirado, y José Henríquez y entre los Miembros correspondientes Manuel Salvador Gautier y Emilia Pereyra y Roxana Amaro y Darío Bencosme.

La lingüista Roxana Amaro, con su reconocido don de la palabra, condujo el evento, mientras un público, compuesto por escritores, amante de las letras, amigos y contertulios, disfrutó del acto, y al término del mismo todos compartieron juntos en el patio interior de la Casa de las Academias.


El escritor Peralta Romero gana premio El Barco de Vapor

El escritor Rafael Peralta Romero fue declarado ganador del premio El Barco de Vapor de novela infantil, patrocinado por la Fundación SM y que tiene una dotación de 200 mil pesos.

Los señores Eduardo Guerra, gerente general, y Luis Miguel Aguas, director editorial de la editorial SM, entregaron al escritor Peralta Romero la estatuilla correspondiente en un acto realizado en la quinta Dominicana, de la zona colonial de Santo Domingo.

La obra ganadora es “De cómo Uto Pía encontró a Tarzán”, que cuenta la historia de un adolescente que salió de su pueblo a encontrarse con Tarzán, el famoso personaje creado por Edgar Rice Burrough, a quien encontró en una residencia para ancianos.

El libro de Peralta fue escogido entre 52 que participaron en el certamen, de las cuales quedaron como finalistas: “Los invisibles y los terrenales”, de Patricia Acra, y “Los cazadores de nubes”, de Ramón Gil.

Las dos novelas finalistas serán publicadas y presentadas al público en el mes de abril en el marco de la celebración de la XII Feria Internacional del Libro.

Al recibir el premio, Peralta Romero pronunció un discurso en el que resaltó el impulso del premio El Barco de Vapor, que ha realizado dos versiones en República Dominicana, a la creación de novelas infantiles, un género “tradicionalmente preterido” y que hasta hace poco tiempo provocó escaso interés entre los escritores dominicanos.

Dijo que recibe el galardón “con justificado alborozo y con el convencimiento de que se trata de un indudable reto como escritor, y muy particularmente acentúa mi compromiso con la literatura infantil”.

El escritor se refirió a la responsabilidad que tiene la literatura infantil en el desarrollo social de una nación y consideró que plantearlo parece una utopía, “pero no lo es, si se toma en cuenta el papel del lenguaje en el desarrollo de la personalidad y de las aptitudes del individuo para establecer las debidas relaciones con la colectividad”.

“La influencia de la educación en los primeros años de vida del niño resulta determinante para toda la existencia del mismo. La formación de dominicanos: correctos, pensantes, educados y sociables deberá conllevar acciones realizadas a partir de los primeros años de vida de esos nuevos ciudadanos”, declaró.

Dijo además que la lectura es la vía más idónea para iniciar a un individuo desde la niñez en la práctica de la comunicación, y para eso se produce la literatura infantil. “De ahí que no me parezca nada utópico asociar la literatura infantil con las posibilidades de cambios de una sociedad”.

Afirmó, de igual modo, que mucho menos se considerará utopía si se pondera juiciosamente la función de la literatura en el desarrollo de las competencias lingüísticas de los pequeños. “Niño que no lee o que no le leen, no logrará el desarrollo pleno de sus facultades intelectivas, dado que las competencias lingüísticas constituyen el eje central para desarrollar las demás competencias”.

Peralta citó el juicio del lingüista Pedro Salinas, quien ha considerado que “La persona se posee a sí misma en la medida en que posee su lengua”, y agregó al respecto que quien no maneja adecuadamente su lengua no puede poseer el mundo exterior.

Destacó la importancia de la imaginación en el desarrollo intelectual del niño y recomendó que la escuela aplique más los recursos que permitan al niño imaginar e inventar.

Peralta destacó que en el país se está escribiendo literatura para niños, y que se desarrollan “esfuerzos para alcanzar la autosuficiencia en cuanto a producto literario destinado a nuestros niños, construido con materiales de aquí e inteligencia de aquí”.

Proclamó la necesidad de que padres y maestros ofrezcan a los niños la oportunidad de jugar con las creaciones literarias, divertirse con ellas. “Y percatarnos todos de la importancia de la fantasía para los pequeños”.

El intelectual, profesor de la Facultad de Humanidades de la UASD, reclamó que los maestros asuman la promoción de la lectura “como un asunto de ética” y lo justificó en la afirmación “de la capacidad lectora depende la adquisición de los demás conocimientos, y de la educación depende el cambio en los individuos y en la sociedad”.

Insistió en que “sin el desarrollo de las competencias comunicativas, es imposible que el individuo alcance capacidad para conocer, actuar e interactuar en los diferentes contextos y situaciones”.

27 de marzo de 2009.


Escritor Peralta Romero presenta novela de Rafael Darío Durán

Con el diablo en el cuerpo: Una novela llena de fascinación y encanto


Por Rafael Peralta Romero


Diferenciar entre un personaje de ficción y el personaje de real existencia ha provocado muchas horas de reflexión y estudios entre los especialistas de la creación literaria. Todo ello, a pesar de que desde el punto de vista formal, persona y personaje son conceptos bien diferenciados.

Las personas somos todos los seres humanos, no importa la constitución física o síquica, no importa su condición social o económica ni tampoco importa dónde haya nacido o vivido. Las personas, por demás, tenemos fecha de nacimiento y cédula de identidad y estamos sujetas a las leyes naturales, las cuales imponen entre otras acciones: nacer, crecer, relacionarse, alimentarse, reproducirse y desaparecer.

Se ha creído que los personajes son puro invento de los creadores literarios, que los personajes sólo existen en los cuentos, las novelas, el teatro y en las producciones cinematográficas. Eso se ha creído con aparente lógica, porque como se ha dicho, los personajes se han hecho a imitación de las personas.

Pero no siempre los narradores las tienen todas consigo al momento de trazar los caracteres de un personaje, porque la invención de sujetos ficticios con suficiente vida y sentimientos no resulta trabajo tan fácil, y no pocos teóricos de la literatura se han referido a la conformación de personajes como una tarea altamente compleja.

Por ejemplo, Pío Baroja ha considerado al respecto lo siguiente: “Para mí, en la novela y en todo arte literario, lo difícil es inventar, más que nada inventar personajes que tengan vida…”.

Parecerá entonces, que la sustancia principal para la conformación de los personajes literarios habrá que buscarla en las calles, en los parques, en las fábricas, en los bares, en los mercados, en los caminos, en los conventos, en los recintos militares y en cualquier lugar donde se mueve la gente.

La vida presenta con frecuencia sujetos reales que se tornan en seres que parecen de fantasía, que adoptan actitudes y formas de ser que los tipifican como auténticos personajes, cual si fuesen producto de la creación, de la fecunda imaginación de un autor literario.

El quehacer político es abundante en este tipo de figuras, que sobresalen de su marco por los comportamientos que asumen, los cuales le imprimen determinados niveles de extravagancia, la que a su vez conduce a confundir a esa persona real con un ser sacado de la imaginación.

Tenemos en nuestra historia política a personas cuyos caracteres no permiten diferenciarlas de los personajes creados.

Lo cierto es que son los hechos ocurridos en su vida, su constitución sicológica, su concepción de la vida, del amor, su relación con los demás seres humanos, su ambición o su desinterés, su generosidad o su egoísmo, su inteligencia o su torpeza lo que determina que una persona real se convierta en personaje apto para el tratamiento literario, para ser aprovechado por quienes se dedican a contar historias dignas de ser leídas y provocar emociones.

Pero no sólo los políticos son a menudo materia prima para los creadores literarios. Muchos seres marginales, cuya vida se ha limitado a los movimientos fisiológicos de su organismo, se prestan también para roles destacados en la literatura de ficción.

De modo que podemos encontrar personajes en las casas humildes como en las mansiones opulentas, en los prostíbulos como en los conventos, en las universidades como en las galleras, entre los agricultores como entre los sacerdotes, entre los guardias como entre los guerrilleros, entre los patronos como entre los trabajadores.

Estas apreciaciones vienen a propósito de que Rafael Darío Durán nos ha convocado para presentar su nueva novela “Con el diablo en el cuerpo”, la cual está basada en la vida de una persona real a la que el autor le ha descubierto la condición mítica, es decir cuya vida resulta una materia prima procesada para el desarrollo de una historia de ficción contable, novelable y filmable.

Porque, definitivamente, ha habido personas, y sigue habiendo, ante cuyos perfiles, la capacidad inventiva de un escritor puede resultar insuficiente. Ahí es, precisamente, que el novelista pone a prueba su talento para discriminar entre hechos y personajes que encierran valor, que resultan buenos materiales para elaborar su obra, y los que equivalen a pajas o materiales de desecho.

Con ésta, su tercera novela, Durán ha demostrado un adecuado manejo en este discernimiento. Sus oídos, sus ojos, su sensibilidad lo han conducido hacia un tema que estaba ahí, esperando un autor que le diera la forma definitiva de una novela.

Y él lo ha hecho de la mejor manera, porque ha sabido combinar la importancia de un hecho con el manejo de la técnica narrativa, porque ha sabido imprimir sentido literario a la vida de una persona y porque ha sabido infundir vida a los demás personajes que acompañan al personaje principal a fin de que la historia culmine eficazmente.

Durán hace lo que José Ortega y Gasset ha considerado que tiene que hacer quien desee embarcarse en la trabajosa aventura de componer una novela. Dice Ortega:

“En suma, el novelista, si se quiere, tiene que copiar la realidad, pero en ésta hay estratos superficiales y estratos a que aún no había llegado nuestra mirada. Es un buen novelista quien posee perspicacia bastante para sorprender estos estratos profundos y gracia suficiente para copiarlos”.

Rafael Darío Durán ha encontrado el componente activo de su obra en la vida accidentada de la cantante cubana La Lupe, que estuvo en la cima de la popularidad y del bienestar económico, para caer en el abismo y en el más horrendo olvido, debido al vicio.

Como toda diva, fue prisionera de su necesidad de reafirmación por medio de la adulación y en su caso, también del sexo desordenado. Resalta en la vida de esta mujer, además, su estilo desafiante, lacerante, alocado, que llegó hasta molestar al poder político.

Para recrear la vida de la Lupe, nacida en Santiago de Cuba, cuya voz inundó intensamente radios y velloneras de nuestro continente como pregonera de sentimientos y pasiones en los que el erotismo alcanzó su máxima expresión, Durán, como meticuloso orfebre, como entusiasta inventor, recurre a la creación de otros personajes que resultarán más que útiles, indispensables.

Porque eso sí, todos los personajes en esta novela cumplen un rol, sin el cual la obra quedaría torcida.

Es el caso de Josua, mecanógrafo de oficio, quien decide abandonar su país, República Dominicana, (además de su hijo y esposa) con destino a Cuba, con el interés de encontrarse con el escritor Ernest Hemingway, a quien idolatra.

Piensa ver a Hemingway en la finca Vigía y ofrecerle sus servicios como mecanógrafo. El viaje se realiza en el momento en que los expedicionarios del 14 de Junio de 1959 recién acaban de llegar al país con el fin de derrocar a la dictadura de Trujillo.

En La Habana, Josua conoce a una hermosa mulata, llamada Mireya, estudiante de medicina y jinetera por necesidad. Además, de un taxista, Julio Escarramán, que será quien lo pondrá en contacto con el oficio de fotógrafo, creando las condiciones para llegar hasta La Lupe.

