El arquitecto y narrador Manuel Salvador Gautier fue admitido como académico correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico, durante una sencilla ceremonia realizada en el Club Libanés Sirio Palestino, en Santo Domingo, el pasado 10 de julio.
El certificado, que lo confirma como miembro de dicha Academia, le fue entregado al arquitecto Gautier por su secretario, el doctor Ángel Olivares, acompañado por un grupo de estudiantes puertorriqueños que visitaba la República Dominicana en viaje de estudios.
El doctor Olivares manifestó que el arquitecto Gautier se había hecho merecedor de esa membresía por sus destacados méritos en los campos de la arquitectura y de la narrativa y solicitó al nuevo miembro de la Academia que hablara a los estudiantes.
El arquitecto Gautier agradeció a la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico el gran honor que se le ha conferido con este nombramiento, luego habló a los estudiantes de su experiencia como arquitecto conservador de la Ciudad Colonial de Santo Domingo y de la relación que ha tenido con la puesta en valor del centro histórico de San Juan, Puerto Rico.
Las palabras de Gautier fueron muy bien acogidas. Al final, el doctor Olivares lo invitó a asistir a una reunión que se efectuará a final de este año en San Juan, donde se reunirán todos los miembros correspondientes de la Academia.
Autora habla sobre “El Yo del escritor en la creación novelística”
La Academia Dominicana de la Lengua, mediante un acto solemne, dio ingreso formal a la escritora Ofelia Berrido como Miembro Correspondiente de la misma con la Conferencia -ensayo “El Yo del escritor en la creación novelística”.
La autora de “El sol secreto” fue presentada al público presente por Federico Henríquez Gratereaux, quien en una bella semblanza habló de las cualidades del nuevo miembro y sobre la dicha que tienen aquellas personas que encuentran su verdadera vocación.
La participación de Henríquez Gratereaux resultó interesante y muy amena. De inmediato Ofelia Berrido dictó la conferencia en la cual planteó su propuesta con las siguientes palabras: “El Yo del escritor planteado al desnudo y con profundidad, entregado totalmente al acto de creación y accediendo en tales condiciones a niveles superiores de conciencia y a los más profundos pozos del inconciente es el principal responsables de una obra intensa, rica y permanente porque plantea a través de ese Yo el Yo Universal, el hombre y la mujer de hoy y de todos los tiempos. . ."
El Director de la Academia, Bruno Rosario Candelier, quien le entregó a la novelista el pergamino que la acredita como académica, expresó que en atención a sus meritos lingüísticos y literarios, su aporte al desarrollo de la novela dominicana y su labor cultural a favor de nuestras letras la Corporación convino en nombrar a Ofelia Berrido individuo suyo en la clase de Miembro Correspondiente.
Le dieron la bienvenida los Académicos Miembros de Número: Víctor Villegas, González Tirado, y José Henríquez y entre los Miembros correspondientes Manuel Salvador Gautier y Emilia Pereyra y Roxana Amaro y Darío Bencosme.
La lingüista Roxana Amaro, con su reconocido don de la palabra, condujo el evento, mientras un público, compuesto por escritores, amante de las letras, amigos y contertulios, disfrutó del acto, y al término del mismo todos compartieron juntos en el patio interior de la Casa de las Academias.
Diserta sobre Hostos y Salomé
La destacada escritora Ángela Hernández ingresó el pasado martes 9 de junio, del año en curso, a la Academia Dominicana de la Lengua, como miembro correspondiente, durante un acto solemne.
Hernández fue recibida con las palabras del escritor y académico Manuel Salvador Gautier, quien ponderó su trayectoria como una de las principales representantes de las letras nacionales y sus celebradas condiciones de ensayista, poetisa, novelista, cuentista y defensora de los derechos de la mujer.
El discurso de ingreso de Hernández fue titulado “El viajero y la arraigada”, y versó acerca de la relación de amistad y colaboración entre la excelsa poetisa dominicana Salomé Ureña de Henríquez y el humanista y educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos.
Al final de su brillante intervención, Hernández fue aplaudida por el público, de manera prolongada y de pie.
El pergamino que oficializa el ingreso de Hernández a la Academia Dominicana de la Lengua fue entregado por el intelectual y escritor Federico Henríquez Gratereaux, subdirector de la institución, quien representó al doctor Bruno Rosario Candelier, presidente de la entidad.
El escritor Rafael Peralta Romero fue declarado ganador del premio El Barco de Vapor de novela infantil, patrocinado por la Fundación SM y que tiene una dotación de 200 mil pesos.
Los señores Eduardo Guerra, gerente general, y Luis Miguel Aguas, director editorial de la editorial SM, entregaron a Peralta la estatuilla correspondiente en un acto realizado en la quinta Dominicana, de la zona colonial de Santo Domingo.
La obra ganadora es “De cómo Uto Pía encontró a Tarzán”, que cuenta la historia de un adolescente que salió de su pueblo a encontrarse con Tarzán, el famoso personaje creado por Edgar Rice Burrough, a quien encontró en una residencia para ancianos.
El libro de Peralta fue escogido entre 52 que participaron en el certamen, de las cuales quedaron como finalistas: “Los invisibles y los terrenales”, de Patricia Acra, y “Los cazadores de nubes”, de Ramón Gil.
Las dos novelas finalistas serán publicadas y presentadas al público en el mes de abril en el marco de la celebración de la XII Feria Internacional del Libro.
Al recibir el premio, Peralta Romero pronunció un discurso en el que resaltó el impulso del premio El Barco de Vapor, que ha realizado dos versiones en República Dominicana, a la creación de novelas infantiles, un género “tradicionalmente preterido” y que hasta hace poco tiempo provocó escaso interés entre los escritores dominicanos.
Dijo que recibe el galardón “con justificado alborozo y con el convencimiento de que se trata de un indudable reto como escritor, y muy particularmente acentúa mi compromiso con la literatura infantil”.
El escritor se refirió a la responsabilidad que tiene la literatura infantil en el desarrollo social de una nación y consideró que plantearlo parece una utopía, “pero no lo es, si se toma en cuenta el papel del lenguaje en el desarrollo de la personalidad y de las aptitudes del individuo para establecer las debidas relaciones con la colectividad”.
“La influencia de la educación en los primeros años de vida del niño resulta determinante para toda la existencia del mismo. La formación de dominicanos: correctos, pensantes, educados y sociables deberá conllevar acciones realizadas a partir de los primeros años de vida de esos nuevos ciudadanos”, declaró.
Dijo además que la lectura es la vía más idónea para iniciar a un individuo desde la niñez en la práctica de la comunicación, y para eso se produce la literatura infantil. “De ahí que no me parezca nada utópico asociar la literatura infantil con las posibilidades de cambios de una sociedad”.
Afirmó, de igual modo, que mucho menos se considerará utopía si se pondera juiciosamente la función de la literatura en el desarrollo de las competencias lingüísticas de los pequeños. “Niño que no lee o que no le leen, no logrará el desarrollo pleno de sus facultades intelectivas, dado que las competencias lingüísticas constituyen el eje central para desarrollar las demás competencias”.
Peralta citó el juicio del lingüista Pedro Salinas, quien ha considerado que “La persona se posee a sí misma en la medida en que posee su lengua”, y agregó al respecto que quien no maneja adecuadamente su lengua no puede poseer el mundo exterior.
Destacó la importancia de la imaginación en el desarrollo intelectual del niño y recomendó que la escuela aplique más los recursos que permitan al niño imaginar e inventar.
Peralta destacó que en el país se está escribiendo literatura para niños, y que se desarrollan “esfuerzos para alcanzar la autosuficiencia en cuanto a producto literario destinado a nuestros niños, construido con materiales de aquí e inteligencia de aquí”.
Proclamó la necesidad de que padres y maestros ofrezcan a los niños la oportunidad de jugar con las creaciones literarias, divertirse con ellas. “Y percatarnos todos de la importancia de la fantasía para los pequeños”.
El intelectual, profesor de la Facultad de Humanidades de la UASD, reclamó que los maestros asuman la promoción de la lectura “como un asunto de ética” y lo justificó en la afirmación “de la capacidad lectora depende la adquisición de los demás conocimientos, y de la educación depende el cambio en los individuos y en la sociedad”.
Insistió en que “sin el desarrollo de las competencias comunicativas, es imposible que el individuo alcance capacidad para conocer, actuar e interactuar en los diferentes contextos y situaciones”.
27 de marzo de 2009.
El pasado sábado 10 de enero, del año en curso, el destacado escritor y arquitecto Manuel Salvador Gautier fue recibido formalmente como miembro correspondiente por la Academia Dominicana de la Lengua.
Gautier, coordinador del Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua, es un prestigioso narrador y ensayista, a cuyo ingreso a la reputada institución asistieron reconocidos intelectuales y amigos y familiares
En el acto, el director de la Academia Dominicana de la Lengua, Bruno Rosario Candelier, encomió la nutrida obra literaria de Gautier y resaltó que se trata de un notable escritor que tiene conciencia literaria.
*Lea el discurso de ingreso de Gautier en este blog.
“Con el diablo en el cuerpo”: Una novela llena de fascinación y encanto
Por Rafael Peralta Romero
Diferenciar entre un personaje de ficción y el personaje de real existencia ha provocado muchas horas de reflexión y estudios entre los especialistas de la creación literaria. Todo ello, a pesar de que desde el punto de vista formal, persona y personaje son conceptos bien diferenciados.
Las personas somos todos los seres humanos, no importa la constitución física o síquica, no importa su condición social o económica ni tampoco importa dónde haya nacido o vivido. Las personas, por demás, tenemos fecha de nacimiento y cédula de identidad y estamos sujetas a las leyes naturales, las cuales imponen entre otras acciones: nacer, crecer, relacionarse, alimentarse, reproducirse y desaparecer.
Se ha creído que los personajes son puro invento de los creadores literarios, que los personajes sólo existen en los cuentos, las novelas, el teatro y en las producciones cinematográficas. Eso se ha creído con aparente lógica, porque como se ha dicho, los personajes se han hecho a imitación de las personas.
Pero no siempre los narradores las tienen todas consigo al momento de trazar los caracteres de un personaje, porque la invención de sujetos ficticios con suficiente vida y sentimientos no resulta trabajo tan fácil, y no pocos teóricos de la literatura se han referido a la conformación de personajes como una tarea altamente compleja.
Por ejemplo, Pío Baroja ha considerado al respecto lo siguiente: “Para mí, en la novela y en todo arte literario, lo difícil es inventar, más que nada inventar personajes que tengan vida…”.
Parecerá entonces, que la sustancia principal para la conformación de los personajes literarios habrá que buscarla en las calles, en los parques, en las fábricas, en los bares, en los mercados, en los caminos, en los conventos, en los recintos militares y en cualquier lugar donde se mueve la gente.
La vida presenta con frecuencia sujetos reales que se tornan en seres que parecen de fantasía, que adoptan actitudes y formas de ser que los tipifican como auténticos personajes, cual si fuesen producto de la creación, de la fecunda imaginación de un autor literario.
El quehacer político es abundante en este tipo de figuras, que sobresalen de su marco por los comportamientos que asumen, los cuales le imprimen determinados niveles de extravagancia, la que a su vez conduce a confundir a esa persona real con un ser sacado de la imaginación.
Tenemos en nuestra historia política a personas cuyos caracteres no permiten diferenciarlas de los personajes creados.
Lo cierto es que son los hechos ocurridos en su vida, su constitución sicológica, su concepción de la vida, del amor, su relación con los demás seres humanos, su ambición o su desinterés, su generosidad o su egoísmo, su inteligencia o su torpeza lo que determina que una persona real se convierta en personaje apto para el tratamiento literario, para ser aprovechado por quienes se dedican a contar historias dignas de ser leídas y provocar emociones.
Pero no sólo los políticos son a menudo materia prima para los creadores literarios. Muchos seres marginales, cuya vida se ha limitado a los movimientos fisiológicos de su organismo, se prestan también para roles destacados en la literatura de ficción.
De modo que podemos encontrar personajes en las casas humildes como en las mansiones opulentas, en los prostíbulos como en los conventos, en las universidades como en las galleras, entre los agricultores como entre los sacerdotes, entre los guardias como entre los guerrilleros, entre los patronos como entre los trabajadores.
Estas apreciaciones vienen a propósito de que Rafael Darío Durán nos ha convocado para presentar su nueva novela “Con el diablo en el cuerpo”, la cual está basada en la vida de una persona real a la que el autor le ha descubierto la condición mítica, es decir cuya vida resulta una materia prima procesada para el desarrollo de una historia de ficción contable, novelable y filmable.
Porque, definitivamente, ha habido personas, y sigue habiendo, ante cuyos perfiles, la capacidad inventiva de un escritor puede resultar insuficiente. Ahí es, precisamente, que el novelista pone a prueba su talento para discriminar entre hechos y personajes que encierran valor, que resultan buenos materiales para elaborar su obra, y los que equivalen a pajas o materiales de desecho.
Con ésta, su tercera novela, Durán ha demostrado un adecuado manejo en este discernimiento. Sus oídos, sus ojos, su sensibilidad lo han conducido hacia un tema que estaba ahí, esperando un autor que le diera la forma definitiva de una novela.