Intenta aproximarse al escritor, pero sus amigos parecen ocultar un terrible secreto y con evasivas no le ofrecen la ayuda necesaria para su objetivo. Visita La Bodeguita del Medio, con la falsa creencia de que era el lugar que frecuentaba Hemingway, quien en realidad tomaba tragos frecuentemente en el bar Floridita. Su búsqueda fracasa y finalmente decide ir directamente a la finca Vigía a pedir una entrevista.

Josua comienza a frecuentar un bar llamado La Red, donde conoció, a través de Mireya, a una mulatita que cantaba todas las noches. Su nombre: Victoria Yoli Raymond, mejor conocida como La Lupe, que aunque era de Santiago de Cuba, residía en La Habana. Recién separada de su esposo, la cantante entabla una relación con Josua, quien termina idolatrándola y amándola de forma enfermiza.

A través de Josua, el lector va mirando el meteórico ascenso de La Lupe y también su estrepitosa caída. Aunque sus encuentros amorosos son más frecuentes y apasionados, La Lupe insiste en que no lo ama. Josua se conforma con verla y prestarle asistencia personal.

Las desgracias van en cadena: se cae de una ventana y queda paralítica, se incendia el apartamento donde vive y debe ir a vivir a un asilo. Luego viene el milagro de la conversión religiosa de la antigua devota de la santería.

Tras veinte años sin ver a su familia, Josua decide retornar al país lleno de dolor por la muerte de la Lupe, pero en el avión conoce a una artista en ascenso y en una escala en Santo Domingo, pero no sabremos si él decidirá llegar a su casa o aceptar la propuesta de la cantante para que sea su fotógrafo personal.

La novela de Durán no sólo cuenta la historia de esta cantante borracha y atormentada, seducida por los vicios, sino que éste es el pretexto para el autor radiografiar, por ejemplo, el fenómeno de la emigración, que marca a miles de familias en todos los países del mundo, la curiosidad del ser humano por conocer otros destinos, vivir nuevas experiencias, no obstante las consecuencias emocionales que esto arrastra.

La coprotagonista Josua, y sus familiares (abuelo, abuela y padre) son un ejemplo de este fenómeno socio-económico. Josua no es sólo la encarnación de esa ansia de emigrar del ser humano, sino de un hombre sin personalidad, un fanático seguidor de íconos y de cuestiones inverosímiles.

Una novela basada en hechos reales es una obra de arte y es una obra de sociología. La novela de Durán toca, con visión interpretativa y gusto de creador literario, asuntos que están a la vista, pero que precisan de una visión y una capacidad de abstracción que permitan una valoración precisa y justa sobre los mismos.

Es lo que hace Durán respecto del exilio cubano en los Estados Unidos. La transformación que se produce en los colaboradores del régimen de Fidel Castro cuando pasan a formar parte del exilio constituye un fenómeno provocativo, incitador del juicio especulativo. Aquel personaje llamado Julio Escarramán, quien orientó a Josua a su llegada a La Habana, es un buen ejemplo, como lo maneja Durán, de este aserto.

La vida íntima del pueblo cubano, con sus estrecheces y su ingenio para sobreponerse a las mismas y los efectos del bloqueo económico a que el gobierno norteamericano somete a ese pueblo, encuentran cupo también en esta novela, basada en un personaje de la farándula, pero que trasciende las delectaciones de los sentidos y las trivialidades propias del tipo de gente que protagoniza la obra.

De manera general, los hechos que van ocurriendo en el país desde la Gesta de 1959 (cuando se inicia la novela), el tiranicidio, el gobierno de Juan Bosch, la Revolución de Abril y la invasión norteamericana de 1965, el ascenso de Joaquín Balaguer al poder y la llegada del segundo gobierno del PRD, forman parte de la atmósfera política en que se desarrolla la historia.

De modo que no me queda más que reiterar lo expresado en el texto incluido en la contratapa de la obra que hoy circula con el sello de editorial Gente:

“Con el diablo en el cuerpo” es una novela realista, por cuanto parte de situaciones reales, protagonizadas por sujetos reales. Paradójicamente, los personajes reales han arrastrado a los ficticios, necesitados por el autor para construir, o reconstruir, una historia terriblemente dramática y profundamente rasgante. Se trata de la vida excepcional de la Lupe… tan característica y tan digna de narrarse.

Rafael Darío Durán recrea la existencia accidentada de la cantante cubana, y lleva al lector con ella hasta la cima de la popularidad y del éxito, para que éste la vea descender al abismo moral y rodar por el más horrendo olvido. Víctima de la fama, el vicio y la adulación, Lupe asumió un estilo artístico desafiante y lacerante que llegó a molestar a Fidel Castro, lo que sin duda añadió un toque de fatalidad a su azaroso vivir.

La Habana, Caracas, Nueva York y Santo Domingo sirven de marco a una narración desbordante de pasión y lirismo en la que los hechos políticos soportan el trasfondo de una historia que interesa y conmueve, por la forma en que presenta las interioridades del alma humana. “Con el diablo en el cuerpo” es una novela repleta de fascinación y encanto.

*Texto de la disertación del escritor Rafael Peralta Romero para presentar la novela “Con el diablo en el cuerpo”, de Rafael Darío Durán. 26-11-2008.



Emilia Pereyra ingresa a la Academia Dominicana de la Lengua

La narradora pondera el valor de la palabra



Al ingresar formalmente a la Academia Dominicana de la Lengua, como miembro correspondiente, la escritora y periodista Emilia Pereyra ponderó el valor de la palabra y expresó que su empleo debe ser realizado con sentido de la responsabilidad.


“Asumo que trabajar con la palabra es un privilegio, un compromiso y una gran responsabilidad. La palabra es poderosa. Puede construir o destruir. Puede causar esplendor, traumas o inmundicias, y a menudo se utiliza sin que se ponderen sus efectos”, manifestó tras ser recibida, con una conferencia sobre su obra, presentada por el presidente de la institución, doctor Bruno Rosario Candelier.

En su exposición, titulada “Testimonio de mi creación”, Pereyra manifestó que la literatura, campo en el que ejerce ampliamente la libertad, ofrece infinitas posibilidades para la creación, para construir y reconstruir realidades y mundos imaginarios.

Resaltó el valor de la lectura, que le ha ofrecido la posibilidad de adquirir conocimientos legados por la cultura y la extraordinaria oportunidad de ampliar los horizontes existenciales e intelectuales, por lo cual la recomienda.

En tanto, Rosario Candelier recibió a la escritora azuana con una disertación, que tituló “Emilia Pereyra: Una narradora original y contundente". Candelier expresó que ella “es una de las narradoras fundamentales de las letras dominicanas contemporáneas”.


“Prevalida de una sensibilidad empática, poseedora de un fecundo talento narrativo y dueña de una voz original, recrea con esmerado estilo, a través de escenas y caracterizaciones ejemplares, los hallazgos de su fina intuición trasvasados al tramado de sus cuentos, relatos y novelas mediante los cuales ausculta el interior de sus criaturas imaginarias y perfila el sentido de tramas y anécdotas en una fresca visión novelística”, agregó.

Manifestó que el trabajo literario de Pereyra refleja la fina intuición que la distingue y la honda capacidad de observación de la idiosincrasia cultural dominicana. “Su narrativa revela que sabe perfilar y valorar lo que nos define y conforma”, añadió.

Pereyra ha ejercido el periodismo informativo, interpretativo y de opinión en importantes diarios dominicanos y ha sido ejecutiva de varios medios de comunicación.

En 1998 su obra “Cenizas del querer” figuró entre las diez semifinalistas del premio Planeta, uno de los galardones más importantes otorgados a novelas escritas en lengua española. Ha publicado además las novelas “El Crimen Verde” y “Cóctel con frenesí” y el libro de cuentos “El inapelable designio de Dios”. Además, el libro “Rasgos y figuras”, conjunto de perfiles biográficos previamente publicados en el diario Hoy. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés y al italiano.

17 de octubre, 2008.

Valoración sobre novela de la escritora Emilia Pereyra

Una narradora original y contundente



“Si somos capaces de auscultarnos, podremos dotar

de profundidad nuestros textos y personajes
”. Emilia Pereyra


Por Bruno Rosario Candelier


Conformación de historias, motivos y argumentos

Emilia Pereyra es una de las narradoras fundamentales de las letras dominicanas contemporáneas. Prevalida de una sensibilidad empática, poseedora de un fecundo talento narrativo y dueña de una voz original, recrea con esmerado estilo, a través de escenas y caracterizaciones ejemplares, los hallazgos de su fina intuición trasvasados al tramado de sus cuentos, relatos y novelas mediante los cuales ausculta el interior de sus criaturas imaginarias y perfila el sentido de tramas y anécdotas en una fresca visión novelística.


Con su indudable encanto personal y su probado acierto novelístico, Emilia Pereyra se ha ganado un alto pedestal en las letras nacionales. Poseedora de un carisma acrisolado en la forja de dones admirables y la plasmación de atributos conquistados con tesón, disciplina y estudio, su obra refleja la fina intuición que la distingue y la honda capacidad de observación de la idiosincrasia cultural dominicana. Su narrativa revela que sabe perfilar y valorar lo que nos define y conforma. En mi antología de autores interioristas, escribí sobre Emilia Pereyra: “Nació en Azua de Compostela, donde se forjó su vocación literaria. Desde muy joven formó parte del Círculo de Estudios Literarios Azuanos (Ciela). Licenciada en Comunicación Social por la UASD, ejerce el periodismo, la docencia y la consultoría de Relaciones Públicas. Columnista de un diario nacional, locutora, conferencista y narradora, ha obtenido galardones literarios por su creación narrativa. Autora de El Crimen Verde y Cenizas del Querer. Tiene una fuerza imaginativa engarzada a la Naturaleza con fresco aliento trascendente, remozante y creativo. En su pulcro manejo del lenguaje revela fluidez, precisión y verismo con una ternura expresiva y un valor humanizante. Sabe compenetrarse emocional, intelectual y sensorialmente con el objeto de su atención, logrando una narración densa y caudalosa con belleza poética y valores interiores. Miembro del Ateneo Insular en Santo Domingo, donde reside, labora y hace vida social y cultural” (1).

El contenido de sus ficciones se engarza al estamento socio-cultural de nuestros barrios urbanos populares. Emilia Pereyra tiene bien claro que una cosa es la realidad; otra, la propia existencia y, desde luego, el empalme de las condiciones individuales a una circunstancia vital no siempre cónsona con los ideales que internamos en la conciencia y el ordenamiento que la estructura social implanta en un medio histórico determinado. El novelista con conciencia del entramado social y cultural, como el ejemplo de Emilia, sabe que al enfocar la realidad no puede inventarla ni dulcificarla sino percibirla y describirla para dar un testimonio creíble de la historia que enfoca su ficción.

Emilia Pereyra pondera la energía creativa, que posee con alto potencial para canalizar sus obsesiones y angustias, así como los sentimientos y actitudes más auténticos de la condición humana. Cuando se está inmerso en el proceso creativo, todo incide en la conformación del producto literario o artístico: lecturas, películas, vivencias, intuiciones, observaciones, reflexiones y recuerdos, que coadyuvan en la caracterización de personajes, la descripción de ambientes y la recreación de escenas y momentos en la narración de anécdotas y peripecias. Como experta narradora, Emilia Pereyra vive, piensa y escribe novelísticamente. Vivir novelísticamente significa asumir el Mundo y cuanto acontece en el medio circundante como fuente de historias novelescas, al tiempo que su sensibilidad y su talante se aúnan al caudal de vivencias y obsesiones, al manadero de recursos inconscientes y conocimientos y, por supuesto, a la alforja de la imaginación, el lenguaje y la cultura para construir y encauzar, en los hechos, personajes y ambientes, la veta de temas y motivos que elabora para nutrir la vivencia estética con la cual adereza su ficción.