Y él lo ha hecho de la mejor manera, porque ha sabido combinar la importancia de un hecho con el manejo de la técnica narrativa, porque ha sabido imprimir sentido literario a la vida de una persona y porque ha sabido infundir vida a los demás personajes que acompañan al personaje principal a fin de que la historia culmine eficazmente.
Durán hace lo que José Ortega y Gasset ha considerado que tiene que hacer quien desee embarcarse en la trabajosa aventura de componer una novela. Dice Ortega:
“En suma, el novelista, si se quiere, tiene que copiar la realidad, pero en ésta hay estratos superficiales y estratos a que aún no había llegado nuestra mirada. Es un buen novelista quien posee perspicacia bastante para sorprender estos estratos profundos y gracia suficiente para copiarlos”.
Rafael Darío Durán ha encontrado el componente activo de su obra en la vida accidentada de la cantante cubana La Lupe, que estuvo en la cima de la popularidad y del bienestar económico, para caer en el abismo y en el más horrendo olvido, debido al vicio.
Como toda diva, fue prisionera de su necesidad de reafirmación por medio de la adulación y en su caso, también del sexo desordenado. Resalta en la vida de esta mujer, además, su estilo desafiante, lacerante, alocado, que llegó hasta molestar al poder político.
Para recrear la vida de la Lupe, nacida en Santiago de Cuba, cuya voz inundó intensamente radios y velloneras de nuestro continente como pregonera de sentimientos y pasiones en los que el erotismo alcanzó su máxima expresión, Durán, como meticuloso orfebre, como entusiasta inventor, recurre a la creación de otros personajes que resultarán más que útiles, indispensables.
Porque eso sí, todos los personajes en esta novela cumplen un rol, sin el cual la obra quedaría torcida.
Es el caso de Josua, mecanógrafo de oficio, quien decide abandonar su país, República Dominicana, (además de su hijo y esposa) con destino a Cuba, con el interés de encontrarse con el escritor Ernest Hemingway, a quien idolatra.
Piensa ver a Hemingway en la finca Vigía y ofrecerle sus servicios como mecanógrafo. El viaje se realiza en el momento en que los expedicionarios del 14 de Junio de 1959 recién acaban de llegar al país con el fin de derrocar a la dictadura de Trujillo.
En La Habana, Josua conoce a una hermosa mulata, llamada Mireya, estudiante de medicina y jinetera por necesidad. Además, de un taxista, Julio Escarramán, que será quien lo pondrá en contacto con el oficio de fotógrafo, creando las condiciones para llegar hasta La Lupe.
Intenta aproximarse al escritor, pero sus amigos parecen ocultar un terrible secreto y con evasivas no le ofrecen la ayuda necesaria para su objetivo. Visita La Bodeguita del Medio, con la falsa creencia de que era el lugar que frecuentaba Hemingway, quien en realidad tomaba tragos frecuentemente en el bar Floridita. Su búsqueda fracasa y finalmente decide ir directamente a la finca Vigía a pedir una entrevista.
Josua comienza a frecuentar un bar llamado La Red, donde conoció, a través de Mireya, a una mulatita que cantaba todas las noches. Su nombre: Victoria Yoli Raymond, mejor conocida como La Lupe, que aunque era de Santiago de Cuba, residía en La Habana. Recién separada de su esposo, la cantante entabla una relación con Josua, quien termina idolatrándola y amándola de forma enfermiza.
A través de Josua, el lector va mirando el meteórico ascenso de La Lupe y también su estrepitosa caída. Aunque sus encuentros amorosos son más frecuentes y apasionados, La Lupe insiste en que no lo ama. Josua se conforma con verla y prestarle asistencia personal.
Las desgracias van en cadena: se cae de una ventana y queda paralítica, se incendia el apartamento donde vive y debe ir a vivir a un asilo. Luego viene el milagro de la conversión religiosa de la antigua devota de la santería.
Tras veinte años sin ver a su familia, Josua decide retornar al país lleno de dolor por la muerte de la Lupe, pero en el avión conoce a una artista en ascenso y en una escala en Santo Domingo, pero no sabremos si él decidirá llegar a su casa o aceptar la propuesta de la cantante para que sea su fotógrafo personal.
La novela de Durán no sólo cuenta la historia de esta cantante borracha y atormentada, seducida por los vicios, sino que éste es el pretexto para el autor radiografiar, por ejemplo, el fenómeno de la emigración, que marca a miles de familias en todos los países del mundo, la curiosidad del ser humano por conocer otros destinos, vivir nuevas experiencias, no obstante las consecuencias emocionales que esto arrastra.
El coprotagonista Josua, y sus familiares (abuelo, abuela y padre) son un ejemplo de este fenómeno socio-económico. Josua no es sólo la encarnación de esa ansia de emigrar del ser humano, sino de un hombre sin personalidad, un fanático seguidor de íconos y de cuestiones inverosímiles.
Una novela basada en hechos reales es una obra de arte y es una obra de sociología. La novela de Durán toca, con visión interpretativa y gusto de creador literario, asuntos que están a la vista, pero que precisan de una visión y una capacidad de abstracción que permitan una valoración precisa y justa sobre los mismos.
Es lo que hace Durán respecto del exilio cubano en los Estados Unidos. La transformación que se produce en los colaboradores del régimen de Fidel Castro cuando pasan a formar parte del exilio constituye un fenómeno provocativo, incitador del juicio especulativo. Aquel personaje llamado Julio Escarramán, quien orientó a Josua a su llegada a La Habana, es un buen ejemplo, como lo maneja Durán, de este aserto.
La vida íntima del pueblo cubano, con sus estrecheces y su ingenio para sobreponerse a las mismas y los efectos del bloqueo económico a que el gobierno norteamericano somete a ese pueblo, encuentran cupo también en esta novela, basada en un personaje de la farándula, pero que trasciende las delectaciones de los sentidos y las trivialidades propias del tipo de gente que protagoniza la obra.
De manera general, los hechos que van ocurriendo en el país desde la Gesta de 1959 (cuando se inicia la novela), el tiranicidio, el gobierno de Juan Bosch, la Revolución de Abril y la invasión norteamericana de 1965, el ascenso de Joaquín Balaguer al poder y la llegada del segundo gobierno del PRD, forman parte de la atmósfera política en que se desarrolla la historia.
De modo que no me queda más que reiterar lo expresado en el texto incluido en la contratapa de la obra que hoy circula con el sello de editorial Gente:
“Con el diablo en el cuerpo” es una novela realista, por cuanto parte de situaciones reales, protagonizadas por sujetos reales. Paradójicamente, los personajes reales han arrastrado a los ficticios, necesitados por el autor para construir, o reconstruir, una historia terriblemente dramática y profundamente rasgante. Se trata de la vida excepcional de la Lupe… tan característica y tan digna de narrarse.
Rafael Darío Durán recrea la existencia accidentada de la cantante cubana, y lleva al lector con ella hasta la cima de la popularidad y del éxito, para que éste la vea descender al abismo moral y rodar por el más horrendo olvido. Víctima de la fama, el vicio y la adulación, Lupe asumió un estilo artístico desafiante y lacerante que llegó a molestar a Fidel Castro, lo que sin duda añadió un toque de fatalidad a su azaroso vivir.
La Habana, Caracas, Nueva York y Santo Domingo sirven de marco a una narración desbordante de pasión y lirismo en la que los hechos políticos soportan el trasfondo de una historia que interesa y conmueve, por la forma en que presenta las interioridades del alma humana. “Con el diablo en el cuerpo” es una novela repleta de fascinación y encanto.
*Texto de la disertación del escritor Rafael Peralta Romero para presentar la novela “Con el diablo en el cuerpo”, de Rafael Darío Durán. 26-11-2008.
Al ingresar a la Academia Dominicana de la Lengua
Emilia Pereyra pondera el valor de la palabra
Al ingresar formalmente a la Academia Dominicana de la Lengua, como miembro correspondiente, la escritora y periodista Emilia Pereyra ponderó el valor de la palabra y expresó que su empleo debe ser realizado con sentido de la responsabilidad.
“Asumo que trabajar con la palabra es un privilegio, un compromiso y una gran responsabilidad. La palabra es poderosa. Puede construir o destruir. Puede causar esplendor, traumas o inmundicias, y a menudo se utiliza sin que se ponderen sus efectos”, manifestó tras ser recibida, con una conferencia sobre su obra, presentada por el presidente de la institución, doctor Bruno Rosario Candelier.
En su exposición, titulada “Testimonio de mi creación”, Pereyra manifestó que la literatura, campo en el que ejerce ampliamente la libertad, ofrece infinitas posibilidades para la creación, para construir y reconstruir realidades y mundos imaginarios.
Resaltó el valor de la lectura, que le ha ofrecido la posibilidad de adquirir conocimientos legados por la cultura y la extraordinaria oportunidad de ampliar los horizontes existenciales e intelectuales, por lo cual la recomienda.
En tanto, Rosario Candelier recibió a la escritora azuana con una disertación, que tituló “Emilia Pereyra: Una narradora original y contundente". Candelier expresó que ella “es una de las narradoras fundamentales de las letras dominicanas contemporáneas”.
“Prevalida de una sensibilidad empática, poseedora de un fecundo talento narrativo y dueña de una voz original, recrea con esmerado estilo, a través de escenas y caracterizaciones ejemplares, los hallazgos de su fina intuición trasvasados al tramado de sus cuentos, relatos y novelas mediante los cuales ausculta el interior de sus criaturas imaginarias y perfila el sentido de tramas y anécdotas en una fresca visión novelística”, agregó.
Manifestó que el trabajo literario de Pereyra refleja la fina intuición que la distingue y la honda capacidad de observación de la idiosincrasia cultural dominicana. “Su narrativa revela que sabe perfilar y valorar lo que nos define y conforma”, añadió.
Pereyra ha ejercido el periodismo informativo, interpretativo y de opinión en importantes diarios dominicanos y ha sido ejecutiva de varios medios de comunicación.
En 1998 su obra “Cenizas del querer” figuró entre las diez semifinalistas del premio Planeta, uno de los galardones más importantes otorgados a novelas escritas en lengua española. Ha publicado además las novelas “El Crimen Verde” y “Cóctel con frenesí” y el libro de cuentos “El inapelable designio de Dios”. Además, el libro “Rasgos y figuras”, conjunto de perfiles biográficos previamente publicados en el diario Hoy. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés y al italiano.
Lea en este mismo blog la disertación del doctor Bruno Rosario Candelier y el discurso de Emilia Perereya.
17 de octubre, 2008.
EMILIA PEREYRA: “CÓCTEL CON FRENESÍ”
“Si somos capaces de auscultarnos, podremos dotar
de profundidad nuestros textos y personajes”.
(Emilia Pereyra)
Por Bruno Rosario Candelier
Conformación de historias, motivos y argumentos
Emilia Pereyra es una de las narradoras fundamentales de las letras dominicanas contemporáneas. Prevalida de una sensibilidad empática, poseedora de un fecundo talento narrativo y dueña de una voz original, recrea con esmerado estilo, a través de escenas y caracterizaciones ejemplares, los hallazgos de su fina intuición trasvasados al tramado de sus cuentos, relatos y novelas mediante los cuales ausculta el interior de sus criaturas imaginarias y perfila el sentido de tramas y anécdotas en una fresca visión novelística.
Con su indudable encanto personal y su probado acierto novelístico, Emilia Pereyra se ha ganado un alto pedestal en las letras nacionales. Poseedora de un carisma acrisolado en la forja de dones admirables y la plasmación de atributos conquistados con tesón, disciplina y estudio, su obra refleja la fina intuición que la distingue y la honda capacidad de observación de la idiosincrasia cultural dominicana. Su narrativa revela que sabe perfilar y valorar lo que nos define y conforma. En mi antología de autores interioristas, escribí sobre Emilia Pereyra: “Nació en Azua de Compostela, donde se forjó su vocación literaria. Desde muy joven formó parte del Círculo de Estudios Literarios Azuanos (Ciela). Licenciada en Comunicación Social por la UASD, ejerce el periodismo, la docencia y la consultoría de Relaciones Públicas. Columnista de un diario nacional, locutora, conferencista y narradora, ha obtenido galardones literarios por su creación narrativa. Autora de El Crimen Verde y Cenizas del Querer. Tiene una fuerza imaginativa engarzada a la Naturaleza con fresco aliento trascendente, remozante y creativo. En su pulcro manejo del lenguaje revela fluidez, precisión y verismo con una ternura expresiva y un valor humanizante. Sabe compenetrarse emocional, intelectual y sensorialmente con el objeto de su atención, logrando una narración densa y caudalosa con belleza poética y valores interiores. Miembro del Ateneo Insular en Santo Domingo, donde reside, labora y hace vida social y cultural” (1).
El contenido de sus ficciones se engarza al estamento socio-cultural de nuestros barrios urbanos populares. Emilia Pereyra tiene bien claro que una cosa es la realidad; otra, la propia existencia y, desde luego, el empalme de las condiciones individuales a una circunstancia vital no siempre cónsona con los ideales que internamos en la conciencia y el ordenamiento que la estructura social implanta en un medio histórico determinado. El novelista con conciencia del entramado social y cultural, como el ejemplo de Emilia, sabe que al enfocar la realidad no puede inventarla ni dulcificarla sino percibirla y describirla para dar un testimonio creíble de la historia que enfoca su ficción.