Como narradora y periodista, Emilia Pereyra valora el talento creador y la disposición para plasmar, mediante el arte de la palabra, lo que concita y estimula su sensibilidad. En su formidable estudio sobre el Interiorismo, nuestra destacada novelista consignó: “Todo creador tiene un impetuoso torrente interior que se ve en la necesidad de exteriorizar. Eso lo sabe y lo siente quien crea. Mientras pueda permitir que su savia más profunda fluya libremente, probablemente su aporte sea mayor, más verdadero y más sincero y, por tanto, más trascendente. Trabajando se presentan las ideas y se estimula la imaginación. Sin imaginación no existe literatura. La imaginación es una gran matriz que provee argumentos, estructuras y estilos. Es una especie de mayéutica. Es un parto cotidiano, una gestación permanente” (2).

Con su concepción de que la novela, en su esencia genérica, ha de reflejar el sentido de la vida y la existencia humana, Pereyra opta por los valores que le dan fundamento a la sociedad. Lejos de privilegiar las superficiales maneras experimentales, su narrativa se arraiga en las propuestas estéticas, clásicas y modernas, que enfatizan la dignidad humana y procuran la superación de las condiciones que desdicen de una existencia cónsona con el ideal de crecimiento y desarrollo, razón por la cual pone su mirada en las manifestaciones degradantes de la condición humana para que el lector tome conciencia de las expresiones indeseables de la realidad nefasta.

La narradora se propuso testimoniar las condiciones de vida de individuos humildes de los ambientes populares para que el lector infiera, de su existencia y conducta, su propia reflexión. Se trata de seres que a veces tienen la convicción de que nacieron con un destino fatal y, a su parecer, la misma vida le niega la posibilidad o la oportunidad para superar ese desafortunado sino. El hecho de situar en ambientes sórdidos, miserables y mezquinos, ubicados en parajes marginales de la gran urbe, ofrece una magnífica oportunidad para conocer el interior de esa realidad nefanda y apreciar la situación de atraso, ignorancia y penuria con las cavilaciones interiores de sus personajes ficticios. Se trata de sujetos de los sectores populares que viven rumiando su infortunio y descontento y, quizás, deambulan desorientados, tristes y solitarios.

El desarrollo de la conciencia es la meta suprema en la vida humana. Todo tiene una causa y todo tiene un efecto. Ya lo dijo Leucipo de Abdera, el pensador presocrático de la Antigüedad griega: “Nada sucede por azar. Todo sucede por razón o necesidad”. Somos nosotros, con nuestras acciones, actitudes y conceptos, quienes sembramos la semilla de nuestra felicidad o el rumbo de nuestra desgracia. Los personajes delineados por Emilia Pereyra dan la impresión de que carecen de sueños y metas, abatidos por sus obsesiones y delirios, como manifestación de sus condiciones materiales, conforme sus expresiones conductuales y afectivas, que la narradora canaliza pertinentemente.

Cinco vertientes temáticas enfoca y despliega nuestra distinguida narradora en Cóctel con frenesí (3):

1. La vertiente dominante de lo viviente en su expresión sensible. Desde el inicio de la narración de esta singular novela, la narradora nos atrapa con su lenguaje contundente, plasmado en expresiones firmes y elocuentes mediante oportunos trazos sensoriales, ágiles y precisos, sobre el perfil de sus personajes. Atenta a la faceta viva de la realidad, Emilia sabe aprovechar sus dotes de periodista, a las que suma su talento novelístico, para captar la vertiente sensorial de lo existente, de la que privilegia su faceta luminosa y el sentido de la vida, que su sensibilidad, porosa a lo viviente, ausculta y expresa:

Ajeno a cuanto acontecía en la esquina colmada de pregoneros vociferantes y sudorosos, el hombre encorvado siguió caminando con paso lerdo. Sus manos temblorosas, ásperas, se posaban como volubles mariposas sobre su rostro desencajado. El viento agitaba sus cabellos. Mediodía. El Sol espectacular del trópico se desparramaba sobre la ciudad. Rayos calientes. La brisa azotaba con furia las vestimentas de los transeúntes. Burundi, el hombre pequeño y esmirriado, no advertía el torrente de vitalidad esparcido a su alrededor, la vida, esa cotidianidad tumultuosa y bullanguera, se deslizaba ante sus ojos cansinos e indiferentes. A veces surgía en su cara una mueca, una dolorosa sonrisa (p.7).

Cerca de las tres de la tarde recogió las baratijas, botó la bolsa en un pequeño muladar y caminó. El Sol era intenso y ardía demasiado. Sol tropical; Sol rotundo. Rato después caía sobre la ciudad una lluvia implacable. Durante tres horas estuvo lloviendo sin amainar ni un momento. Santo Domingo era un lago nauseabundo. La gente se guarecía bajo los toldos de las tiendas. Esperaba ansiosamente que dejara de llover. En las aguas pestilentes flotaban cáscaras de frutas, papeles, pedazos de madera y cartón, zapatos viejos, ropas inservibles y cacharros. Las imprecaciones estallaban en las calles y avenidas (p. 8).

2. La vertiente sociográfica de la realidad en su expresión doliente. La novela constituye un reflejo de la realidad social que le reporta al novelista el caudal de aventuras y pasiones para articular una ficción. La narradora contrasta la doliente miseria de su protagonista con el esplendor de la Creación al delinear su figura y su accionar:

No retornó a la casucha en los días siguientes. Burundi moraba en plena calle mojando su cuerpo con el rocío del amanecer, emborrachándose con el final del crepúsculo, con la llegada de las noches. Dormía en los contenes, al lado de las puertas metálicas o en los rellanos de las escaleras. Se despertaba gritando, recordando con lucidez su última pesadilla (p. 24).

3. La vertiente gratificante de lo natural con su esplendor radiante. A la narradora le fascina la realidad natural. Dueña de una sensibilidad estética y una sensibilidad cósmica, la belleza del Mundo le despierta el sentimiento de admiración y gozo que la Naturaleza genera en los espíritus sensibles y que la autora engarza al estado emocional del actante del relato. En todos los capítulos el esplendor sensorial de lo viviente subyuga la sensibilidad de la narradora, índice del sentido estético y el sentido cósmico de su talante lírico:

Burundi estaba compungido. Se alejaba y pensaba. Recogía los retazos del pasado. Ya la tarde agonizaba. El cielo era azul violeta, matizado con alargadas vetas amarillas. Un soberbio espectáculo de la Naturaleza (p. 42).

El ocaso encontró a Burundi frente a las aguas del mar Caribe, de espaldas a la avenida George Washington, por donde se deslizan velozmente relucientes automóviles y vehículos destartalados. No lo embriagó la vista del Sol moribundo, hundiéndose en el agua serena, al final de la tarde. Al contrario, el acontecimiento le pareció aburrido y hasta vulgar. Le había visto tantas veces que no alcanzaba a explicarse por qué algunos conductores se detenían a observarlo, con evidente complacencia, como si se tratara de un hecho insólito. Con rudeza, se pasó las manos por los cabellos. Sintió, de inmediato, un ligero dolor en el cráneo. Su boca se crispó por un momento y luego tomó su forma natural. Sus ojos se fueron humedeciendo. Sentado, con la cara apoyada sobre una roca porosa, todavía vuelto hacia las aguas oscilantes, percibió cómo la brisa secaba sus mejillas. Las manos del viento le hacían caricias mientras, a su derecha, las ramas de una palmera se balanceaban (p. 25).

4. La vertiente sugestiva de los rasgos ambientales populares. Con una recreación de la realidad sociográfica, antropológica y psicológica en sus diversas expresiones socioculturales en que viven sus personajes novelescos, los describe en sus manifestaciones menos condignas de la condición humana, al tiempo que testimonia lo que perciben sus sentidos:

La voz de Ana Belén, al ritmo de “Derroche”, se imponía por momentos, en el salón atiborrado de murmullos y ruidos de platos. Burundi haló una silla y se sentó. Apoyó el brazo derecho sobre una mesa pequeña, cubierta con un mantel de cuadros rojos. En el centro, descansaban la vinagrera vacía, el salero de cristal y el pote de salsa de tomate. Detuvo los ojos en un espejo grande y un poco empañado. Se encontró con una imagen desagradable. Se acarició la barbilla, el bigote mal trazado y se mesó los cabellos. Parecía otro.

Echó una ojeada al local. A su derecha, frente a una docena de tazas relucientes, tres hombres discutían sobre política. Un moreno -ojos claros, boca ancha- descargó un puñetazo sobre la mesa. Los platos y los vasos saltaron provocando un estruendo que lo enervó. Un mozo los llamó discretamente al orden. Poco a poco, Burundi se fue desplomando, sentado ante la mesa cubierta con el mantel ornamentado. (p. 35).

5. La vertiente caracterizadora de personajes y tipos populares. Esta narrativa perfila y expresa la dimensión singular de tipos y personajes de la realidad sociográfica dominicana mediante la caracterización de los rasgos típicos de los sujetos de la ficción, con la disposición de las antenas sensoriales de una sensibilidad abierta y caudalosa, como la de Emilia Pereyra, por lo cual puede testimoniar el escorzo de la existencia que hiere y encabrita la sensibilidad:

¡La calle! ¡Otra vez la calle! Burundi estaba mejor afuera, respirando tranquilamente. Allí nadie lo miraba a los ojos. Todos iban o venían ocupados en sus propios afanes, viviendo sus mezquindades, sus alegrías y sus quimeras. Él marchaba como todos. Se mezclaba con la masa abigarrada y multiforme, que casi llenaba la acera. Sus ropas se confundían con las de los demás y no sentía, como otras veces, que llamaba la atención. Tenía los ojos pequeños, la nariz achatada, los labios gruesos, el cuerpo pequeño y el pelo crespo. En suma, era un hombrecito de apariencia normal. Anodino, amargado y arisco.

De repente se dobló. Lo que sentía no era un malestar físico. La enfermedad se le alojaba en el terreno pantanoso de su alma. Extendía sus tentáculos en las profundidades más recónditas de su ser y lo debilitaba (p. 39).

El realismo de los relatos de Emilia Pereyra es directo, sustanciado y vertical, tamizado por el registro fidedigno de una sensibilidad compasiva y empática, como la de la prestante narradora azuana. La suya es una mirada franca, luminosa y dulce que irradia ternura en su actitud de compenetración con la dura realidad de sus personajes. La suya no es una mirada fría y distante, sino la de una mujer que se hace copartícipe, desde su sensibilidad y su conciencia, con lo que sufren y experimentan los participantes del relato. De ahí la vitalidad y el verismo de estas narraciones contundentes.

Formalización de recursos, técnicas y estilos narrativos

Emilia Pereyra tiene una concepción humanizante de la literatura. Con una cosmovisión centrada en el desarrollo integral de la persona, asume la palabra para edificar y ennoblecer su visión de la vida, que encauza en su dimensión estética y simbólica con un alto sentido de su naturaleza y su función. No asume la comunicación como pretexto para el figureo social sino para plasmar su visión de la vida y su concepto de la existencia. Vive el sentido profundo de la narración y el periodismo. Y ama el cultivo de los valores intelectuales, morales, estéticos y espirituales. En ella la novela es un medio de testimonio y de presencia. Un ejercicio de creatividad y talento. Y su mejor aliado de la más honda apelación de la conciencia. A Emilia la apela el sentido de la vida y el significado de cuanto acontece en el Mundo.

En la obra de Emilia Pereyra, la narración es metáfora de una reflexión sobre el discurrir de la existencia humana, el más alto valor de su jerarquía axiológica. Para ella el sentido de una acción, la repercusión de un cuadro social, el trasfondo de un gesto o una actitud, constituyen expresiones deícticas de lo que la vida postula y proyecta. Reflejos son, por tanto, lo mismo sus sorprendentes descripciones que sus retratos narrativos, de una apelación mayor, cónsona con la concepción que funda su cosmovisión humanizante o la motivación que en ella concita el cultivo de la palabra.

Cinco rasgos narrativos revelan la novelística de Emilia Pereyra:

1. Concurrencia de recursos y procedimientos narrativos confluyentes de una visión totalizadora. Llama la atención, en la narrativa de Emilia Pereyra, no sólo el contenido de su narración, sino la manera como lo cuenta, en la que confluyen su talante femenino, límpido y diáfano; su mirada gentil, auscultadora y penetrante; el tono emotivo de su lenguaje, ardiente y compasivo; y el bagaje descriptivo de su narrativa, con que resalta tipos y caracteres precisos y definidos:

-¡Límpiame los zapatos sucios! ¡Perro, límpiame los zapatos! Burundi permaneció impasible. Pocas personas circulaban en esos momentos por ese trozo de acera. Raudos vehículos se deslizaban por la calle, con sus indiferentes ocupantes. Lo cegaron los faroles de los automóviles. De repente, sintió un golpe y fue derribado por la bofetada. Ya en el suelo, el policía le pateó la espalda.

-¡Idiota, limpia mis zapatos! ¿Eres sordo? ¡Cabrón!

Se colocó en cuclillas y empezó a limpiar los zapatos polvorientos con las manos. Sus dedos toscos temblaban. Saltaban de un lugar a otro de la superficie polvorienta y se enredaban con los cordones.

-Así no, ¡maldito loco! Así no. ¡Límpialos como te dije! –expresó y sacó su lengua para mostrarle cómo debía hacerlo.

Burundi se negó.

-Es mejor que lo hagas. Si lo haces, maricón, no te llevaremos preso- expresó el otro lanzando una carcajada de burla.

Burundi lloraba en silencio, pero a los tres minutos los zapatos polvorientos estaban limpios y humedecidos por un líquido espeso. Su boca sabía a polvo de la ciudad. Los policías se alejaron riendo. Bromeaban a su costa. Burundi permaneció sentado en el suelo. Luego levantó la cabeza. Los vio, bajo la luz de una lámpara, acomodándose a la mesa de una cafetería. Se quedó un largo rato cavilando y de repente las luces se apagaron y reinó la oscuridad. Se incorporó con parsimonia, devorado por las densas sombras (p. 21).

2. Construcción de párrafos mediante frases trimembres y doble adjetivación que enmarcan el contorno variopinto de cuadros, momentos y escenas:

Ahora marchaba por la calle Arzobispo Nouel, mirando las casas de antaño. Se desplazaba a paso lento, arrastrando los zapatos destrozados. Con frecuencia se detenía. Miraba aquí o allá. Una hoja arrastrada por la brisa, una niña llorosa, unas piernas de mujer. Cualquier persona u objeto reclamaba su atención.

Durante unos segundos permaneció inmóvil y tuvo la oportunidad de mirarse detenidamente. Sus ojos recorrieron su cuerpo desde arriba hasta abajo. Su apariencia era infeliz. Llevaba pantalones raídos, camisa deshilachada y cabellos despeinados y sucios. En su boca, dientes careados y disparejos. Danzaba una expresión de hastío en su semblante. Y así caminaba, sin voluntad, cuan horroroso espantapájaros que alejaba a todo el mundo y causaba sobrecogimiento y repulsión (p. 18).

3. Contrapunto narrativo que alterna el relato central de la novela con trazos descriptivos de distensión del tema de la novela, presentados en cursiva al final de cada uno de los capítulos:

A ella, ágil y bien parada como un junco, no la detenían las envidias ni los malos deseos. Recorría los pasillos impartiendo órdenes, disponiendo, con el teléfono celular en la cuidada mano derecha. Eran las diez de la noche y no veía el momento de acabar. La esperaba una madrugada larga e intensa entre tazas de café, máquinas de edición, pantallas, controles y efectos especiales.

La tormenta Debby podía adquirir en cualquier momento categoría de huracán, era una verdadera amenaza y, sobre todo, una promesa informativa. Tenía que garantizar una cobertura efectiva y dejar claro lo que podía hacer un canal de verdad, si es que los vientos no derribaban los transmisores, posibilidad que ni siquiera ponderaba su jefe supremo, enceguecido por las lumbres del éxito y la sinrazón (p.19).

4. Narración articulada mediante una estrategia narrativa combinada con procedimientos naturalistas, existencialistas, surrealistas e interioristas para dar una visión objetiva, dramática, espeluznante e impactante del ámbito sórdido, inhóspito y cruel que vive el protagonista de esta historia:

Sus piernas lo llevaron hacia el mercado, hacia el montón de basura y nubes de hedores, que llegaban hasta su nariz chata. Sin embargo, encajaba bien en ese mundo abigarrado de lechugas y tomates, en ese espacio ruidoso de venduteras marcadas por los azotes de la vida. Su expresión antes amargada y adusta se transformó por completo. Se maravilló con lo que veía: mucho movimiento, una alegría contagiosa, una animación provocada por los aparatos de radio, que vomitaban bachatas y baladas. Lo que más lo subyugó fue el incesante trajinar de los trabajadores, sus músculos en tensión, que parecían estallar, sus bocas cariadas y sonrientes. Vendían, reían, bromeaban y manoseaban las frutas y las viandas, puestas al descuido sobre el suelo mugriento y enlodado.

El aire de la putrefacción lamía su áspera piel. Frente a él se alzaba otro muladar gigantesco, que no dejaba ver la puerta de un almacén. En el umbral de un colmado vecino, una niña semidesnuda, de ojos melancólicos, jugaba con una muñeca rota y entraba sus pies desnudos en un charco de aguas sucias. La sonrisa de la inocencia resplandecía en su rostro moreno, en sus ojos llorones (p. 41).

5. Penetración en el interior de sus personajes para auscultar, identificar y revelar sus cavilaciones con su visión omnisciente, el estado emocional y la impronta que lo real imprime en su conciencia, que entrelaza con las apariencias del mundo sensible. Cuando la narradora curcutea en el pasado de sus personajes a través de sueños, evocaciones, recuerdos, retrospecciones y otros recursos exploratorios, procura una imagen cabal de los actores del relato. Como un close up, técnica de acercamiento de cámara en filmaciones de películas, la narradora penetra en la mente de Burundi para revelar su sensibilidad:

Luego se durmió. Entonces la vio nítidamente con el rostro tachonado de arrugas, los ojos muertos e inexpresivos, la sonrisa congelada en el tiempo. Era su abuela, fallecida años atrás. Vestía un faldón morado, agitado por el viento y llevaba un pañuelo desteñido, atado a la cabeza. Su silueta regordeta, de tetas descomunales, estaba recortada contra un cielo forrado de luces. Con sus manos toscas, la vieja se tocaba las escasas cejas encanecidas. Un burro raquítico y hambriento, de poca pelambre, rebuznaba a su lado. Las árganas estaban atestadas de naranjas y guanábanas. Burundi observó los pies cuarteados y cenizos de la anciana.

-Ando cuidándote.

Voz desgarrada, de otros tiempos. La abuela Lin le mostró su dentadura, el tabaco encendido y las volutas. En ese momento, un trueno rasgó el silencio nocturno y la imagen se quebró (p. 45).

Caudal de atributos narrativos y literarios



Emilia Pereyra es una escritora consciente del oficio que realiza con el cultivo de la palabra (4). Sabe también lo que reclama el ejercicio de la escritura, cuando se ejerce con la dedicación que demanda el rigor profesional. Al respecto, nuestra distinguida novelista escribió: “Creo que está claro que si no tenemos nada dentro, que si somos un sobre vacío no podremos hacer literatura que conecte con nuestros congéneres. No se trata de reflejar fielmente la realidad como si fuésemos cámara fotográfica. Lo que distingue a un escritor de otro no es sólo su estilo, la técnica que utilice, el dominio artesanal del oficio. Mucho más importante que todo eso es que sea capaz de dotar a su obra de una experiencia humana, de una visión de la sociedad distinta, de un enfoque nuevo” (5).

En los relatos y novelas de Emilia Pereyra puedo apreciar esa experiencia humana y esa visión edificante de la sociedad.

Además, un rasgo expresivo de su caudalosa sensibilidad es su dimensión visual predominante, razón por la cual le llaman la atención los colores, las sensaciones de luz y sombra, la impresionante luminosidad de lo viviente. Y, desde luego, el aura sensual de lo existente. Por eso vibra ante el esplendor de la Creación y se amuchan sus emociones con las expresiones radiantes, luminosas, deslumbrantes de las cosas, que su fértil pluma asume, recrea, potencia y plasma.

Para sintetizar los rasgos del arte novelístico de Emilia Pereyra, ilustrados ejemplarmente en Cóctel con frenesí, presento los cinco atributos principales, caracterizadores de una novelista consumada, como es en efecto esta gallarda cultora del buen decir. Esos rasgos o caracteres narrativos son los siguientes:

1. Valoración de la dimensión humana de los protagonistas de sus historias narrativas desde la peculiar circunstancia de hechos, ambientes y escenarios de la realidad socio-cultural dominicana:

De repente, el Sol lo cegaba y se recostó de la pared. Cerró los ojos hasta que lo invadió un dolor punzante. Iba hacia un espacio oscuro y nebuloso, a una realidad muerta. Entraba en una cuenca gris, donde toda luminosidad, todo color, desaparecía. Oía el trajinar de la gente, sus voces y sus risas. Imaginaba las caras, las expresiones faciales, al chofer aburrido y solitario, concentrado en la conducción de su destartalado vehículo. Podía imaginar al viejo que lo miraba con desprecio, al vendedor de pastelitos y al pregón de helados. Su nariz se inflaba. Abrió los ojos, frunció el entrecejo y arrugó la cara.

Entonces una mirada profunda y gélida, una mirada auscultadora, se posó como un pájaro sobre sus pupilas cansadas. Burundi tuvo pánico y su cuerpo tembló bajo ese poderoso influjo. Incisivo, cortante, total, el pájaro lo venció. Él no quería ver más. Se mareaba en medio de la barahúnda vespertina, palidecía y no podía sostener la aplastante mirada de mujer (pp. 31-2).

2. Encuadre de la faceta sensorial y espiritual de lo existente en su expresión múltiple y simultánea de una escena en busca del perfil cabal y preciso de hechos, tramas y ocurrencias:



A las tres de la mañana se había entronizado un tenso silencio, casi sepulcral, sólo a veces alterado por un suave sonido, por una voz lejana. Aún no había intercambiado ni una sola palabra con la mujer. Burundi cavilaba. En los ojos negrísimos de la extraña encontró vestigios de su madre y tuvo inmensas ganas de llorar, de abandonarse a la pena, a los restos de un dolor añejo, atroz. Pero logró, con mucho esfuerzo, despejar el lastimoso recuerdo, ahuyentarlo y convertir su semblante en una máscara sin emociones (p. 51).