Emilia Pereyra pondera la energía creativa, que posee con alto potencial para canalizar sus obsesiones y angustias, así como los sentimientos y actitudes más auténticos de la condición humana. Cuando se está inmerso en el proceso creativo, todo incide en la conformación del producto literario o artístico: lecturas, películas, vivencias, intuiciones, observaciones, reflexiones y recuerdos, que coadyuvan en la caracterización de personajes, la descripción de ambientes y la recreación de escenas y momentos en la narración de anécdotas y peripecias. Como experta narradora, Emilia Pereyra vive, piensa y escribe novelísticamente. Vivir novelísticamente significa asumir el Mundo y cuanto acontece en el medio circundante como fuente de historias novelescas, al tiempo que su sensibilidad y su talante se aúnan al caudal de vivencias y obsesiones, al manadero de recursos inconscientes y conocimientos y, por supuesto, a la alforja de la imaginación, el lenguaje y la cultura para construir y encauzar, en los hechos, personajes y ambientes, la veta de temas y motivos que elabora para nutrir la vivencia estética con la cual adereza su ficción.
Como narradora y periodista, Emilia Pereyra valora el talento creador y la disposición para plasmar, mediante el arte de la palabra, lo que concita y estimula su sensibilidad. En su formidable estudio sobre el Interiorismo, nuestra destacada novelista consignó: “Todo creador tiene un impetuoso torrente interior que se ve en la necesidad de exteriorizar. Eso lo sabe y lo siente quien crea. Mientras pueda permitir que su savia más profunda fluya libremente, probablemente su aporte sea mayor, más verdadero y más sincero y, por tanto, más trascendente. Trabajando se presentan las ideas y se estimula la imaginación. Sin imaginación no existe literatura. La imaginación es una gran matriz que provee argumentos, estructuras y estilos. Es una especie de mayéutica. Es un parto cotidiano, una gestación permanente” (2).
Con su concepción de que la novela, en su esencia genérica, ha de reflejar el sentido de la vida y la existencia humana, Pereyra opta por los valores que le dan fundamento a la sociedad. Lejos de privilegiar las superficiales maneras experimentales, su narrativa se arraiga en las propuestas estéticas, clásicas y modernas, que enfatizan la dignidad humana y procuran la superación de las condiciones que desdicen de una existencia cónsona con el ideal de crecimiento y desarrollo, razón por la cual pone su mirada en las manifestaciones degradantes de la condición humana para que el lector tome conciencia de las expresiones indeseables de la realidad nefasta.
La narradora se propuso testimoniar las condiciones de vida de individuos humildes de los ambientes populares para que el lector infiera, de su existencia y conducta, su propia reflexión. Se trata de seres que a veces tienen la convicción de que nacieron con un destino fatal y, a su parecer, la misma vida le niega la posibilidad o la oportunidad para superar ese desafortunado sino. El hecho de situar en ambientes sórdidos, miserables y mezquinos, ubicados en parajes marginales de la gran urbe, ofrece una magnífica oportunidad para conocer el interior de esa realidad nefanda y apreciar la situación de atraso, ignorancia y penuria con las cavilaciones interiores de sus personajes ficticios. Se trata de sujetos de los sectores populares que viven rumiando su infortunio y descontento y, quizás, deambulan desorientados, tristes y solitarios.
El desarrollo de la conciencia es la meta suprema en la vida humana. Todo tiene una causa y todo tiene un efecto. Ya lo dijo Leucipo de Abdera, el pensador presocrático de la Antigüedad griega: “Nada sucede por azar. Todo sucede por razón o necesidad”. Somos nosotros, con nuestras acciones, actitudes y conceptos, quienes sembramos la semilla de nuestra felicidad o el rumbo de nuestra desgracia. Los personajes delineados por Emilia Pereyra dan la impresión de que carecen de sueños y metas, abatidos por sus obsesiones y delirios, como manifestación de sus condiciones materiales, conforme sus expresiones conductuales y afectivas, que la narradora canaliza pertinentemente.
Cinco vertientes temáticas enfoca y despliega nuestra distinguida narradora en Cóctel con frenesí (3):
1. La vertiente dominante de lo viviente en su expresión sensible. Desde el inicio de la narración de esta singular novela, la narradora nos atrapa con su lenguaje contundente, plasmado en expresiones firmes y elocuentes mediante oportunos trazos sensoriales, ágiles y precisos, sobre el perfil de sus personajes. Atenta a la faceta viva de la realidad, Emilia sabe aprovechar sus dotes de periodista, a las que suma su talento novelístico, para captar la vertiente sensorial de lo existente, de la que privilegia su faceta luminosa y el sentido de la vida, que su sensibilidad, porosa a lo viviente, ausculta y expresa:
Ajeno a cuanto acontecía en la esquina colmada de pregoneros vociferantes y sudorosos, el hombre encorvado siguió caminando con paso lerdo. Sus manos temblorosas, ásperas, se posaban como volubles mariposas sobre su rostro desencajado. El viento agitaba sus cabellos. Mediodía. El Sol espectacular del trópico se desparramaba sobre la ciudad. Rayos calientes. La brisa azotaba con furia las vestimentas de los transeúntes. Burundi, el hombre pequeño y esmirriado, no advertía el torrente de vitalidad esparcido a su alrededor, la vida, esa cotidianidad tumultuosa y bullanguera, se deslizaba ante sus ojos cansinos e indiferentes. A veces surgía en su cara una mueca, una dolorosa sonrisa (p.7).
Cerca de las tres de la tarde recogió las baratijas, botó la bolsa en un pequeño muladar y caminó. El Sol era intenso y ardía demasiado. Sol tropical; Sol rotundo. Rato después caía sobre la ciudad una lluvia implacable. Durante tres horas estuvo lloviendo sin amainar ni un momento. Santo Domingo era un lago nauseabundo. La gente se guarecía bajo los toldos de las tiendas. Esperaba ansiosamente que dejara de llover. En las aguas pestilentes flotaban cáscaras de frutas, papeles, pedazos de madera y cartón, zapatos viejos, ropas inservibles y cacharros. Las imprecaciones estallaban en las calles y avenidas (p. 8).
2. La vertiente sociográfica de la realidad en su expresión doliente. La novela constituye un reflejo de la realidad social que le reporta al novelista el caudal de aventuras y pasiones para articular una ficción. La narradora contrasta la doliente miseria de su protagonista con el esplendor de la Creación al delinear su figura y su accionar:
No retornó a la casucha en los días siguientes. Burundi moraba en plena calle mojando su cuerpo con el rocío del amanecer, emborrachándose con el final del crepúsculo, con la llegada de las noches. Dormía en los contenes, al lado de las puertas metálicas o en los rellanos de las escaleras. Se despertaba gritando, recordando con lucidez su última pesadilla (p. 24).
3. La vertiente gratificante de lo natural con su esplendor radiante. A la narradora le fascina la realidad natural. Dueña de una sensibilidad estética y una sensibilidad cósmica, la belleza del Mundo le despierta el sentimiento de admiración y gozo que la Naturaleza genera en los espíritus sensibles y que la autora engarza al estado emocional del actante del relato. En todos los capítulos el esplendor sensorial de lo viviente subyuga la sensibilidad de la narradora, índice del sentido estético y el sentido cósmico de su talante lírico:
Burundi estaba compungido. Se alejaba y pensaba. Recogía los retazos del pasado. Ya la tarde agonizaba. El cielo era azul violeta, matizado con alargadas vetas amarillas. Un soberbio espectáculo de la Naturaleza (p. 42).
El ocaso encontró a Burundi frente a las aguas del mar Caribe, de espaldas a la avenida George Washington, por donde se deslizan velozmente relucientes automóviles y vehículos destartalados. No lo embriagó la vista del Sol moribundo, hundiéndose en el agua serena, al final de la tarde. Al contrario, el acontecimiento le pareció aburrido y hasta vulgar. Le había visto tantas veces que no alcanzaba a explicarse por qué algunos conductores se detenían a observarlo, con evidente complacencia, como si se tratara de un hecho insólito. Con rudeza, se pasó las manos por los cabellos. Sintió, de inmediato, un ligero dolor en el cráneo. Su boca se crispó por un momento y luego tomó su forma natural. Sus ojos se fueron humedeciendo. Sentado, con la cara apoyada sobre una roca porosa, todavía vuelto hacia las aguas oscilantes, percibió cómo la brisa secaba sus mejillas. Las manos del viento le hacían caricias mientras, a su derecha, las ramas de una palmera se balanceaban (p. 25).
4. La vertiente sugestiva de los rasgos ambientales populares. Con una recreación de la realidad sociográfica, antropológica y psicológica en sus diversas expresiones socioculturales en que viven sus personajes novelescos, los describe en sus manifestaciones menos condignas de la condición humana, al tiempo que testimonia lo que perciben sus sentidos:
La voz de Ana Belén, al ritmo de “Derroche”, se imponía por momentos, en el salón atiborrado de murmullos y ruidos de platos. Burundi haló una silla y se sentó. Apoyó el brazo derecho sobre una mesa pequeña, cubierta con un mantel de cuadros rojos. En el centro, descansaban la vinagrera vacía, el salero de cristal y el pote de salsa de tomate. Detuvo los ojos en un espejo grande y un poco empañado. Se encontró con una imagen desagradable. Se acarició la barbilla, el bigote mal trazado y se mesó los cabellos. Parecía otro.
Echó una ojeada al local. A su derecha, frente a una docena de tazas relucientes, tres hombres discutían sobre política. Un moreno -ojos claros, boca ancha- descargó un puñetazo sobre la mesa. Los platos y los vasos saltaron provocando un estruendo que lo enervó. Un mozo los llamó discretamente al orden. Poco a poco, Burundi se fue desplomando, sentado ante la mesa cubierta con el mantel ornamentado. (p. 35).
5. La vertiente caracterizadora de personajes y tipos populares. Esta narrativa perfila y expresa la dimensión singular de tipos y personajes de la realidad sociográfica dominicana mediante la caracterización de los rasgos típicos de los sujetos de la ficción, con la disposición de las antenas sensoriales de una sensibilidad abierta y caudalosa, como la de Emilia Pereyra, por lo cual puede testimoniar el escorzo de la existencia que hiere y encabrita la sensibilidad:
¡La calle! ¡Otra vez la calle! Burundi estaba mejor afuera, respirando tranquilamente. Allí nadie lo miraba a los ojos. Todos iban o venían ocupados en sus propios afanes, viviendo sus mezquindades, sus alegrías y sus quimeras. Él marchaba como todos. Se mezclaba con la masa abigarrada y multiforme, que casi llenaba la acera. Sus ropas se confundían con las de los demás y no sentía, como otras veces, que llamaba la atención. Tenía los ojos pequeños, la nariz achatada, los labios gruesos, el cuerpo pequeño y el pelo crespo. En suma, era un hombrecito de apariencia normal. Anodino, amargado y arisco.
De repente se dobló. Lo que sentía no era un malestar físico. La enfermedad se le alojaba en el terreno pantanoso de su alma. Extendía sus tentáculos en las profundidades más recónditas de su ser y lo debilitaba (p. 39).
El realismo de los relatos de Emilia Pereyra es directo, sustanciado y vertical, tamizado por el registro fidedigno de una sensibilidad compasiva y empática, como la de la prestante narradora azuana. La suya es una mirada franca, luminosa y dulce que irradia ternura en su actitud de compenetración con la dura realidad de sus personajes. La suya no es una mirada fría y distante, sino la de una mujer que se hace copartícipe, desde su sensibilidad y su conciencia, con lo que sufren y experimentan los participantes del relato. De ahí la vitalidad y el verismo de estas narraciones contundentes.
Formalización de recursos, técnicas y estilos narrativos
Emilia Pereyra tiene una concepción humanizante de la literatura. Con una cosmovisión centrada en el desarrollo integral de la persona, asume la palabra para edificar y ennoblecer su visión de la vida, que encauza en su dimensión estética y simbólica con un alto sentido de su naturaleza y su función. No asume la comunicación como pretexto para el figureo social sino para plasmar su visión de la vida y su concepto de la existencia. Vive el sentido profundo de la narración y el periodismo. Y ama el cultivo de los valores intelectuales, morales, estéticos y espirituales. En ella la novela es un medio de testimonio y de presencia. Un ejercicio de creatividad y talento. Y su mejor aliado de la más honda apelación de la conciencia. A Emilia la apela el sentido de la vida y el significado de cuanto acontece en el Mundo.
En la obra de Emilia Pereyra, la narración es metáfora de una reflexión sobre el discurrir de la existencia humana, el más alto valor de su jerarquía axiológica. Para ella el sentido de una acción, la repercusión de un cuadro social, el trasfondo de un gesto o una actitud, constituyen expresiones deícticas de lo que la vida postula y proyecta. Reflejos son, por tanto, lo mismo sus sorprendentes descripciones que sus retratos narrativos, de una apelación mayor, cónsona con la concepción que funda su cosmovisión humanizante o la motivación que en ella concita el cultivo de la palabra.
Cinco rasgos narrativos revelan la novelística de Emilia Pereyra:
1. Concurrencia de recursos y procedimientos narrativos confluyentes de una visión totalizadora. Llama la atención, en la narrativa de Emilia Pereyra, no sólo el contenido de su narración, sino la manera como lo cuenta, en la que confluyen su talante femenino, límpido y diáfano; su mirada gentil, auscultadora y penetrante; el tono emotivo de su lenguaje, ardiente y compasivo; y el bagaje descriptivo de su narrativa, con que resalta tipos y caracteres precisos y definidos:
-¡Límpiame los zapatos sucios! ¡Perro, límpiame los zapatos! Burundi permaneció impasible. Pocas personas circulaban en esos momentos por ese trozo de acera. Raudos vehículos se deslizaban por la calle, con sus indiferentes ocupantes. Lo cegaron los faroles de los automóviles. De repente, sintió un golpe y fue derribado por la bofetada. Ya en el suelo, el policía le pateó la espalda.
-¡Idiota, limpia mis zapatos! ¿Eres sordo? ¡Cabrón!
Se colocó en cuclillas y empezó a limpiar los zapatos polvorientos con las manos. Sus dedos toscos temblaban. Saltaban de un lugar a otro de la superficie polvorienta y se enredaban con los cordones.
-Así no, ¡maldito loco! Así no. ¡Límpialos como te dije! –expresó y sacó su lengua para mostrarle cómo debía hacerlo.
Burundi se negó.
-Es mejor que lo hagas. Si lo haces, maricón, no te llevaremos preso- expresó el otro lanzando una carcajada de burla.
Burundi lloraba en silencio, pero a los tres minutos los zapatos polvorientos estaban limpios y humedecidos por un líquido espeso. Su boca sabía a polvo de la ciudad. Los policías se alejaron riendo. Bromeaban a su costa. Burundi permaneció sentado en el suelo. Luego levantó la cabeza. Los vio, bajo la luz de una lámpara, acomodándose a la mesa de una cafetería. Se quedó un largo rato cavilando y de repente las luces se apagaron y reinó la oscuridad. Se incorporó con parsimonia, devorado por las densas sombras (p. 21).
2. Construcción de párrafos mediante frases trimembres y doble adjetivación que enmarcan el contorno variopinto de cuadros, momentos y escenas:
Ahora marchaba por la calle Arzobispo Nouel, mirando las casas de antaño. Se desplazaba a paso lento, arrastrando los zapatos destrozados. Con frecuencia se detenía. Miraba aquí o allá. Una hoja arrastrada por la brisa, una niña llorosa, unas piernas de mujer. Cualquier persona u objeto reclamaba su atención.
Durante unos segundos permaneció inmóvil y tuvo la oportunidad de mirarse detenidamente. Sus ojos recorrieron su cuerpo desde arriba hasta abajo. Su apariencia era infeliz. Llevaba pantalones raídos, camisa deshilachada y cabellos despeinados y sucios. En su boca, dientes careados y disparejos. Danzaba una expresión de hastío en su semblante. Y así caminaba, sin voluntad, cuan horroroso espantapájaros que alejaba a todo el mundo y causaba sobrecogimiento y repulsión (p. 18).
3. Contrapunto narrativo que alterna el relato central de la novela con trazos descriptivos de distensión del tema de la novela, presentados en cursiva al final de cada uno de los capítulos:
A ella, ágil y bien parada como un junco, no la detenían las envidias ni los malos deseos. Recorría los pasillos impartiendo órdenes, disponiendo, con el teléfono celular en la cuidada mano derecha. Eran las diez de la noche y no veía el momento de acabar. La esperaba una madrugada larga e intensa entre tazas de café, máquinas de edición, pantallas, controles y efectos especiales.
La tormenta Debby podía adquirir en cualquier momento categoría de huracán, era una verdadera amenaza y, sobre todo, una promesa informativa. Tenía que garantizar una cobertura efectiva y dejar claro lo que podía hacer un canal de verdad, si es que los vientos no derribaban los transmisores, posibilidad que ni siquiera ponderaba su jefe supremo, enceguecido por las lumbres del éxito y la sinrazón (p.19).
4. Narración articulada mediante una estrategia narrativa combinada con procedimientos naturalistas, existencialistas, surrealistas e interioristas para dar una visión objetiva, dramática, espeluznante e impactante del ámbito sórdido, inhóspito y cruel que vive el protagonista de esta historia:
Sus piernas lo llevaron hacia el mercado, hacia el montón de basura y nubes de hedores, que llegaban hasta su nariz chata. Sin embargo, encajaba bien en ese mundo abigarrado de lechugas y tomates, en ese espacio ruidoso de venduteras marcadas por los azotes de la vida. Su expresión antes amargada y adusta se transformó por completo. Se maravilló con lo que veía: mucho movimiento, una alegría contagiosa, una animación provocada por los aparatos de radio, que vomitaban bachatas y baladas. Lo que más lo subyugó fue el incesante trajinar de los trabajadores, sus músculos en tensión, que parecían estallar, sus bocas cariadas y sonrientes. Vendían, reían, bromeaban y manoseaban las frutas y las viandas, puestas al descuido sobre el suelo mugriento y enlodado.
El aire de la putrefacción lamía su áspera piel. Frente a él se alzaba otro muladar gigantesco, que no dejaba ver la puerta de un almacén. En el umbral de un colmado vecino, una niña semidesnuda, de ojos melancólicos, jugaba con una muñeca rota y entraba sus pies desnudos en un charco de aguas sucias. La sonrisa de la inocencia resplandecía en su rostro moreno, en sus ojos llorones (p. 41).
5. Penetración en el interior de sus personajes para auscultar, identificar y revelar sus cavilaciones con su visión omnisciente, el estado emocional y la impronta que lo real imprime en su conciencia, que entrelaza con las apariencias del mundo sensible. Cuando la narradora curcutea en el pasado de sus personajes a través de sueños, evocaciones, recuerdos, retrospecciones y otros recursos exploratorios, procura una imagen cabal de los actores del relato. Como un close up, técnica de acercamiento de cámara en filmaciones de películas, la narradora penetra en la mente de Burundi para revelar su sensibilidad:
Luego se durmió. Entonces la vio nítidamente con el rostro tachonado de arrugas, los ojos muertos e inexpresivos, la sonrisa congelada en el tiempo. Era su abuela, fallecida años atrás. Vestía un faldón morado, agitado por el viento y llevaba un pañuelo desteñido, atado a la cabeza. Su silueta regordeta, de tetas descomunales, estaba recortada contra un cielo forrado de luces. Con sus manos toscas, la vieja se tocaba las escasas cejas encanecidas. Un burro raquítico y hambriento, de poca pelambre, rebuznaba a su lado. Las árganas estaban atestadas de naranjas y guanábanas. Burundi observó los pies cuarteados y cenizos de la anciana.
-Ando cuidándote.
Voz desgarrada, de otros tiempos. La abuela Lin le mostró su dentadura, el tabaco encendido y las volutas. En ese momento, un trueno rasgó el silencio nocturno y la imagen se quebró (p. 45).
Caudal de atributos narrativos y literarios
Emilia Pereyra es una escritora consciente del oficio que realiza con el cultivo de la palabra (4). Sabe también lo que reclama el ejercicio de la escritura, cuando se ejerce con la dedicación que demanda el rigor profesional. Al respecto, nuestra distinguida novelista escribió: “Creo que está claro que si no tenemos nada dentro, que si somos un sobre vacío no podremos hacer literatura que conecte con nuestros congéneres. No se trata de reflejar fielmente la realidad como si fuésemos cámara fotográfica. Lo que distingue a un escritor de otro no es sólo su estilo, la técnica que utilice, el dominio artesanal del oficio. Mucho más importante que todo eso es que sea capaz de dotar a su obra de una experiencia humana, de una visión de la sociedad distinta, de un enfoque nuevo” (5).
En los relatos y novelas de Emilia Pereyra puedo apreciar esa experiencia humana y esa visión edificante de la sociedad.
Además, un rasgo expresivo de su caudalosa sensibilidad es su dimensión visual predominante, razón por la cual le llaman la atención los colores, las sensaciones de luz y sombra, la impresionante luminosidad de lo viviente. Y, desde luego, el aura sensual de lo existente. Por eso vibra ante el esplendor de la Creación y se amuchan sus emociones con las expresiones radiantes, luminosas, deslumbrantes de las cosas, que su fértil pluma asume, recrea, potencia y plasma.
Para sintetizar los rasgos del arte novelístico de Emilia Pereyra, ilustrados ejemplarmente en Cóctel con frenesí, presento los cinco atributos principales, caracterizadores de una novelista consumada, como es en efecto esta gallarda cultora del buen decir. Esos rasgos o caracteres narrativos son los siguientes:
1. Valoración de la dimensión humana de los protagonistas de sus historias narrativas desde la peculiar circunstancia de hechos, ambientes y escenarios de la realidad socio-cultural dominicana:
De repente, el Sol lo cegaba y se recostó de la pared. Cerró los ojos hasta que lo invadió un dolor punzante. Iba hacia un espacio oscuro y nebuloso, a una realidad muerta. Entraba en una cuenca gris, donde toda luminosidad, todo color, desaparecía. Oía el trajinar de la gente, sus voces y sus risas. Imaginaba las caras, las expresiones faciales, al chofer aburrido y solitario, concentrado en la conducción de su destartalado vehículo. Podía imaginar al viejo que lo miraba con desprecio, al vendedor de pastelitos y al pregón de helados. Su nariz se inflaba. Abrió los ojos, frunció el entrecejo y arrugó la cara.
Entonces una mirada profunda y gélida, una mirada auscultadora, se posó como un pájaro sobre sus pupilas cansadas. Burundi tuvo pánico y su cuerpo tembló bajo ese poderoso influjo. Incisivo, cortante, total, el pájaro lo venció. Él no quería ver más. Se mareaba en medio de la barahúnda vespertina, palidecía y no podía sostener la aplastante mirada de mujer (pp. 31-2).
2. Encuadre de la faceta sensorial y espiritual de lo existente en su expresión múltiple y simultánea de una escena en busca del perfil cabal y preciso de hechos, tramas y ocurrencias:
A las tres de la mañana se había entronizado un tenso silencio, casi sepulcral, sólo a veces alterado por un suave sonido, por una voz lejana. Aún no había intercambiado ni una sola palabra con la mujer. Burundi cavilaba. En los ojos negrísimos de la extraña encontró vestigios de su madre y tuvo inmensas ganas de llorar, de abandonarse a la pena, a los restos de un dolor añejo, atroz. Pero logró, con mucho esfuerzo, despejar el lastimoso recuerdo, ahuyentarlo y convertir su semblante en una máscara sin emociones (p. 51).
3. Creación de imágenes comparativas, metafóricas y simbólicas que enriquecen la presentación de personajes, cuadros y ambientes articulados a los hechos narrados para potenciar el fotograma de la realidad socio-cultural:
Burundi no sabía a dónde ir. Tampoco le importaba demasiado. No tenía la más mínima idea de cómo usar las próximas horas. El tiempo estaba colocado a sus pies como una alfombra enorme. Caminó mucho y despacio. Se detuvo en un colmado, se apoyó en el mostrador sucio y pidió un trozo de queso y pan.
Un mozalbete, de pelo encrespado y brazos huesudos, atendía a los clientes. La voz de Shakira animaba el momento. En un rincón, tres parroquianos empinaban botellas de refrescos. El dependiente bajó un frasco de ron de un tramo atiborrado de bebidas. Un borracho gritó obscenidades a una muchacha que acababa de comprar tomates y cebollas. Los clientes rieron y la mulata, de pechos generosos y trasero abundante, salió avergonzada. Burundi estaba acodado al mostrador, rígido, sin mover un músculo de la cara. El muchacho terminó de despachar al hombre y después a una mujer. Luego, mirando a Burundi, le dijo:
-¿Y usted, qué quiere? (p. 28).
4. Descripción y narración entrelazada desde la perspectiva del protagonista y el punto de vista del narrante, lo que hace posible una visión plena y rotunda de la realidad sociocultural. La narradora mira el acontecer del mundo con los ojos de su protagonista:
La calle se fue quedando vacía. Pocas personas la transitaban. Burundi echó una ojeada a las aceras, a las fachadas de las casas vetustas, a los antiguos edificios de empinadas escaleras y amplias habitaciones. No llegaba hasta él siquiera el ruido de los escasos vehículos que se desplazaban por la calle Arzobispo Nouel. Tampoco quedaba rastro de los mendigos y vendedores que cada día invadían las aceras con sus variopintas mercancías. Cada noche era como si pasara un viento fuerte que los arrancara de cuajo. Quedaban entonces las calzadas desoladas, las vías desiertas. Al día siguiente, se multiplicaban y florecían los vendedores ambulantes, los pordioseros con sus cojeras y deformidades, con sus rostros miserables y sus manos mugrientas y temblorosas (p. 49).