3. Creación de imágenes comparativas, metafóricas y simbólicas que enriquecen la presentación de personajes, cuadros y ambientes articulados a los hechos narrados para potenciar el fotograma de la realidad socio-cultural:


Burundi no sabía a dónde ir. Tampoco le importaba demasiado. No tenía la más mínima idea de cómo usar las próximas horas. El tiempo estaba colocado a sus pies como una alfombra enorme. Caminó mucho y despacio. Se detuvo en un colmado, se apoyó en el mostrador sucio y pidió un trozo de queso y pan.

Un mozalbete, de pelo encrespado y brazos huesudos, atendía a los clientes. La voz de Shakira animaba el momento. En un rincón, tres parroquianos empinaban botellas de refrescos. El dependiente bajó un frasco de ron de un tramo atiborrado de bebidas. Un borracho gritó obscenidades a una muchacha que acababa de comprar tomates y cebollas. Los clientes rieron y la mulata, de pechos generosos y trasero abundante, salió avergonzada. Burundi estaba acodado al mostrador, rígido, sin mover un músculo de la cara. El muchacho terminó de despachar al hombre y después a una mujer. Luego, mirando a Burundi, le dijo:

-¿Y usted, qué quiere? (p. 28).

4. Descripción y narración entrelazada desde la perspectiva del protagonista y el punto de vista del narrante, lo que hace posible una visión plena y rotunda de la realidad sociocultural. La narradora mira el acontecer del mundo con los ojos de su protagonista:

La calle se fue quedando vacía. Pocas personas la transitaban. Burundi echó una ojeada a las aceras, a las fachadas de las casas vetustas, a los antiguos edificios de empinadas escaleras y amplias habitaciones. No llegaba hasta él siquiera el ruido de los escasos vehículos que se desplazaban por la calle Arzobispo Nouel. Tampoco quedaba rastro de los mendigos y vendedores que cada día invadían las aceras con sus variopintas mercancías. Cada noche era como si pasara un viento fuerte que los arrancara de cuajo. Quedaban entonces las calzadas desoladas, las vías desiertas. Al día siguiente, se multiplicaban y florecían los vendedores ambulantes, los pordioseros con sus cojeras y deformidades, con sus rostros miserables y sus manos mugrientas y temblorosas (p. 49).

5. Configuración de cuadros, escenas y momentos narrativos en los que fusiona el plano real con el plano evocado para sugerir el estado de alucinación unas veces, de desesperación otras, en el que el sujeto de la narración discurre en medio de sus tribulaciones:

Cerca de las tres de la tarde recogió las baratijas, botó la bolsa en un pequeño muladar y caminó. El Sol era intenso y ardía demasiado. Sol tropical; Sol rotundo. Rato después caía sobre la ciudad una lluvia implacable. Durante tres horas estuvo lloviendo sin amainar ni un momento. Santo Domingo era un lago nauseabundo. La gente se guarecía bajo los toldos de las tiendas. Esperaba ansiosamente que dejara de llover. En las aguas pestilentes flotaban cáscaras de frutas, papeles, pedazos de madera y cartón, zapatos viejos, ropas inservibles y cacharros. Las imprecaciones estallaban en las calles y avenidas (p. 86).

En atención a su sólida formación intelectual y su firme vocación literaria, Emilia Pereyra sabe que la realidad socio-cultural ofrece múltiples opciones a quienes tienen ojos para ver y oídos para escuchar y una sensibilidad trascendente para dotar al contenido de su escritura de una dimensión honda desde perspectivas profundas y elocuentes, testimoniadas con imaginación y belleza, con sentido humanizante y trascendente y, sobre todo, con la autenticidad de quien escribe bajo la inspiración de su propia percepción y valoración del Mundo. Por eso escribió nuestra admirada narradora: “Sabiendo esta realidad, sin renunciar a la búsqueda del pasado para conocer la trayectoria y la experiencia humana, debemos tener los sentidos alertas para ver, oler, palpar, intuir, imaginar y profundizar todo lo que nos rodea. Por eso, creo que no es errado que propongamos que echemos miradas sobre nuestras vidas, que reflexionemos sobre el misticismo, el pensamiento mágico, la intuición, la soledad, la corrupción y la frivolidad imperantes y sobre otros temas” (6).

Efectivamente, temas como la soledad, la pena, el agobio que experimenta el protagonista de esta singular historia, es exactamente lo que sienten y padecen millones de hombres y mujeres, no sólo en los sectores humildes del pueblo dominicano, sino de cualquier lugar del mundo sometido a la inequidad de la explotación o la arbitrariedad de la opresión. Esas manifestaciones de la interioridad, que la narradora ausculta en sus personajes, es índice de unas precarias condiciones materiales y espirituales en sus criaturas imaginarias. La narradora se introduce en el interior de sus personajes para entenderlos en su comportamiento y sus reacciones peculiares. Sabe narrar el vacío interior, la pena y la desolación que carcomen sus vidas. Sabe ubicar el entorno material y afectivo de su ambiente circundante para profundizar en el derrotero de sus vidas. Sabe leer e interpretar la razón de actitudes y conductas. Y sabe enfocar el trasfondo de unas condiciones que reclaman un reordenamiento esperanzador de vida y entusiasmo.

En varios pasajes narrativos de esta singular novela, sobre todo en aquellos cuyo campo semántico encierran situaciones dramáticas y conflictivas, la narradora evoca referencias musicales como una forma de provocar la distensión ante el estrés y la ansiedad de sus interlocutores. La música implica la sensibilidad y la sensibilidad conduce al disfrute y la valoración de la Creación. El nivel de comprensión intelectual y estética de los personajes de Cóctel con frenesí, es rudimentario y tosco, afín a los sectores populares de nuestros obreros y chiriperos, lo que explica la alusión a bachatas y merengues en la concurrencia de hechos y ambientes. Emilia Pereyra, como buena novelista, sabe perfilar la sensibilidad de los hombres y mujeres de los ambientes populares urbanos y campesinos y sabe que la música es el vehículo artístico que llega al corazón del pueblo. En la narrativa de nuestra novelista ese aspecto se afianza gracias a la significación estética de un relato que pretende revelar la realidad en su expresión genuina y auténtica.

Los buenos narradores no explayan ni califican los hechos que narran. Simplemente muestran lo que una imaginación, curtida en la fragua de la realidad, concibe para que sea el lector quien infiera y juzgue. Emilia Pereyra presenta el panorama. Describe y narra. Enfoca y sugiere, como la buena narradora que es. La obra narrativa de Emilia Pereyra es una prueba de su alta conciencia intelectual, social y estética. La dimensión de sus relatos revela su fe en la eficacia de la palabra con su riqueza expresiva y su alcance semántico. Emilia narra para atizar un sentido, para mostrar lo que concita su sensibilidad, para fulminar lo que encalabrina su conciencia (7).

Emilia Pereyra describe y narra, no su deseo de las cosas, sino lo que percibe de la realidad con un verismo impresionante. No se trata de una narrativa acomodaticia que pretende conmutar sus anhelos con la realidad; la narradora se sabe intérprete de una expresión social, testigo notarial de lo que el mundo expresa y que la imaginación recrea con la mayor dosis de verismo para sugerir una toma de conciencia con una visión objetiva, actitud solidaria y disposición genuina.

La novela de Emilia Pereyra parece un fotograma social y epocal similar a un tratamiento fílmico con tal precisión que podemos visualizar, a través de sus palabras, el decurso de sucesos y el trasfondo de hechos y actitudes. Esa es una virtud narrativa que distingue la ejecutoria novelística de autores de la talla de Camilo José Cela, Miguel Delibes, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Juan Bosch y Marcio Veloz Maggiolo, cualidad que posee nuestra agraciada novelista.

Lo que Emilia Pereyra narra no es una visión romántica, modernista o surrealista de lo que la imaginación podría concebir de la realidad, sino lo que la misma realidad, tozuda y pragmática, ofrece y sugiere para la creación de una narrativa densa, vigorosa y contundente con un lenguaje afín a esa manera de ver y sentir, como la obra de esta valiosa narradora dominicana, cuyas novelas confirman el talento de esta primorosa novelista nacional.

A través de Burundi, un humilde hombre de los barrios pobres de Santo Domingo, nuestra novelista nos ofrece una visión sociográfica y estética de una realidad social actual con datos y personajes tamizados a través de una ficción rica en pormenores anecdóticos, variada en recursos compositivos, elocuente en frases hermosas y, sobre todo, reveladora de una novelista ejemplar.

La realidad siempre auspicia la gestación de los buenos novelistas que la cifran e interpretan. La de nuestro tiempo y de nuestro país nos dio la voz luminosa y refrescante de Emilia Pereyra.


Bruno Rosario Candelier


Academia Dominicana de la Lengua



Santo Domingo, Ciudad Colonial, 16 de octubre de 2008.



Esta exposición fue efectuada en la Academia Dominicana de la Lengua, con motivo del ingreso de Emilia Pereyra como miembro correspondiente.



Analizan obras de escritor Peralta Romero

La actualización de una narrativa

Por Manuel Salvador Gautier

El humor, la gracia, el uso coloquial del lenguaje, las situaciones ordinarias sacadas de contexto o extraordinarias sometidas a la trivialidad, o simplemente consuetudinarias, la adopción de técnicas modernas, el uso de un narrador en segunda persona, son algunas de las características sobresalientes del grupo de diecinueve cuentos que nos presenta Rafael Peralta Romero en su obra Punto por Punto (1). Se trata de una tercera edición de un libro que se publicó por primera vez en 1983; y hay que preguntarse por qué razón, con una demostración tan evidente de dominio del género, con la calurosa aprobación de críticos tan eminentes como José Rafael Lantigua y Joaquín Balaguer, el autor esperó nueve años, hasta 1992, para publicar su segunda obra de cuentos, Diablo Azul. Por suerte para la literatura dominicana, su producción ha sido continua desde entonces, con publicaciones que promedian tres o cuatro años entre sí, con la incursión, en 1997, en la narrativa larga con la novela Residuos de Sombras, hasta su última obra, Cuentos de niños y animales (infantil), en 2007.

Los cuentos en Punto por Punto hay que dividirlos en dos partes. La primera parte contiene dieciséis cuentos y la segunda, tres.

En los cuentos de la primera parte encontramos lo que podríamos llamar la modernización del cuento de costumbres, y la quiero llamar así, porque este tipo de cuento ha sido vilipendiado y estigmatizado, acostumbrados como estamos a menospreciar la literatura que nos precedió, sin entender que se trata de un período de la narrativa dominicana que requería la presentación de estos cuadros costumbristas, para conservar estas costumbres en nuestra memoria colectiva; son los cuentos que hicieron escritores como Néstor Caro (n. 1917-?), José Ramón López (1886-1922) y Sócrates Nolasco (n. 1884-1980), hasta que llegó Juan Bosch (1909–2001) e impuso el cuento contemporáneo con cánones y definiciones estrictas, que ahora Peralta asume y revierte. A esta manera de contar de Peralta podríamos llamarla la reivindicación del cuento costumbrista. Se trata de la exposición de un hecho-tema único con una fluencia constante en su desarrollo y la sujeción a un universo propio, y, al final, una conclusión inesperada, todo como lo requiere Bosch; sólo que en estos dieciséis cuentos de Peralta no hay un sentido de crítica social ni de enseñanza de una verdad; hay sólo la voluntad de demostrar que las costumbres de un pueblo son un tema narrativo inagotable, al que puede recurrirse una y otra vez con versiones frescas y “aggiornate”, es decir, al día. Es un criollismo que permanecerá en el tiempo mientras el hombre se aferre a su tierra y encuentre en ella motivos para cantarle. Peralta no es el único autor dominicano en estos afanes. Lo hizo también Manuel Rueda en su novela Bienvenida y la noche, en 1994, y lo seguirán haciendo otros. Esta narrativa actualiza y da un nuevo vigor, un revestimiento de renovada iniciativa, a lo que se consideraba un tipo de cuento agotado.