5. Configuración de cuadros, escenas y momentos narrativos en los que fusiona el plano real con el plano evocado para sugerir el estado de alucinación unas veces, de desesperación otras, en el que el sujeto de la narración discurre en medio de sus tribulaciones:
Cerca de las tres de la tarde recogió las baratijas, botó la bolsa en un pequeño muladar y caminó. El Sol era intenso y ardía demasiado. Sol tropical; Sol rotundo. Rato después caía sobre la ciudad una lluvia implacable. Durante tres horas estuvo lloviendo sin amainar ni un momento. Santo Domingo era un lago nauseabundo. La gente se guarecía bajo los toldos de las tiendas. Esperaba ansiosamente que dejara de llover. En las aguas pestilentes flotaban cáscaras de frutas, papeles, pedazos de madera y cartón, zapatos viejos, ropas inservibles y cacharros. Las imprecaciones estallaban en las calles y avenidas (p. 86).
En atención a su sólida formación intelectual y su firme vocación literaria, Emilia Pereyra sabe que la realidad socio-cultural ofrece múltiples opciones a quienes tienen ojos para ver y oídos para escuchar y una sensibilidad trascendente para dotar al contenido de su escritura de una dimensión honda desde perspectivas profundas y elocuentes, testimoniadas con imaginación y belleza, con sentido humanizante y trascendente y, sobre todo, con la autenticidad de quien escribe bajo la inspiración de su propia percepción y valoración del Mundo. Por eso escribió nuestra admirada narradora: “Sabiendo esta realidad, sin renunciar a la búsqueda del pasado para conocer la trayectoria y la experiencia humana, debemos tener los sentidos alertas para ver, oler, palpar, intuir, imaginar y profundizar todo lo que nos rodea. Por eso, creo que no es errado que propongamos que echemos miradas sobre nuestras vidas, que reflexionemos sobre el misticismo, el pensamiento mágico, la intuición, la soledad, la corrupción y la frivolidad imperantes y sobre otros temas” (6).
Efectivamente, temas como la soledad, la pena, el agobio que experimenta el protagonista de esta singular historia, es exactamente lo que sienten y padecen millones de hombres y mujeres, no sólo en los sectores humildes del pueblo dominicano, sino de cualquier lugar del mundo sometido a la inequidad de la explotación o la arbitrariedad de la opresión. Esas manifestaciones de la interioridad, que la narradora ausculta en sus personajes, es índice de unas precarias condiciones materiales y espirituales en sus criaturas imaginarias. La narradora se introduce en el interior de sus personajes para entenderlos en su comportamiento y sus reacciones peculiares. Sabe narrar el vacío interior, la pena y la desolación que carcomen sus vidas. Sabe ubicar el entorno material y afectivo de su ambiente circundante para profundizar en el derrotero de sus vidas. Sabe leer e interpretar la razón de actitudes y conductas. Y sabe enfocar el trasfondo de unas condiciones que reclaman un reordenamiento esperanzador de vida y entusiasmo.
En varios pasajes narrativos de esta singular novela, sobre todo en aquellos cuyo campo semántico encierran situaciones dramáticas y conflictivas, la narradora evoca referencias musicales como una forma de provocar la distensión ante el estrés y la ansiedad de sus interlocutores. La música implica la sensibilidad y la sensibilidad conduce al disfrute y la valoración de la Creación. El nivel de comprensión intelectual y estética de los personajes de Cóctel con frenesí, es rudimentario y tosco, afín a los sectores populares de nuestros obreros y chiriperos, lo que explica la alusión a bachatas y merengues en la concurrencia de hechos y ambientes. Emilia Pereyra, como buena novelista, sabe perfilar la sensibilidad de los hombres y mujeres de los ambientes populares urbanos y campesinos y sabe que la música es el vehículo artístico que llega al corazón del pueblo. En la narrativa de nuestra novelista ese aspecto se afianza gracias a la significación estética de un relato que pretende revelar la realidad en su expresión genuina y auténtica.
Los buenos narradores no explayan ni califican los hechos que narran. Simplemente muestran lo que una imaginación, curtida en la fragua de la realidad, concibe para que sea el lector quien infiera y juzgue. Emilia Pereyra presenta el panorama. Describe y narra. Enfoca y sugiere, como la buena narradora que es. La obra narrativa de Emilia Pereyra es una prueba de su alta conciencia intelectual, social y estética. La dimensión de sus relatos revela su fe en la eficacia de la palabra con su riqueza expresiva y su alcance semántico. Emilia narra para atizar un sentido, para mostrar lo que concita su sensibilidad, para fulminar lo que encalabrina su conciencia (7).
Emilia Pereyra describe y narra, no su deseo de las cosas, sino lo que percibe de la realidad con un verismo impresionante. No se trata de una narrativa acomodaticia que pretende conmutar sus anhelos con la realidad; la narradora se sabe intérprete de una expresión social, testigo notarial de lo que el mundo expresa y que la imaginación recrea con la mayor dosis de verismo para sugerir una toma de conciencia con una visión objetiva, actitud solidaria y disposición genuina.
La novela de Emilia Pereyra parece un fotograma social y epocal similar a un tratamiento fílmico con tal precisión que podemos visualizar, a través de sus palabras, el decurso de sucesos y el trasfondo de hechos y actitudes. Esa es una virtud narrativa que distingue la ejecutoria novelística de autores de la talla de Camilo José Cela, Miguel Delibes, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Juan Bosch y Marcio Veloz Maggiolo, cualidad que posee nuestra agraciada novelista.
Lo que Emilia Pereyra narra no es una visión romántica, modernista o surrealista de lo que la imaginación podría concebir de la realidad, sino lo que la misma realidad, tozuda y pragmática, ofrece y sugiere para la creación de una narrativa densa, vigorosa y contundente con un lenguaje afín a esa manera de ver y sentir, como la obra de esta valiosa narradora dominicana, cuyas novelas confirman el talento de esta primorosa novelista nacional.
A través de Burundi, un humilde hombre de los barrios pobres de Santo Domingo, nuestra novelista nos ofrece una visión sociográfica y estética de una realidad social actual con datos y personajes tamizados a través de una ficción rica en pormenores anecdóticos, variada en recursos compositivos, elocuente en frases hermosas y, sobre todo, reveladora de una novelista ejemplar.
La realidad siempre auspicia la gestación de los buenos novelistas que la cifran e interpretan. La de nuestro tiempo y de nuestro país nos dio la voz luminosa y refrescante de Emilia Pereyra.
Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 16 de octubre de 2008.
Esta exposición fue efectuada en la Academia Dominicana de la Lengua, con motivo del ingreso de Emilia Pereyra como miembro correspondiente.
"TESTIMONIO DE MI CREACIÓN"
Estimados académicos, colegas, amigos, amigas, público presente:
El ingreso de un escritor o de una escritora a la Academia de la Lengua de su país es considerado un acontecimiento trascendental. Para mí, es un hecho memorable, que guardaré entre los mejores de mi existencia.
Me satisface expresar mi agradecimiento a los integrantes de esta digna institución por permitirme ser parte de ella, y lo tomo como un gesto de reconocimiento y de genuino aprecio por mi modesta carrera literaria y por mi interés en nuestra hermosa lengua española.
De manera especial, deseo agradecer al doctor Bruno Rosario Candelier, presidente de esta Academia, por abrir estas puertas para mí y otras prestigiosas colegas, también escogidas como miembros correspondientes.
En mi caso, les digo que estoy en la mejor disposición de contribuir con esta entidad, para que pueda cumplir sus fines de manera expedita.
Me siento muy gratificada al estar aquí, porque desde la infancia he sentido un aprecio particular por nuestro idioma, un gran interés por la lectura y una irrenunciable vocación por la escritura, que en vez de agotarse, se revitaliza con los años.
Provengo del Sur dominicano, específicamente de Azua de Compostela, del seno de una familia formada por progenitores trabajadores, en la cual nunca faltaron los periódicos del día, los libros escolares ni tampoco las obras literarias de buena factura. En pocas palabras, puedo decirles que he sido una privilegiada, ya que me formé en el ambiente propicio para estimular mis inclinaciones personales.
Mi madre, Minerva, laboró como maestra escolar durante más de veinte años. Hasta los últimos momentos de su existencia fue una lectora pertinaz, y a pesar de que desarrolló gran parte de su existencia en la calurosa y modesta provincia sureña se mantenía al tanto de las novedades literarias que ocurrían en el mundo, y en nuestra estantería no faltaban literatura ni útiles libros de cocina.
El hecho de surgir en un hogar que estimulaba la lectura y la buena formación educativa fue un factor que contribuyó a que cultivara la escritura literaria, luego de que ensayara los primeros párrafos en un diario personal que guardaba celosamente en la infancia. Pronto entendí que no era posible salvaguardar la privacidad en ese pequeño ejemplar, cerrado con aquel candadito de juguete, e incursioné en la escritura de ficción y me olvidé de verter en las breves páginas las cuitas y sobresaltos de esos tiempos.
Primero me sedujo la literatura y luego su ejercicio me llevó hacia el periodismo. Tuve la dicha de que en los años de mis inicios literarios realizaba los cursos intermedios y de bachillerato en el Colegio San José de Azua, dirigido por las Hermanas Carmelitas Teresas de San José. En ese espacio tuve el estímulo y las orientaciones de la hermana Dioni Mañón, quien me animó a participar en un concurso literario realizado por el CONANI, a nivel nacional, para estudiantes de secundaria. El éxito obtenido en el certamen hizo posible que luego me localizaran varios jóvenes estudiantes del liceo Román Bardoriotti de Castro, que formaban un grupo literario. Inmediatamente nos súmanos a la iniciativa y empezamos a participar, con entusiasmo en reuniones y actividades, que contribuyeron a orientar nuestra vocación, con los demás miembros del Circulo de Estudios Literarios Azuanos, entre los que se encontraban los hoy conocidos autores Virgilio López, Otto Oscar Milanesse y Rannel Báez, compañeros y amigos de una época muy feliz. Queríamos ser escritores. Entonces nos animaba el sueño que nos ha guiado a lo largo de los años siguientes.
En ese tiempo escribía cuentos sobre temas relacionados con mi entorno, con mis percepciones y fantasías, que formarían parte del libro “El inapelable designio de Dios”, publicado el pasado año por Ediciones Cedibil, gracias a la persistencia de los escritores y amigos Miguel Collado y Edgar Valenzuela.
En esos años había comenzado a introducirme en el campo de la narrativa larga y en un cuaderno escribía una novela que retrataba el ambiente azuano. El manuscrito se extravío y por más que intenté rescatarlo no lo conseguí. Ese argumento truncado fue la génesis de “Cenizas del querer”, mi segunda novela publicada, que resultó semifinalista en el Premio Planeta, en España.
En “Cenizas del querer” late, de alguna manera, la limitada vida citadina de Azua de esa época. Las historias que aparecen en la novela no son un calco de la vida real, pero pudieron haber emergido de las extrañas de los hechos cotidianos de ese tiempo. Muchos de los personajes que pueblan la obra están inspirados en personas que conocí o que apenas veía de lejos, pero que por algún motivo sirvieron para estimular mi imaginación. Algunos de los hechos no sucedieron en la realidad, pero, como decía, pudieron haber ocurrido y otros son parte del repertorio de acontecimientos que se suceden en la vida de los seres que poblamos esta tierra. Es decir, como acontece en otras obras mías, encontramos en esta novela una mezcla de realidad y fantasía; una mixtura de lo que fue y de lo que pudo acaecer.
“Cenizas del querer” no fue mi primera novela publicada. Primero surgió “El Crimen verde”, en 1992. Frente a mis colegas periodistas, significó un sorprende debut literario, porque mucha gente que me conocía en el ejercicio del periodismo, que empecé practicar antes de concluir la carrera universitaria, no tenía noticias de que cultivase la literatura.
Suelo decir, cuando hablo de mis inicios, que la escritura de “El crimen verde” fue producto de una fiebre creativa, despertada por un cruento hecho de la vida real, que estremeció a la población, una vez fue descubierto. Los datos sobre el brutal asesinato de un extranjero llegaron a la redacción del periódico Última Hora, donde entonces trabajaba como reportera, y aunque no cubría la fuente policial empecé a darle seguimiento al tema, que poco después se convertiría en materia prima para la novela.
Para hilvanar la historia me ayudó mucho la lectura de los interrogatorios practicados por la policía a las personas implicadas y mi propia imaginación, que sirvió para llenar lagunas y crear personajes que encajaron en el universo de la novela, como el sereno, una de las voces narradoras.
Concomitantemente a mi trabajo literario, seguía laborando como periodista. Y en esos primeros años de ejercicio indetenible, de arduo trabajo sin fines de semanas libres, escribí muchos reportajes de investigación, crónicas y entrevistas, en cuyos textos pude emplear recursos literarios.
En periodismo, el género interpretativo ha sido mi favorito, y creo que se debe a que permite combinar las técnicas periodísticas con las literarias y porque además hace posible construir una radiografía sobre el tema y exponer diversas perspectivas, lo cual determina que no prevalezca un solo punto de vista, como una verdad incontrastable.
Amar y cultivar la literatura ha enriquecido mi ejercicio del periodismo y de la comunicación en general, y sin dudas las perspectivas que me ha aportado el diarismo, ejercido durante muchos años, han contribuido a punzar mi imaginación, a conocer con mayor profundidad a nuestros congéneres y a entender mejor nuestra sociedad y las distintas y complejas caras de la realidad, que por más que intentemos captar de manera completa, nos juega siempre alguna trastada.
En mis años de ejercicio intenso como periodista, tuve la oportunidad de hacer una serie de reportajes para el diario El Siglo sobre la mendicidad, que llamaba mucho mi atención y que, sin embargo, era visto en el medio como un tema menor. No obstante, antes de adentrarme en sus profundidades ya sospechaba que aquel submundo era más complejo, oscuro y estremecedor de lo que parecía.
Para recabar las informaciones hice largos recorridos por las calles de Santo Domingo, conversé con muchos mendigos y personas que vivían de recoger basura y ausculté el espíritu de la pobreza, su pasarela humana y su lúgubre geografía. De esa manera empezaban a nacer personajes como Burundi y Chucha, entre muchos otros, sin que ni yo misma lo imaginara.
La serie de reportajes sobre los mendigos se publicó con despliegue en las páginas de El Siglo, dirigida a la sazón por el destacado periodista Bienvenido Álvarez Vega, quien estimulaba la producción de reportajes y material periodístico de profundidad.
Durante muchos años las historias de los mendigos y de los recogedores de desperdicios, su triste deambular por las calles y otras duras realidades que deben enfrentar, quedaron gravitando en mi imaginación y se convirtieron en un tema literario de enorme potencia. Como no podía ya soslayarlo, comencé a escribir la historia que luego se convertiría en mi tercera novela, “Cóctel con frenesí”, publicada por editora Cole, hace unos tres años, gracias a Orlando Inoa.
Como ha sucedido con casi toda la literatura que he producido, esta novela fue escrita pacientemente, como si nadie la estuviera esperando, después de pasar por un prologado proceso de maduración mental. Una vez fue concluida, no recuerdo exactamente cómo ni cuándo, permaneció varios años engavetada, olvidada hasta por mí, muy inmersa entonces, en el batallar de la comunicación y en otras situaciones.
Cuando Orlando Inoa me pidió leer un original y le mostré aquel, me dijo que quería publicarlo de inmediato. Traté de disuadirlo. Le argumenté que debía pensarlo muy bien, pues era probable que no fuera bien acogido por su rara y agreste temática.
Más pudo la perseverancia y la capacidad de persuasión de Inoa que mis deseos de que el original durmiera, quizás, un sueño perenne en una de mis gavetas, y la novela fue publicada en 2003. Hoy puedo decir que es uno de los trabajos literarios que me han dado mayores satisfacciones y que afortunadamente mis aprensiones resultaron infundadas.
Desde que inicié el proyecto, me di cuenta de que tenía en las manos argumentos lacerantes, y que el central, la historia de Burundi, misérrimo y abatido dominicano que muere interiormente cada hora, errando por las calles, debía ser contado con una prosa estilizada, rayando a veces en lo poético, porque de lo contrario podría causar repulsa. Es una novela desgarradora, y cuando me han preguntado por qué la escribí, lo pienso y no consigo dar una respuesta racional. Pero sé que debía hacerlo, pues el tema se me impuso con la misma la fuerza con que me brotan los argumentos ineludibles; es decir, con ímpetu torrentoso; y durante varios años no disminuyó.
Muchos de ustedes saben que he tenido que armonizar el arduo ejercicio de la comunicación con el literario y aunque a veces luce casi imposible he podido lograrlo. No me lo he propuesto como una meta, pero lo he conseguido sin que considere que he hecho una proeza. Me preguntan que cómo puedo hacerlo si mis horarios laborales son prolongados y apenas conocen pausas. En verdad, desde que comencé a trabajar formalmente he tenido intensas jornadas, primero en periódicos y en otros medios y luego en oficinas de relaciones públicas. No me quejo. La literatura no es para mí un trabajo. Es un placer, es una fuente de vitalidad, de conocimiento y reflexión, es una savia. Cuando escribo, descanso; y el tiempo se evapora, sin que me entere. Mi vida no sería la misma sino pudiera hacer literatura.
Miro a mi alrededor y me reconozco privilegiada. He logrado ganarme la vida dignamente con las palabras y a pesar de mis extenuantes tareas, mi vocación literaria no ha sido relegada ni he padecido períodos de sequía. Cuando una idea me acomete, con fuerza avasalladora, acabo sustrayendo horas de donde puedo y consigo escribir mis historias, mientras continúo produciendo el trabajo esperado para la difusión inmediata. Desarrollar un proyecto literario me puede tomar varios años, pero consigo llegar hasta el final.
He aprendido a tener paciencia conmigo misma y a esperar mis momentos, las horas en que no timbran los teléfonos, el silencio domina y estoy dispuesta mental y emocionalmente para escribir, reescribir, editar o simplemente deshacer lo elaborado y empezar otra vez con la pantalla en blanco.
No me causa ansiedad ni preocupación no publicar. De hecho considero que no es conveniente que lo hagamos con mucha frecuencia. Lo que me toca a mí no le corresponde a nadie más, y que lo que le corresponde a otro, no me ocurrirá a mí. He comprendido que cuando llega el momento preciso las puertas se abren o se cierran para un libro, idea o proyecto, y por algo sucede.
Si bien tengo casa, espero, en los próximos años, tener, ¡por fin!, la habitación propia de la que habló con tanta pertinencia la inigualable Virginia Woolf y comprar parte significativa mi tiempo, como han hecho otras personas creadoras, muy favorecidas por la buena fortuna y sus talentos. Entonces, me veo haciendo un ejercicio literario mucho más reflexivo y sosegado. Espero tener buena salud, lucidez, paz interior y buenas ideas, para cumplir con este deseo tan acariciado.
Aspiro a escribir varias novelas, cuyas traman se mantienen vivas dentro de mi desde hace muchos años, incluyendo una histórica sobre una etapa de la vida de la colonia, que investigo desde hace varios años con la lentitud de una tortuga, pero con la persistencia de la gota que cae sobre la piedra, hasta que consigue horadarla. Sin embargo, no tendría tampoco ningún cargo de conciencia si cambio de opinión, porque en el futuro otro tema me cautive más que el drama que ha avivado mi imaginación durante un largo tiempo y me ha hecho hilvanar mentalmente argumentos, con un telón de fondo fascinante.
También aspiro a escribir algunos libros de ensayos relacionados con el ejercicio del periodismo, la cultura, la palabra, la manipulación y la libertad.
Como pueden ver me sobran planes literarios para el futuro inmediato y mediato, y precisamente eso me anima a renovar mi compromiso con la palabra, con la imaginación y el libre albedrío y a agradecer a quienes sin saberlo, en ocasiones, han sido mis maestros y mis maestras, mis orientadores y mecenas. Desde la pequeña Ana Frank, quien con su diario me estimuló a escribir, hasta los escritores y escritoras a los que he leído desde que empecé a encontrar sabiduría en los libros y hechizo en la escritura. A todos les debo algo o demasiado. También les debo mucho a personas que no forman parte del mundo literario, pero que, sin sospecharlo, han hecho que lo ame y encuentre en él lo que es escaso en otros lugares. Me tomaría muchas horas mencionar a esas personas y explicarles a ustedes cada por qué. A todas gracias, a las que existen y a las que se han ido, sobre todo a mi madre, sin cuya visión, amor y dedicación no estaría frente a ustedes.
Desde que elegí escribir como oficio busqué lograr un dominio técnico y tener fundamentos conceptuales, porque me di cuenta de que hasta los alfareros lo necesitan. Me he mantenido en esa búsqueda de manera permanente, convencida de que no puedo detenerme y que mientras más conocemos mucho más se revitaliza nuestra imaginación y se amplían nuestros argumentos. Me gusta conocer y contrastar puntos de vistas, por lo que no soy dogmática.
Nunca me he comparado con Dios ni me he tenido por un ser superior solo porque puedo crear mundos imaginarios, dar vida a personajes o publicar libros, artículos y noticias. Es una responsabilidad y un privilegio poder hacerlo, como es una bendición cantar con armonía, tocar con virtuosidad un instrumento, pintar un cuadro maravilloso o hacer cualquier otra creación artística. Tener esa habilidad no nos hace mejores ni peores seres humanos. Hay almas nobles en el campo de la creación y almas llenas de miserias que escriben con hermosura y profundidad. También hay excelsitud en los practicantes de la carpintería, la repostería y de la medicina. Es decir, hay nobles y villanos en todas, en todas las viñas del creador.
La literatura, campo en el que ejerzo ampliamente la libertad, ofrece infinitas posibilidades para la creación, para construir y reconstruir realidades y mundos imaginarios.
Asumo que trabajar con la palabra es un privilegio, un compromiso y una gran responsabilidad. La palabra es poderosa. Puede construir o destruir. Puede causar esplendor, traumas o inmundicias, y a menudo se utiliza sin que se ponderen sus efectos.
Para mí, cada tema literario es un desafío, una oportunidad creativa única e irrepetible, que me permite disfrutar el brote de la trama, el nacimiento de los personajes y la imagen literaria. Contrario a otros autores, que padecen durante la elaboración de sus obras, para mí esa etapa está llena de estímulos. Si sufriera un ápice, dejaría de escribir en el acto, pues la vida se encarga de darnos dosis de amarguras y sufrimientos inesperados que debemos sortear para continuar avanzando.
En mi caso, como les decía, la escritura es una fuente de disfrute, y la lectura me ha ofrecido la posibilidad de adquirir conocimientos legados por la cultura y la extraordinaria oportunidad de recrearnos y ampliar nuestros horizontes existenciales e intelectuales. Por eso la recomiendo en cada escenario en que se me permite hablar sobre estos temas.
Aprecio mucho que hayan tenido la gentileza y paciencia de escuchar mis palabras con atención, y al doctor Bruno Rosario Candelier le doy las gracias infinitas por esa magnífica exposición sobre mi trabajo, específicamente sobre “Cóctel con frenesí”, obra que es, sin dudas, mi preferida.
Gracias a todos.
16 de octubre, 2008.
Santo Domingo, R.D.
La Academia Dominicana de la Lengua, a través del Grupo Mester, ofreció un coloquio sobre la importancia de conocer y leer la literatura dominicana, para estudiantes de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, en el recinto Santo Tomás de Aquino.
Participaron en la actividad los escritores Manuel Salvador Gautier, Rafael Peralta Romero, Emilia Pereyra, Miguel Solano y Ofelia Berrido, además de la profesora Elisa Núñez, directora del Departamento de Lengua y Literatura de la PUCMM.
Lea en el blog más detalles del encuentro y vea la galería de fotos.
Premio Pulitzer Junot Díaz universaliza la dominicanidad
Por J.C. Malone
NUEVA YORK. En un mundo donde muchos matrimonios terminan antes del tercer año, pasarse siete años casado con un tema, pariendo una novela, muestra un alto sentido del compromiso creativo. Y social. “Para mí lo importante, luego de luchar tantos años con esta novela, es mostrarle a la comunidad que hay otras opciones para la juventud. Somos peloteros impresionantes, músicos impresionantes, tenemos diseñadores impresionantes. Quise mostrarle a ese grupo de muchachos y muchachas que ahora busca otro camino en su vida, que también tenemos muchas historias impresionantes”, dice Junot Díaz. Y lo logró, con su primera novela, “The Brief Wondrous Life of Oscar Wao”, se convirtió en el primer dominicano en ganar el Premio Pulitzer de Literatura.
“Para mí, añade el novelista en exclusiva para el Mester de Narradores, la experiencia dominicana es la más universal que existe. Lo que nos pasa a nosotros le pasa a todo el mundo. Lo que pensamos y sentimos nosotros lo siente y piensa todo el mundo. Por eso no necesito escribir de otros países o comunidades para ser universal. Cuando pienso en un ser humano, la imagen que llega a mi mente es un rostro dominicano”, asegura.
“Aunque hay gente que crea que somos anormales que no hay nada bueno en el país. No lo veo así”, aclara. La universalidad e inmensidad de la dominicanidad quedó demostrada con el éxito de su novela. Con ese trabajo, “muestro todo mi amor por Santo Domingo, su historia, sus contradicciones, sus cosas hermosas y las feas”, agrega.
Oscar Wao (una parodia a Oscar Wilde) es un joven dominicano que vive en New Jersey y sueña con ser un gran escritor. Junot fue un joven dominicano que vivió en New Jersey y se convirtió en un gran escritor.
¿Qué tan autobiográfica es toda esta historia? “No creo que mucho”, responde. “He inventado todos estos personajes. El narrador principal de la historia, Yuniol es lo más cercano que hay entre el narrador y la realidad”, explica.
La obra
La novela tiene dimensiones enciclopédicas en su amplitud histórica, cultural y temática. Su fuerza narrativa le permite incluir notas al pie de las páginas, como los textos académicos, sin distraer la lectura. Al contrario, las notas muchas veces desarrollan narrativas paralelas que contradicen al autor y aclaran situaciones, corrigiendo los errores del narrador principal. Y Junot nos abre una ventana a lo que fue el proceso creativo.