Estos cuentos en Punto por Punto son cortos (la mayoría no llegan a completar dos páginas) y pincelan (o caracterizan, si queremos ser menos metafóricos) a personajes de un poblado específico, Los Uberos, un nombre que suena real, aunque podría ser un Macondo del autor, un seudónimo de Miches, el poblado en la bahía de Samaná donde nació y creció éste. En ese lugar pegado al mar encontramos a la muchacha que tiene su aventura amorosa con el novio, sale encinta y, cuando la critican, dice que eso no importa porque en ese pueblo “nadie se casa”; o al sastre que fía unos pantalones al hijo de un amigo, y, para lograr que le pague, tiene que recurrir al amigo que le dice para disculparse, muy dolido por la falta del hijo: “Lo que pasa es que mi hijo fue militar”. Lo imaginativo y lo imprevisto en los cuentos de Peralta están en las implicaciones de las actitudes de sus personajes, no en un hecho final, como ocurre en Bosch y otros cuentistas contemporáneos. Esa sutileza es lo que hace la diferencia en Peralta y lo que hará que sus cuentos puedan leerse todo el tiempo con el mayor agrado, por lo que auguro varias ediciones más de la obra.

Al final, aparecen los tres cuentos que, de acuerdo a mi criterio, conforman la segunda parte. Son marcadamente políticos. Ya no estamos en Los Uberos sino en el país donde éste se encuentra, que asumimos es la República Dominicana, aunque podría ser cualquier otro país latinoamericano. Aquí, después del repaso amable por situaciones pueblerinas, el recurso del sarcasmo es una novedad que sorprende. La crítica política comienza con un retrato del Dictador preocupado por la cantidad de presos políticos que hay, lo cual le hace tomar una decisión, y del desconcierto que siente éste al soltar uno de los presos y darse cuenta que ese hombre, abusado hasta convertirlo en un guiñapo, tiene la capacidad de sobrevivir, sobreponerse y “vivir en libertad”. Es el único cuento de la obra donde hay una demostración de algo que el autor siente muy profundamente: la libertad del hombre es algo inalienable que le confiere dignidad y coraje. Y es un cuento que repercute en la conciencia de quien lo lee.

Los otros dos cuentos son juegos de la imaginación del autor, donde la parodia y la palabrería tienen un papel preponderante en la denuncia de los males que aquejan la democracia incompleta de nuestros países.

Peralta Romero, Rafael. Punto por Punto. Santo Domingo. Editorial Gente. 3ra. Edición, junio de 2008.


Los tres entierros de Dino Bidal

Novela de Rafael Peralta Romero

Por Ofelia Berrido

Con un título sugestivo que funciona cómo una buena carnada esta obra de ficción social nos brinda a través del imaginario de Rafael Peralta las realidades propias de países dominados por poderes absolutistas. Muestra la vida simple de una aldea marítima donde sus ciudadanos viven acostumbrados a la palabra cuartada, a un miedo soterrado y a glorificar un líder castrante sin cuya aprobación su vida no fuera posible. La posesión de tierra, la entrada fallida de compañías extranjeras, el poder militar, la corrupción, las creencias en lo sobrenatural -la magia, la brujería- y la existencia, convertida en esperanza, de hombres honestos como el Magistrado Lavandier son asuntos que esta obra aborda.

Se trata de una historia narrada bajo la sombra del poder de la era de Trujillo con un secretario que nos recuerda constantemente lo que ocurre en otra parte del planeta un paralelismo con otro tipo de poder que se consolida a base de la intimidación, intromisión y guerra. Es un libro de crítica social que muestra las costumbres de un pueblo. Parecería que el escritor dominicano, en general, tiene predilección por los temas relacionados a esta época oscura de nuestra historia. Quizás se trate del deseo de mantener vivo nuestro recuerdo para que las cosas no se repitan o simplemente se trate de una generación que lo vivió en carne propia o de la siguiente, tocada fuertemente por las vivencias de sus padres, familiares y amigos. En ambas, aún persiste vivo el dolor y el terror arraigado en su mente. De todas maneras igual que les ocurrió a los escritores en exilio político, los de post guerra, post dictadores y post holocausto no solo perdieron a muchos de sus seres queridos sino que perdieron años, décadas de sus propias vidas. Son seres humanos que llevan guardado en su pecho demasiado sufrimiento, demasiada frustración y demasiada rabia y tienen, deben y están en su derecho de manifestarlo.

Rafael Peralta no ha hecho una obra politizada. No se trata de una novela panfletaria, ni de mensajes, aunque hay que entender que toda obra literaria quiérase o no trae un mensaje escondido. Esta novela no está escrita a base de denuncias sino a base de una historia interesante y bien contada marcada por una prosa lozana y una lengua bien cuidada. Fue escrita de forma clara con valores ideológicos bien definidos y logrados, que entran en conflicto, sin que resulte para el lector una cátedra moralizante.

La trama de acción y la evolución de los acontecimientos se desarrollan a partir de la desaparición del peculiar personaje, Dino Bidal, ¨un hombre de pantalones que fue capaz de enfrentarse, siendo muchacho de dieciséis años a la guardia americana que invadió el país en 1916¨ y que generaba por su fama de guapo, guerrillero y hasta brujo los más disímiles sentimientos en la población del pequeño poblado.

El autor no se auxilia de la introspección y es la acción pura la que nos conduce através de la novela. Cuatro enigmas nos atrapan: la desaparición de Dino Bidal; un perro fiel que ladra y cava; la presencia de Bidal en la comisaría; y un espectáculo digno del mejor surrealismo que ocurre en el cementerio. La obra goza de una tensión interna que se mantiene, una acción emocionante y atrapadora que retiene al lector y alimenta su interés.

Narrada en tercera persona y construida en un tiempo no lineal se trata de una novela corta, apretada, pero sustanciosa donde el autor logra la precisión en torno al conflicto principal sin una palabra de más, logrando mantener la fuerza de la narración y la intriga a todo lo largo de la novela: desenredando nudos y desvelando secretos poco a poco.

El estilo de Rafael Peralta resulta ágil, llano, directo, divertido y fácil de leer, con una puntuación inteligente y una construcción que permite al lector fluir a través del texto.

Es notorio el uso de dichos propios de estas regiones y otros originales del escritor que nos dicen verdades aleccionadoras con sabor a sabiduría popular como las que veremos a continuación:

Esconder la verdad viene a ser, la mayor de las veces, como retener el agua en un recipiente perforado; o cuando Arismendi Mercedes, pescador y campesino increpa al cabo y le dice; Hable Lorenzo, carajo, que el hombre nace un día y se muere otro.

Si bien la trama no profundiza en la sicología de los personajes nos deja bien claro sus rasgos principales. Hemos de recordar que se trata de una novela de acción donde se eluden los conflictos internos para dar cabida a los conflictos sociales, pero los móviles de los personajes quedan muy claros. La caracterización resulta bien lograda dándole vida a un Dino Bidal que representa el macho que no le tiene miedo a nada y que sobrepasa todas las dificultades creando el mito de un hombre con poderes y visiones que van más allá de lo sensorial; el Magistrado, personaje de una sola pieza se convierte en humano al final de la obra cuando da señales de haberse enamorado de Leticia la hija de Bidal; una hija que a pesar de ser mujer del campo y sin educación resulta ser digna hija de su padre: seria, indomable y libre.

Hay escenas dignas de mencionarse por su peso específico, su contenido fantástico y el efecto que provocan en el lector: la lucha de Bidal con el tiburón; la escena del cementerio; aquella en la cual las campanas del reloj de la iglesia suenan coincidiendo con el momento preciso en que se canta sentencia a unos militares a los cuales se les pasa juicio; y el olor a muerto cuando Bidal cocina un hígado de tiburón como signo premonitorio del olor a muerto en los manglares.

Terminemos esta visión de esta seductora obra con unas palabras del Magistrado Lavandier, prototipo del hombre honesto creado por Peralta: Cuando el hombre siente que sus actos obedecen a las mejores intenciones y que la verdad es la estrella que conduce sus pasos, experimenta emociones que han de resultar superiores a toda otra.

(Presentado en la Academia Dominicana de la Lengua).

Coloquio sobre Los tres entierros de Dino Bidal, a propósito de la reedición de la novela. 26 de febrero de 2009


Resaltan valor literario de libros de escritor Peralta Romero

El escritor Rafael Peralta Romero presentó nuevas ediciones de dos de sus libros, en el marco de un coloquio en el que tres escritores destacaron las condiciones literarias y estilísticas de las obras, el volumen de cuentos “Punto por punto” y la novela “Los tres entierros de Dino Bidal”.

Los novelistas Manuel Salvador Gautier, Ofelia Berrido y Rafael Darío Durán presentaron exposiciones sobre las obras puestas a circular en un acto celebrado en la sede de la Academia de la Lengua, de la cual el autor es miembro correspondiente.

Gautier se refirió a la actualización de la narrativa de Peralta destacando el humor, la gracia, el uso coloquial del lenguaje, las situaciones ordinarias sacadas de contexto o extraordinarias sometidas a la trivialidad en el libro”Punto por Punto”.

Se trata de una tercera edición de un libro que se publicó por primera vez en 1983 y Gautier se preguntó “por qué razón, con una demostración tan evidente de dominio del género, con la calurosa aprobación de críticos tan eminentes como José Rafael Lantigua y Joaquín Balaguer, el autor esperó nueve años, hasta 1992, para publicar su segunda obra de cuentos, Diablo Azul”.

El destacado novelista dijo que Punto por Punto, sobre todo en la primera parte, significa “la modernización del cuento de costumbres, y la quiero llamar así, porque este tipo de cuento ha sido vilipendiado y estigmatizado, acostumbrados como estamos a menospreciar la literatura que nos precedió, sin entender que se trata de un período de la narrativa dominicana que requería la presentación de estos cuadros costumbristas, para conservar estas costumbres en nuestra memoria colectiva”.

Dijo que en los cuentos de Peralta Romero hay “ un criollismo que permanecerá en el tiempo mientras el hombre se aferre a su tierra y encuentre en ella motivos para cantarle. Peralta no es el único autor dominicano en estos afanes. Lo hizo también Manuel Rueda en su novela Bienvenida y la noche, en 1994, y lo seguirán haciendo otros. Esta narrativa actualiza y da un nuevo vigor, un revestimiento de renovada iniciativa, a lo que se consideraba un tipo de cuento agotado”.

Estos cuentos en Punto por Punto son cortos (la mayoría no llegan a completar dos páginas) y pincelan (o caracterizan, si queremos ser menos metafóricos) a personajes de un poblado específico, Los Uveros, un nombre que suena real, aunque podría ser un Macondo del autor, un seudónimo de Miches, el poblado en la bahía de Samaná donde nació y creció éste.

Los otros cuentos, dijo Gautier, “son juegos de la imaginación del autor, donde la parodia y la palabrería tienen un papel preponderante en la denuncia de los males que aquejan la democracia incompleta de nuestros países”.

Los tres entierros de Dino Bidal

De su lado, la doctora Ofelia Berrido comentó el libro “Los tres entierros de Dino Bidal”, del cual dijo que atrapa desde el título sugestivo el cual funciona cómo una buena carnada para leer una obra que presenta “las realidades propias de países dominados por poderes absolutistas”.