“Para mantener el balance tuve que tirar mucho material a la basura. Quedó fuera Máximo Gómez, Caamaño, los cinco caciques; tuve que sacrificar mucho material a nombre del balance de la historia” explica. “Hay cosas tan maravillosas que a veces no se pueden creer. Es que nuestra historia, la que hemos inventado, para mí muchas veces es más interesante que la que leemos en los libros de la historia oficial”, estima.
Gran parte del hilo de la historia se mezcla con historietas infantiles (paquitos y muñequitos) estadounidenses igual que juegos de video y referencias a autores como Tolkein.
Y Junot confía en que el público dominicano la entenderá muy bien. “Aunque puede haber algunos puntos de la historia que la gente no va a conocer, creo que hay muchos muchachos en Santo Domingo que conocen la cultura norteamericana mejor de lo que conocen su propia cultura. También, como yo veo a las personas, ellos viven con cuatro cinco, seis, siete idiomas bien distintos. Hay muchachos a los que les encanta leer literatura, leen libros muy serios, también les fascinan sus muñequitos”, argumenta.
Y habla de su escuela literaria
“Yo a prendí a escribir de una manera muy literaria y seria. No puedo olvidar que de niño los comics son importantes. Intenté hacer algo bien caribeño, lo más criollo posible, como una mezcla un salcocho. La mayoría de la gente vive en un mundo sumamente mezclado, sólo los locos, los obsesionados, los políticos y los religiosos ven la posibilidad de un mundo puro”.
Y añade: “Los otros sabemos que cuando hablamos de Santo
Domingo, estamos hablando de un país tan mezclado, que de veras no tiene una esencia pura, que no sea la mezcla misma. Tenemos merengue, bachata, palos, pero todo el mundo en Villa Juana quiere hablar de los Mets y los Boston Red Sox”, observa.
Sus palabras…
¿Como se siente ganar el Pulitzer?
“No se, es una de esas cosas para las cuales no tienes respuestas, ni comentarios y descubres que las palabras no siempre pueden describirlo todo. Yo espero que esto estimule a otras personas a seguir éste camino. Yo soy una hechura de mi comunidad, no puedo hacer otra cosa que mantener viva la esperanza de que inspire a otros a cruzar por las puertas que este premio abree. Es mucho más fácil imaginarte haciendo algo cuando alguien lo ha hecho antes. Este debe ser nuestro primer Pulitzer, pero claramente no el último”.
¿Cómo explicas el éxito de la novela?
“Cuando pienso en esto, sólo pienso que de una forma rara, nada describe más perfectamente la realidad americana que la realidad dominicana. Parte de lo que yo explico como un inmigrante dominicano a New Jersey, habla mucho de lo que está ocurriendo en los Estados Unidos. Creo que es un signo muy positivo. Ya era tiempo, hay demasiado talento y tenemos tanto tiempo de estar aquí, estoy bien contento, porque sé que nuestra comunidad lo merecía desde hace mucho tiempo”.
¿El próximo trabajo?
“Cuando tenga algo que decir lo diré, no antes. Hay tantos escritores que escriben todos los años, hay otros que no pueden dejar de escribir todos los días, yo soy de otro tipo, me toma más tiempo, eso es parte de lo que hace mi trabajo diferente y le da una cierta profundidad, porque invierto mucho tiempo pensando y trabajando en el asunto”.
II
Dios creó el mundo en siete días, siete son los días de la semana, los colores del arco iris y las palabras de Cristo en la cruz. Junot Díaz, el novelista dominicano, se pasó siete años luchando con un “Fucú” y el fantasma de Trujillo para terminar su primera novela “The Brief Wondrous Life of Oscar Wao”. Siete meses después de su publicación, se convirtió en el primer dominicano en ganar un Premio Pulitzer de Literatura. Y los estudios cinematográficos Miramax, se adelantaron al premio comprando los derechos para llevar la novela al cine.
En el proceso de investigación y escritura, Díaz llegó a una sólida conclusión: Trujillo sigue vivo en el seno de muchas familias dominicanas. “Escribiendo esta novela, me di cuenta por primera vez en mi vida que tan profunda está arraigada y cómo vive esa cultura trujillista en muchas de las familias dominicanas. Especialmente en mi familia”, asegura.
“Yo tengo un papá que era policía, muy trujillista. En nuestra casa tuvimos un régimen bien trujillista. Viví en una dictadura de la casa,” asegura el autor de “Drown”, su primera colección de cuentos con la que saltó al estrellato literario estadounidense, traducida al español como “Negocios”. El trujillismo actual, entiende Díaz, se disfraza muy bien porque a él le tomó algún tiempo darse cuenta. Claro, su familia lo trajo de Villa Juana Pert Amboy, New Jersey, cuando tenía seis años.
“No me di cuenta, hasta que terminé la mitad de la novela. Entonces me di cuenta de que yo también estuve escribiendo sobre mi niñez, no directamente, sino sobre cómo se sobrevive y se vive en una cultura familiar trujillista”.
“Mi papá mantuvo a Trujillo vivo en nuestra casa”, puntualizó.
Y en su novela, que será publicada en español en septiembre próximo, el espíritu de Trujillo se mantiene vivo, inalterable e inmutable, con la misma impunidad que ayer.
Para la familia de Oscar Wao el personaje central de la historia, la Era, sigue siendo Era. Su abuelo se negó a ofrecerle su hija adolescente a Trujillo, lo encarcelaron y toda su familia fue diezmada. Su madre se entrega a un hombre que resulta ser esposo de una hermana de Trujillo y sobrevive de milagro, pero tiene que huir a New Jersey. Con mucho menos suerte, Oscar sigue la cultura familiar sin saberlo y se envuelve con una mujer envuelta con un capitán de la policía que lo manda a matar.
Nada pasa, nadie paga por el crimen, todo se queda así y a nadie le sorprende.
“Somos 10 millones de Trujillos”, exclama Lola, la hermana de Oscar, presa del dolor y la desesperación. Porque la impunidad, que antes era exclusiva de El Jefe, hoy se “democratizó” y la disfrutan todos los que tengan una cuota de poder, por mínima que sea.
“El trujillismo trasciende, la impunidad y el abuso, se mantienen fuertes en la concentración de las riquezas”, según Díaz. “Hay miseria, no hay luz, hay hambre, pero la gente quiere discutir quién es y quién no es dominicano. Yo a veces no entiendo la confusión que hay en los periódicos y también en la política y muchas veces entre los cabezas culturales del país”, dice el novelista en tono desconcertado.
“Es muy interesante que tenemos miembros de la élite dominicana que vienen del mundo entero. La élite dominicana no tiene raíces dominicanas, pero nosotros como país tenemos la obsesión de quién es y quién no es dominicano, sin cuestionar la dominicanidad de la élite. Esa es una distracción. Tenemos que bregar con mejorar la democracia, la comida, la luz, ayudar al pueblo a sobrevivir la brutalidad del capitalismo descarnado”, asegura.
Aquí en Estados Unidos, observa Díaz, cada vez que quieren confundir y distraer al pueblo le hablan de inmigración y del aborto. En Santo Domingo, “también hablamos de (inmigración) haitianos, de deportados. De esa forma la gente no toca el tema importante, ni se plantea la pregunta de por qué se perpetua la pobreza y por qué nuestros ricos se hacen más ricos sin ayudar en nada a nadie”.
Así vivía El Jefe. La democracia lo atomizó, y hoy tenemos muchos jefes vivos. El Jefe no ha muerto ná’.
III
Abriendo puertas
Díaz admite que le sería difícil responder con objetividad a la pregunta, ¿qué tan cerrada está la industria editorial estadounidense para los escritores dominicanos? “Es bien difícil que alguien con su trabajo ya publicado describa con objetividad cómo está la industria editorial. Es como si alguien que ya ha comido, explicara lo que es el hambre”, aclara. Yo creo que hay muchos, muchos más escritores dominicanos tratando de publicar sus libros, hay una cantidad enorme que todavía no ha logrado publicar sus trabajos. Que todavía están luchando para conseguir público y casa editorial; la situación sigue siendo bien difícil para los escritores dominicanos y latinos en sentido general. Hay que entender, los EE.UU. están obsesionados con ellos mismos. No dan muchos espacios para gente que ven como extranjeros. Aunque nosotros somos los más americanos del mundo hablando de las Américas. Creo que no hay tantos espacios, tenemos que abrir más espacios para los artistas dominicanos.
No tengo la estrategia perfecta, sólo soy uno, y lo que trato de hacer yo mismo, es trabajar mucho con escritores dominicanos. Soy el fiction editor del “Boston Review”. Publico trabajos de escritores dominicanos y latinos. Si no le publico a esos chamaquitos, ¿quién lo hará? Cada año hago un taller para escritores jóvenes, donde siempre hay escritores dominicanos. Todo el mundo debe tratar de hacer un esfuerzo, sólo estoy tratando de hacer lo que pueda, no será una gran cosa, pero es lo que puedo. Este es un compromiso de largo plazo. A mí no me han dado mucho poder como escritor o artista, pero el poco poder que tengo lo uso para beneficio de mi comunidad”.
Ficha de Junot:
Sus padres son de Estefanía, Azua, y Baitoa, Santiago. Junot nació en Villa Juana, a los seis años, su familia se mudó a Pert Amboy, New Jersey. A los 27 años, en 1996, publicó su primer libro, “Drown”, una colección de cuentos, traducida al español como “Negocios”. “The Brief Wondrous Life of Oscar Wao”, su primera novela ganadora del Pulitzer, será publicada en español en septiembre. Actualmente Junot es profesor de creación literaria en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).
*J.C. Malone es un conocido periodista y escritor dominicano residente en los Estados Unidos.
CONFERENCIA
“Templé mi alma como un arco,
sólo falta poner la flecha en la cuerda”.
(Mousiké, Karol Wojtyla)
Por Bruno Rosario Candelier
El escritor español Juan Rof Carballo, médico psiquiatra y académico de la lengua, en su magnífico ensayo La curación por la palabra, enfoca el proceso que experimenta el cerebro de los seres humanos en el estadio inicial de su gestación y desarrollo. Al subrayar el concepto de que la palabra es un medio para lograr la curación de nuestras dolencias, Rof Carballo estudia algunos aspectos vinculados con la formación de la inteligencia y la sensibilidad.
En esa obra el escritor español sostiene la tesis de que, durante el proceso de mielinización cerebral, el lenguaje y el afecto troquelan la conformación de la sensibilidad (1). Según ese concepto, dos ejes fundamentales contribuyen a la conformación de la personalidad: el lenguaje y el afecto. A esos dos factores señalados por el distinguido académico español, agrego otros dos factores que, a mi juicio, influyen en el desarrollo del ser humano. Además del lenguaje y el afecto, fundamentales en el desarrollo de la conciencia, hay que sumar el influjo de la tierra y la cultura. Se trata, en efecto, de la concurrencia de cuatro factores que, a modo de ejes determinantes en la gestación de la personalidad, troquelan el talante neurofisiológico de nuestro cerebro y, desde luego, pautan actitudes, ideas y comportamientos para que seamos como efectivamente somos. Esos cuatro factores marcan y perfilan nuestra manera de sentir, pensar y reaccionar. En tal virtud, la tierra, el afecto, la lengua y la cultura contribuyen a modelar el talante de la persona y marcan la inteligencia y la sensibilidad, que determinan la idiosincrasia de una cultura, condicionan el temple de la persona y conforman el modo cultural de los individuos y los pueblos.
Cuando aludo al influjo de la tierra, pienso no solamente en la parte física del terreno, con las características naturales del ambiente y el paisaje sino en la implicación afectiva del terruño circundante; cuando aludo al afecto, me refiero a la protección y la ternura que propicia la familia a sus seres entrañables; con la inclusión de la cultura, me refiero a los valores y principios que fundan el cimiento moral y espiritual de un individuo y una comunidad; y con el lenguaje, a la estructura verbal del pensamiento, que determina el habla y la expresión de los hablantes mediante la herencia idiomática y su carga lexicológica, sintáctica y semántica que las palabras portan, organizan y connotan.
En el ADN de cada ser humano fluye una carga genética, emocional y espiritual que determina nuestra manera de ser, nuestro temperamento y nuestra personalidad y que propicia las condiciones orgánicas, emocionales, intelectuales y espirituales para que operen los cuatro factores que influyen en nuestro desarrollo: la tierra, la familia, la lengua y la cultura. En cada uno de nosotros confluyen, en efecto, el aliento físico de la tierra, el aliento emocional del afecto, el aliento espiritual de la cultura y el aliento creativo del lenguaje. Son cuatro factores esenciales que determinan lo que somos, sentimos, creemos y hacemos a lo largo de nuestra vida.