Comentó que la obra muestra la vida simple de una aldea marítima donde sus ciudadanos viven acostumbrados a la palabra coartada, a un miedo soterrado y a glorificar un líder castrante sin cuya aprobación su vida no fuera posible. “La posesión de la tierra, la entrada fallida de compañías extranjeras, el poder militar, la corrupción, las creencias en lo sobrenatural -la magia, la brujería- y la existencia, convertida en esperanza, de hombres honestos como el Magistrado Lavandier son asuntos que esta obra aborda”, dijo Berrido.

“Es un libro de crítica social que muestra las costumbres de un pueblo. Parecería que el escritor dominicano, en general, tiene predilección por los temas relacionados a esta época oscura de nuestra historia. Quizás se trate del deseo de mantener vivo nuestro recuerdo para que las cosas no se repitan o simplemente se trate de una generación que lo vivió en carne propia o de la siguiente, tocada fuertemente por las vivencias de sus padres, familiares y amigos”, dijo Berrido.

La escritora precisó que Rafael Peralta no ha hecho una obra politizada. “No se trata de una novela panfletaria, ni de mensajes, aunque hay que entender que toda obra literaria quiérase o no trae un mensaje escondido. Esta novela no está escrita a base de denuncias sino a base de una historia interesante y bien contada marcada por una prosa lozana y una lengua bien cuidada”.

Dijo que “Los tres entierros de Dino Bidal” Fue escrita de forma clara con valores ideológicos bien definidos y logrados, que entran en conflicto, sin que resulte para el lector una cátedra moralizante.

Ofelia Berrido expresó que Peralta Romero en su novela “no se auxilia de la introspección y es la acción pura la que nos conduce a través de la novela. Cuatro enigmas nos atrapan: la desaparición de Dino Bidal; un perro fiel que ladra y cava; la presencia de Bidal en la comisaría; y un espectáculo digno del mejor surrealismo que ocurre en el cementerio. La obra goza de una tensión interna que se mantiene, una acción emocionante y atrapadora que retiene al lector y alimenta su interés.

“El estilo de Rafael Peralta resulta ágil, llano, directo, divertido y fácil de leer, con una puntuación inteligente y una construcción que permite al lector fluir a través del texto”, dijo Berrido y recomendó una expresión del personaje Magistrado Lavandier: “Cuando el hombre siente que sus actos obedecen a las mejores intenciones y que la verdad es la estrella que conduce sus pasos, experimenta emociones que han de resultar superiores a toda otra”.

El escritor Rafael Darío Durán intervino también en el coloquio y planteó que “Los tres encierros de Dino Bidal” es una crónica sobre un horrendo y cobarde crimen, un ejemplo del poder que tenía un guardia durante la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo Molina y de que, a pesar de la ignominia y la represión, había hombres capaces de poner en riego sus vidas en ara del ideario de la Justicia.

Dijo que desde el principio, el lector sabe que los guardias de puesto en Guaco tienen algo que ver con la desaparición de Dino Bidal y el “narrador nos da elementos suficientes para confirmar la sospecha de Leticia Bidal de que a su padre algo le pasó. Y la clave principal es el perro que Leticia le regaló a su padre, que mientras ella denunciaba junto a sus hermanas la desaparición de su progenitor, escarbaba en la arena en busca de su amo, que en ese momento era cadáver”.

Es tan intenso el relato y mortificante las curiosidad que lo envuelven que “no hay tiempo para las menudencias, para detenerse en romanticismo ni otras pendejadas”.

Al final de su exposición, Durán dijo que “ quiero decir que Rafael Peralta Romero maneja como nadie el humor y que esta novela está repleta de situaciones jocosas, pese al clima de muerte y angustia que impera a lo largo de toda la trama”.


jueves, 13 de septiembre de 2012

Presentación de novela histórica


El grito del tambor:

Una de las mejores novelas dominicanas

 José Rafael Lantigua

 Por años, tal vez por décadas, se ha planteado en los medios literarios dominicanos, con insistencia inaudita, la supuesta necesidad de construir la llamada gran novela dominicana. Es como si nos propusiésemos la búsqueda del Santo Grial o de El Dorado en el ámbito narrativo de nuestra comunidad literaria.

Tal vez, no estamos seguros, en algún tiempo pasado éste pudo ser un tema de interés, sobre todo en ese interregno de dubitaciones y búsquedas que comprende la etapa de la posdictadura –un terreno acuoso e impreciso de reordenamiento y emplazamientos de la escritura narrativa y poética- y el espacio de la liberación del lenguaje desde todos los ángulos del ejercicio literario, licencia que se entroniza y revela como consecuencia de la nueva sociedad que se construye, a trancas y barrancos, entre la segunda mitad de la década sesentista y, digamos, los plenos ochentas.

 El debate sobre la búsqueda de esa gran novela, siempre ha estado sobre el tapete, aunque sin dudas en los últimos tiempos con menor intensidad y despliegue, pero en cualquier tarde algún fanático religioso literario lo saca a espabilarse en las compuertas por donde fluyen siempre los mismos resabios y las mismas añazagas vencidas ya por el tiempo, que una que otra voz desubicada intenta seguir prevaleciendo.

 La verdad es que, ni antes ni ahora, hemos tenido necesidad de buscar, o construir, o diseñar, esa novela que por años y por décadas asumimos –hemos de incluirnos- como fundamental para poder levantar los andamios de la aspirada gran narrativa dominicana. Y no ha existido esa necesidad, salvo cuando la inventamos como panacea literaria, porque la novela es parte del desarrollo de la sociedad misma, y sus constructores van fraguando su impronta y su destino en la medida en que la sociedad provee las herramientas para su construcción, o sea cuando los niveles de la

 imaginación creadora se van surtiendo del estudio, la investigación,  la apreciación y el conocimiento para poder ensartar el entramado ficcional de la realidad.

Por esa razón, en más de un oportunidad hemos destacado otra necesidad que sí hemos de considerar clave para producir ese proceso si se quiere, de maduración del ejercicio novelístico en nuestra sociedad literaria, y es el descubrimiento de filones narrativos que no han sido asumidos a plenitud desde la narrativa larga –la narrativa corta ha sido más robusta y encandilante en este sentido-, y que sin embargo, están ahí: en la historia, en la geografía, en los procesos sociales, incluso económicos, en las diatribas políticas, en las biografías de personajes relevantes que, apenas, han sido nombrados o examinados desde el ensayo historiográfico, e incluso en la cotidianidad citadina o rural, en la diseminación temática provinciana o en los recovecos múltiples de la realidad que aflora a cada instante en la crónica roja o amarilla de los diarios.

En otras palabras, la realidad dominicana está preñada de temas múltiples para ser novelados, y lo que ha faltado han sido narradores que investiguen, que se adentren en sus recodos históricos o sociales para encontrar el filón que permita ir levantando una novelística atractiva y consolidada. No es pues, queremos decir, la búsqueda de una gran novela lo que importe a nuestra literatura, sino la construcción de novelas, en plural, que se internen en la realidad desde cualquier ángulo para edificar una narrativa de largo alcance, estimable, disfrutable, que trascienda los linderos del patio nacional.

La búsqueda del Santo Grial novelístico dominicano, enarbolado casi como una experiencia religiosa a partir de los sesentas, es una búsqueda falsa, y por demás, inútil. Pongamos por ejemplo, la novelística latinoamericana de las últimas dos décadas, o sea la construída a partir de los hallazgos inconmensurables de García Márquez, Rulfo, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa y todos los otros conocidos. Esa “nueva” novelística ofrece ejemplos admirables, en una carrera que casi se me antoja calificar de desbocada, porque se oferta entre saltos y tumbos, en altas y bajas, entre ascensos y descensos, porque esa es la dinámica de la novela en cualquier latitud. No

todo lo que brilla es oro en esa novelística latinoamericana actual. Nunca se ha ido por esos predios tras la búsqueda del Dorado novelístico, se ha ido fraguando la estela narrativa con ejercicios y experiencias, donde algunas dan el salto de la calidad, y otras se quedan en el intento.

Incluso, el propio boom de los sesentas, que todos conocemos, no nació como una búsqueda, ni siquiera como un intento grupal;  surgió como un ejercicio continuado, e incluso individual, y basta leer a Pepe Donoso en su “Historia personal del boom” para conocer y comprender las características de este proceso.

 En la literatura dominicana se ha ido conformando un proceso de consolidación del ejercicio novelístico, a través de la búsqueda válida: la del filón temático pendiente, que tiene múltiples filamentos. No hay dudas, sin embargo, que esos filones han sido desbrozados primero por novelistas no dominicanos, que han sido más diestros que los nuestros en el ensamblaje de sus novelas mediante el aprovechamiento de los recursos que el imaginario dominicano provee desde la ensenada fértil de nuestra realidad, como han sido los casos de Mario Vargas Llosa (que “robó” a los novelistas dominicanos la gran trama del tiranicidio y la de la dictadura trujillista), de Mayra Montero, de Alberto Vásquez-Montalbán, de Alberto Vásquez Figueroa, de Santiago Roncaglolio, e incluso de una dominicana de la diáspora como es Julia Alvarez, sin dejar de mencionar la laureada novela de Junot Díaz, o las novelas aún no traducidas, que sepamos, de las dominicanas Angie Cruz (“Soledad”) y Loida Maritza Pérez (“Geographies of Home”), hijas de la emigración que dibujan en sus obras las características de familias caribeñas, en específico dominicanas, desde New York City o Washington Heights, con sus trasuntos sentimentales, su vida bizarra, sus caos familiares y sus colapsos identitarios.

 Pero, la novela dominicana ha ido asumiendo la búsqueda de esos filones temáticos, que sin embargo deben seguir siendo investigados, descubiertos, ahondados, para que la novelística nuestra encuentre cauces novedosos, y pueda agigantarse el conocimiento y atractivo de la misma. Ejemplos trascendentes tenemos, en el Carlos Esteban Deive que asume las devastaciones de Osorio; en el Avelino Stanley que descubre los tortuosos episodios de asentamiento de los cocolos venidos de las islas inglesas para trabajar en los ingenios de azúcar; el Marcio Veloz Maggiolo que empalma su memoria vívida con vaivenes, ocasos y penumbras de la vida barrial de la gran ciudad; el Pedro Antonio Valdez que se inserta en las desventuras y voluptuosidades del burdel,        que revela la sordidez de las historias corales de personajes de gris estampa o que se interna en las identidades de la juventud de nuestros tiempos; en la original manera de describir un mundo de ascensos y descensos de Jeannette Miller; en los trasfondos familiares de naufragio y pasiones que revela Carmen Imbert Brugal; en la enunciación de tramas de vidas maltrechas de Ligia Minaya; o en el revelado de un tema y de un estilo de narrar que nos sacude en un sentido o en otro, de Rita Indiana Hernández.

En ese trayecto de maduración indiscutible de la novela dominicana, Emilia Pereyra descubre hoy un filón nunca antes asumido, y que se remonta a nuestra historia colonial, y al caso específico de la acción corsaria del inglés Francis Drake.

 Drake había sido parte de las expediciones realizadas por el marino y comerciante inglés John Hawkins, quien contando con el respaldo financiero de capitalistas ingleses, adquirió barcos para realizar intercambios comerciales en La Española, hacia 1562, proveyendo negros africanos y mercancías, a cambio de azúcar, cueros, cañafístolas y palo Brasil. El negocio fue próspero durante corto tiempo, porque la flota de Hawkins fue diezmada por barcos españoles en México, y uno de los pocos que se salvó de esa tragedia fue el marino Francis Drake.

 Este incidente, anota un reconocido historiador, deterioró las relaciones entre Inglaterra y España, y cuando los ingleses decidieron apoyar los movimientos independentistas de los holandeses contra el dominio español, Felipe II ordenó perseguir y apresar todos los barcos extranjeros surtos en puertos españoles, actitud que provocó la ira de la reina Isabel I, quien entonces ofreció apoyo financiero y político a Francis Drake para que zarpara hacia la Española y “castigara al Rey de España en los dominios colonizados de las Indias”.

Así llegó Drake, después de muchas peripecias marítimas, a nuestras costas, creyendo que iba a encontrar la ciudad floreciente que se había descrito en Europa, y lo que descubrió fue una ciudad languideciente, llena de miseria y castigada por severas limitaciones de todo tipo, entre ellas la de no poseer mecanismos de defensa que le permitieran enfrentar a los corsarios ingleses, crueles y decididos a saquear a cualquier precio las escasas riquezas de la abandonada colonia.

“Un mes completo pasaron los ingleses en Santo Domingo, alojados en la Catedral, saqueando todo lo que pudieron y no fue sino después de largas negociaciones que Drake aceptó desalojar la plaza, recibiendo como compensación la suma de 25,000 ducados, que fue a lo que alcanzaban las joyas, la plata y el oro sacado por el Presidente y el resto de los vecinos. Además del rescate pagado, Drake consiguió llevarse las campanas de las iglesias, la artillería de la Fortaleza y los cueros, azúcares y cañafístolas que encontró en los depósitos del puerto de Santo Domingo y otros almacenes” (1).

 Esto ocurrió en 1586, y 69 años después, en 1655, los ingleses volvieron a la carga contra Santo Domingo, esta vez en la expedición del almirante William Penn y el general Robert Venables, pero en esta ocasión don Bernardino Meneses y Bracamonte, el llamado Conde de Peñalba, preparó con antelación la defensa de la plaza, y los ingleses fueron vencidos por 1,300 lanceros criollos que emboscaron en diferentes sitios a los invasores, matando a unos 600 ingleses y dejando heridos a unos mil.

Esa historia de Drake, de 1586, apenas esbozada en los libros escolares de historia, es la que la novelista Emilia Pereyra  redescubre y describe de forma amena y con un cautivador estilo, y creo decir poco, porque debiéramos afirmar sin ambages que la novela es, en prosa y argumento, en descripción de los hechos y en el imaginario que la completa, una obra narrativa magistral.

 Ese “zorro de la mar”, en cuyo interior “no mengua el fuego”, que es Francis Drake, alista su flota por el proceloso mar Caribe para golpear a la corona española, y honrando la confianza de su reina , saquear los bienes de Santo Domingo para irlos a depositar, no sin sus mañas corruptoras, a los pies de esa monarca a quien idolatra y de quien se rumora vive permanentemente enamorado.

 Cuando las naves son avistadas por los lugareños, entrando por Caucedo, el alguacil mayor de la ciudad, Juan Melgajero corre a informar la mala noticia al gobernador y presidente de la Real Audiencia, don Cristóbal de Ovalle, quien primero desconfía de la noticia que recibe, y luego, pusilánime, corre a esconderse dejando a la ciudad y sus habitantes a expensas del corsario invasor y de sus huestes demoníacas.

 La “descomunal invasión corsaria” lleva al Gobernador Ovalle a establecerse en Peralvillo, “ese lugar distante y montaraz, arropado por los árboles y la maleza”, y con su debilitada autoridad allí se queda, mientras el huracán corsario siembra el terror entre los vecinos que gritan desaforados en un ambiente dominado por el desconcierto, la agitación y la incertidumbre.

 “Lloran mujeres y niños. Se lamentan jóvenes y ancianos. Trepidan esclavos y temen los soldados, sabiéndose mal apertrechados y sin dirección para defender la ciudad de la acometida de los invasores, acostumbrados a devastar pueblos y sofocar vidas” (2).

 Los pobladores huyen en estampida, con sus recuas y carretas, con sus pobrísimas pertenencias, hacia Guanuma y Peralvillo, y los más pobres huyen a pie “por los pedregosos atajos”, llevando “algunos alimentos y el pánico en las espaldas”. Huyen las familias de abolengo, los Solano, los Zapata, los Balmaseda, los Berroa; huyen monjas y frailes, tocando sus crucifijos, mientras “los rostros, las voces y el aire son asaetados por oleadas de pavor”.

 En París, “el fiel y meticuloso embajador Bernardino de Mendoza, también jefe de los servicios secretos del imperio español”, se empeña en conocer y describir desde lejos la aventura corsaria, buscando impedir que Drake continúe debilitando a la Corona ibérica. Pero, Drake, con sus imbatibles carcajadas, afirma que Santo Domingo será “un bocado de perdiz”, mientras su lugarteniente, “el envarado comandante” Carleill, ordena el desembarco por Haina, haciendo caer un diluvio de artillería, y “como falanges diabólicas que arrasan personas, cosas y animales, ingleses y negros entran a casas y edificios, rompiéndolo todo”.

Horas después de su arribo, Drake y sus tropas “mantienen el infierno en constante crepitación. Derriban puertas y desportillan ventanas. Lanzan a las calles bártulos de las iglesias por pura malignidad. Vuelven añicos vajillas; rasgan ropas, sábanas y manteles. Deguellan animales y queman huertos caseros. La oposición ha sido aniquilada. Santo Domingo se vuelve tierra arrasada” (3).

Y mientras el acaudalado literato Francisco Tostado de la Peña, docto y parsimonioso, camina despreocupado por la calle Las Damas, justo al detenerse ante la puerta del Arzobispado, un cañonazo le abre el pecho, y aquel “hacedor de rimas” nacido en Santo Domingo se convierte en la primera víctima conocida del ataque corsario. Desde otro ángulo, el sacerdote Cristóbal de Llerena y la monja Leonor de Ovando, negados a huir de la ciudad, siguen, entre oraciones, la trayectoria vil de los desmanes, mientras ven incendiarse el convento, desvalijar la Catedral Primada, y dañar por pura maldad los murales de las capillas.

 “Algún día –sentencia Llerena- mi pluma recogerá la hecatombe y la miseria humana de los nuestros y de los invasores”. Su entremés, en efecto, representado tiempo después en el atrio de la catedral, pasará a la historia como secuela literaria de aquel fatídico momento, y como preludio de la actividad teatral en la isla.

 Al asedio corsario, se han unido los negros cimarrones, con sus atabales, sus cantos y sus danzas. Algunos historiadores atestiguan, conforme investigaciones, que había en la isla alrededor de veinte mil negros, que habían llegados a la Española como esclavos, importados para la labranza o contrabandeados. Los negros se asocian a Drake para el saqueo, en venganza contra el dominio español. La cimarronada pues, contribuye al incendio de la ciudad, con actitud violenta y vengativa; “sembradores del horror” los llama Drake, complacido por esa contribución.

“El tan tan y el canto ronco de los negros erizan la piel, estremecen cuerpos y espíritus y llenan de horror el ambiente caldeado….También sir Francis toca su tambor con alborozo, contempla desde los acantilados la devoradora destrucción y echa su carcajada a los traviesos vientos del trópico” (4).

 Las negociaciones para poner fin a aquel episodio sangriento y porfiado, se realizan en un ambiente tortuoso. Llevadas por orden del miedoso gobernador Ovalle, Garcí Fernández de Torrequemada, orgulloso y sin miedo, enfrenta las intenciones extremas de Drake, que no cree en la decadencia de la colonia y en que  las “arcas andan flaquísimas”. Exige lo imposible. Clama y amenaza. Sentenciados a muerte y a fuego, las debilitadas autoridades y el pueblo recogen todo lo que tienen para darlo al invasor inglés, cuyas huestes lucen cansadas, aburridas de un mes de horror y pocas esperanzas de riqueza. Al final, con 25 mil ducados y otras pertenencias, los navíos se hacen a la mar. Han vivido “un mes desgastante en sus agitadas vidas de leones marinos y devoradores de puertos y villorrios”.

 Negros, y sobre todo negras, van en la carga hurtada. Una negra especial, Sardá Angola, de “fuerza desmadrada”, hermosa e indomable, forma parte del botín que enfila hacia Inglaterra. Drake se ha enamorado de ella, diríamos que ha quedado embrujado por su fiereza, sus lanzas verbales, su espíritu descocado, su cuerpo cimbreante, su “talla de espiga, su melosa sonrisa” y sus “macizas cumbres de chocolate”. Ella lo maldice, lo maldecirá siempre. Y cuando Drake intenta hacerla suya, ella se lanza a la mar, no sin antes advertirle que él morirá en América “como un granuja”. En efecto, Francis Drake, enfermo de disentería sangrante, moriría en Portobelo, Panamá, diez años después de este suceso, y su cuerpo se lanzaría al mar en un ataúd.

 Emilia Pereyra construye una novela portentosa, agradable, sólida, de lenguaje admirable. Describe una realidad con soltura y conocimiento, y organiza un presupuesto narrativo que se vigoriza con sus capítulos de hermosa y precisa confección, con las descripciones de sus personajes en sus más variados encajes, incluso de algunos que como el mozuelo adulón, “el más rendido seguidor del almirante”, llenan un espacio en el contexto novelístico, o como el piloto de la nave que, a través de sus bien ensamblados cuadernos de bitácora, forja otro ángulo de criticidad descriptiva que permite un jalonamiento expositivo de toda la trama.

 “El grito del tambor” es no solo una muy buena novela; es, o debe ser, una de las mejores novelas de la narrativa dominicana de los últimos decenios. Y me apego a tres únicas razones: descubre para la literatura un filón histórico solo descrito en los huertos de la historicidad escolar o en los libros de los historiadores; ensambla esa historia con la soltura vitalísima de un imaginario basado en la realidad, levantando una ficción inolvidable que permite evaluar y conocer esa historia desde una visión más completa y vivaz; y está escrita tras una prosa precisa, un lenguaje gozoso y una estrategia descriptiva gloriosamente eficaz.

Cuando Francis Drake ordena levar anclas y regresar a los dominios de Isabel I, el comandante del barco anotará en su cuaderno de bitácora lo siguiente: “Hemos de ser conscientes y considerar que durante siglos esta aldeucha de Santo Domingo recordará la invasión arrasadora de mi señor. Dios nos perdone a todos, incluyéndome a mí, sumado como un mudo a tanto desafuero, aunque ha de saber mucha gente que nada más es posible lo que el Todopoderoso permite con su asombrosa potestad” (5).

 Los lectores de Emilia Pereyra deben sentirse pues, regocijados de poder reencontrarse con esta historia desde su narración esplendorosa, para recordarnos a todos la tragedia que el corsario inglés creara en aquel territorio ancestral sumido en la pobreza, la desdicha y el abandono de la Corona española. Un acierto narrativo extraordinario de la feliz autora de otra novela inolvidable, “El crimen verde”, que merece con creces la atención de todos los buenos lectores de aquí y de allá. Nada más ni nada menos.

 Citas

1.     Todos los datos históricos fueron consultados en “Manual de Historia Dominicana” de Frank Moya Pons. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XLIV; Industrias Gráficas M. Pareja, Barcelona, 1977.

2.     “El grito del tambor”, Emilia Pereyra, Alfaguara; 2012. p. 19.

3.     Op. cit. p. 38.

4.     Op. cit. p. 127.

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