Veamos en primer lugar el influjo físico proveniente de la tierra. Cuando digo tierra me refiero al espacio natural donde nos criamos, al lugar donde crecemos, al ambiente donde nos desarrollamos, que ejerce en nosotros un influjo determinante y poderoso. La tierra contribuye a conformar la dimensión física de plantas, animales y personas, de tal manera que, respecto a nuestros rasgos físicos, hay un influjo que la tierra ejerce en nuestra individualidad. La tierra, como tal, influye directamente en todas las criaturas vivientes, a partir de los alimentos que proporciona, del agua y el aire que nutren el cuerpo físico de lo existente. De la tierra emerge un influjo que penetra en nuestra sensibilidad, pero para referirnos al influjo emocional de la tierra, que en latín se dice terra, usamos un derivado de un vocablo griego, telos, que también significa ‘tierra’ y que connota la onda vibratoria de la tierra y, por tanto, el aliento físico y espiritual proveniente de la tierra misma, que aludimos con la palabra telúrica, con la cual indicamos el influjo que la tierra ejerce en la sensibilidad. Empleamos la palabra telúrica en frases como energía telúrica, aliento telúrico, movimiento telúrico. Lo telúrico está vinculado con la tierra, pero específicamente con la impronta emocional y espiritual que la tierra ejerce en la sensibilidad y esa impronta es tan poderosa que genera un sentimiento de valoración y apego al lugar donde nacemos y nos criamos. Por tanto, la tierra influye en el desarrollo de la personalidad, generando el sentimiento telúrico mediante el influjo físico, emocional y espiritual que el terruño imprime en nuestro ser. En virtud de ese influjo, todos sentimos una estimación especial por la tierra donde nos pusimos en contacto con el Mundo, donde sentimos el aire que respiramos, el agua que mitigó nuestra sed, el fuego que atizó nuestra hoguera, los alimentos que nutrieron nuestro cuerpo o la sombra que nos abrigó bajo una arboleda consentida, razón por la cual todo el mundo valora, con un entrañable sentimiento de cordial empatía la tierra que lo vio crecer, el paisaje que contempló, el horizonte que le hizo suspirar y cada uno tiene razón en creerlo y estimarlo de esa manera, porque el aliento que recibimos de la tierra, el impacto emocional y espiritual procedente del terruño y que de alguna manera perfila nuestra sensibilidad y nuestra cultura proviene de la energía telúrica. Esa singular energía, por tanto, es el primer factor que contribuye a hacernos física y espiritualmente como somos, porque la primera condición para el desarrollo de una persona es la vida y con ella la presencia de unas condiciones materiales saludables y formativas en la conformación del individuo. De tal manera es determinante el influjo físico que, cuando una persona nace con defectos físicos, no se puede desarrollar cabalmente como suelen desarrollarse las criaturas con las condiciones físicas normales y adecuadas.
El efecto de la tierra es tan determinante que influye incluso en la familia, la lengua y la cultura. Esa onda vibratoria que nace de la tierra nos marca naturalmente e influye en el desarrollo de la personalidad porque el sentimiento telúrico está asociado al modo como la tierra moldea nuestro mismo ser. Es el aliento físico una poderosa energía que procede de la sustancia de la tierra y que imprime en la conciencia un influjo particular puesto que inyecta el aliento singular que la que tierra fecunda la sensibilidad.
El segundo factor determinante en la gestación de la personalidad es la energía erótica. La palabra erótica viene del vocablo griego Eros. Para los antiguos griegos, Eros no es sólo la energía vinculada al amor. Nosotros asociamos el concepto de Eros al amor y la relación sexual entre amantes. En la concepción griega, el concepto de Eros abarcaba mucho más, porque entendían la energía erótica como una fuerza inherente a todo lo viviente. Eros genera el aliento para querer, el motivo para progresar y el estímulo para medrar. Es la energía que impulsa el anhelo de crecimiento y desarrollo y, en tal virtud, gesta el impulso para soñar, el reto para vivir y la motivación para la superación, que en esencia es una energía formadora de la sensibilidad. De tal manera que Eros concita el deseo de luchar y ascender en la vida. Es la energía que alienta las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales; y es también la fuerza que inspira el entusiasmo, el ideal y la creatividad.
Cuando un individuo carece de la fuerza erótica indispensable para vivir, se vuelve anerómico, es decir, sin vida, sin entusiasmo. Anerómico (de a ‘sin’, eros ‘amor’) significa ‘carente de la fuerza erótica’, que proporciona ese deseo de querer ser alguien en la vida. Eso es lo que da Eros, el deseo de ser alguien, de progresar y de medrar, de hacer algo por los demás, de desarrollarse intelectual y culturalmente; entonces la energía erótica es altamente influyente en el desarrollo de la personalidad. De manera que tenemos entonces, además del influjo telúrico, que está en la base de nuestras condiciones físicas, el sentimiento erótico, que se potencia con la fuerza del lenguaje y el afecto. La energía erótica se manifiesta primeramente en la familia, que de alguna manera ayuda a conformar lo que somos dentro de una sociedad y una cultura. Mientras el sentimiento telúrico genera un vínculo entrañable con la tierra, el sentimiento erótico inspira una relación entrañable con las personas. Eros, por tanto, concentra el aliento afectivo de la sensibilidad. El tercer influjo que incide en el desarrollo de la personalidad es la cultura. Cultura significa ‘cultivo’, palabra procedente de los antiguos romanos que comparaban el desarrollo de la persona con el cultivo de la tierra, que llamaban agricultura; del concepto implicado en agricultura derivaron la expresión animicultura para referirse al cultivo del espíritu. Si agricultura es el ‘cultivo de la tierra’, animicultura significa ‘el cultivo del espíritu’. Los estudiosos de la intelectualidad, la creatividad y la espiritualidad, como filósofos, humanistas, pedagogos, escribas y sacerdotes, vieron que cada individuo de la especie humana constituía un terreno fértil para desarrollar en su interior las inclinaciones de la espiritualidad, es decir, apreciaron que cada ser humano era un ámbito propicio para desarrollarse interiormente y entonces estimaron que era necesario el cultivo del espíritu, llamando cultura al ‘cultivo del espíritu’, es decir, a todo lo que contribuye a la formación intelectual, moral, estética y espiritual de la persona humana (2).
Estrechamente vinculado al concepto de cultura, figura la palabra Numen. Numen era, para los antiguos griegos, ‘el aliento espiritual de la cultura’, es decir, la energía que influye en el desarrollo del espíritu; por tanto, la cultura entraña una vigorosa energía espiritual. Todos los seres humanos tenemos una energía espiritual que nos alienta, ilumina y entusiasma; ese es un aliento inspirador, luminoso y fecundo, subyacente en la esencia de la cultura. Ese influjo espiritual procede de la Energía Sutil del Universo, que he llamado Numen y del Numen procede un influjo singular que denomino aliento numénico, vocablo que derivo de la palabra griega Numen, influjo que imprime en la conciencia, en los pueblos y las culturas, un aura singular de tal manera que nosotros, como hispanoamericanos, nos distinguimos de los europeos y los africanos; y un europeo se distingue de un amerindio y de un asiático; y un chino se distingue de un eslavo y así cada cultura tiene su genio particular y es tan perceptible que entre los habitantes de las grandes culturas hay también diferencias sutiles impresas por el aliento espiritual del Numen, en virtud del influjo de su peculiar cultura, dimensión espiritual que imprime en la sensibilidad una energía interior que pauta una manera de ser y sentir, que es lo mismo que decir, la idiosincrasia de un pueblo, el talante de un individuo, el temple de una nación y una cultura.
La energía numénica está en la base de la lengua, de las creencias, los ideales y los valores. El Numen o energía espiritual es un aliento inspirador que mueve lo que hacemos para crecer espiritualmente, para hacer arte, religión, filosofía, ciencia y mística. Ese Numen conforma la dimensión de la espiritualidad puesto que está en la base de la sabiduría, la poesía y la teología y, desde luego, en el fundamento de los principios y las motivaciones de la cultura. La sabiduría es el saber espiritual conquistado con nuestra intuición profunda. La sabiduría es un conocimiento que no se aprende en los libros sino a partir de la observación directa de la realidad, los fenómenos y acontecimientos mediante la valoración de hechos y situaciones que nos empatan con la esencia de las cosas y nos permiten inferir las grandes verdades del Universo. Por esa razón, hay una energía divina presente en la fuerza del Numen, subyacente en el centro numénico de la cultura. Esa energía pauta la manera de sentir, la idiosincrasia de un pueblo, la escala axiológica de un individuo y el patrón espiritual de una cultura.
La cuarta fuerza tiene que ver con la lengua. Los griegos crearon el concepto de Logos, que vincularon a ‘idea’, ‘espíritu’, ‘verbo’ y que nuestra lengua emplea en algunos términos especializados, como filólogo, antropólogo, politólogo, entre otros. Para los antiguos griegos, Logos es ‘palabra’ y es ‘idea’, porque entraña el principio espiritual que funda nuestro lenguaje. Por esa razón Heráclito, el antiguo pensador presocrático, concebía el Logos como la energía interior de la conciencia y esa energía interior se manifiesta o se realiza en la palabra cuando hablamos, pensamos, escuchamos y escribimos, que son las cuatro artes del lenguaje. La energía del Logos, en tanto aliento espiritual de la conciencia, procede directamente de la Divinidad. Dice la Biblia que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y fue a partir del soplo divino cuando se nos insufló la esencia fecundante del Logos. Es decir, esa energía interior que se expresa a través de la palabra, nos distingue a los seres humanos de las demás criaturas del Universo, de las bestias y las plantas, ya que es una energía esencialmente divina.
Como impulso interior de la conciencia, el Logos es el aliento sagrado que nos enlaza a la Divinidad, el principio espiritual del pensamiento y el germen generativo de la creatividad. En tal virtud, el Logos nos proporciona la fuerza de la convicción para actuar, el entusiasmo de la inspiración para crear y la motivación de la voluntad para conducirnos en la vida porque el Logos propicia el aliento fecundante de la fe, el motivo inspirador del entusiasmo y el impulso fecundante de la creatividad. La fe que tenemos en nosotros mismos, la fe en la Energía Superior del Cosmos, la fe en la vida, el amor y el ideal manan del Logos creante del Espíritu. Especialmente el Logos propicia la iluminación de la conciencia. Por eso estimo que todo ser humano viene al Mundo con varios dones, puesto que al tiempo que recibe el don de la vida, recibe también el don de la palabra; y con el don de la palabra, le es dado el don de la reflexión y el don del amor y el de la creatividad.
La vertiente de la creatividad es una de las expresiones del Logos más fecundas y elocuentes del Logos en la conciencia humana. Cuando el hombre experimentó la necesidad de crear y testimoniar su propia percepción del Mundo mediante la valoración de lo existente, inventó la lengua. Con la capacidad reflexionar sobre el acontecer de lo viviente, crear conceptos y valorar el sentido de las cosas, respondió a las apelaciones incitantes de la Naturaleza y a los efluvios sobrenaturales del más allá, que repercuten en el desarrollo de nuestra personalidad y que también influyen en la formación y el desarrollo de la conciencia. El Logos no sólo es la base de nuestro lenguaje y de nuestra cultura; es también el canal mediante el cual canalizamos la reserva espiritual que atesora la memoria colectiva de la Humanidad. Todos podemos ser creadores en cualquier vertiente de la realidad. La creatividad no se refiere solo al acto de producir literatura o crear pensamientos mediante el cultivo de la palabra; se refiere a todo lo que podemos inventar en la plasmación de cualquier actividad o de cualquier producto que podemos darle al área en que nos desempeñamos. La energía verbal que entraña el Logos es una energía lingüística que naturalmente se manifiesta en determinados seres humanos de una forma paradigmática, puesto que elige a algunos individuos para hacer de la palabra un auténtico poder creativo, poder que se manifiesta de una forma altamente esplendorosa en los creadores literarios, los pensadores, los espirituales, los contemplativos y los iluminados que han alcanzado el desarrollo interior en cuya energía fluye la llama de la potencia divina. Esa misma energía verbal, esa potencia lingüística que subyace en el Logos, también hace posible el vínculo con los demás seres humanos mediante la comunicación verbal y da cuenta de nuestro testimonio creativo cuando plasmamos nuestra visión del Mundo en obras significativas y trascendentes.
Así como genéticamente heredamos unas condiciones físicas que nos marcan biológicamente, de la misma manera heredamos unas condiciones metafísicas, de las cuales no somos del todo conscientes. Esas condiciones determinan la vocación por la que nos inclinamos en la vida; las tendencias intelectuales, morales, estéticas y espirituales que pautan nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad; la disposición de nuestras facultades creativas respecto a nuestros gustos y apreciaciones en el arte, la ciencia, la religión, la filosofía y la espiritualidad; la misión que por un designio trascendente hemos de cumplimentar en nuestra existencia temporal para darle sentido y trascendencia a la vida misma. En otras palabras, el lenguaje, la cultura, el afecto y la tierra o, lo que es lo mismo, el lugar donde nacemos, el amor con que nos criaron, el temple que nos dieron y el numen que se nos insufló, marcan nuestra vida para siempre.
Asociados a la lengua, la cultura, la familia y la sociedad están los valores que dan fundamento moral a los individuos y los pueblos. Muchas personas se preocupan por la pérdida de los valores de nuestra sociedad, hecho que comenzó a vivir el mundo cuando inició el proceso de desacralización de la cultura, razón por la cual algunos comenzaron a echar a Dios de sus vidas. Con la suplantación de los valores con los que nuestros mayores fundaban sus vidas en unas creencias trascendentes, se han ido marginando también la estimación del buen decir, las maneras rectas y dignas de comportamiento social, la alta estima por el desarrollo intelectual y humanístico, que la adquisición de bienes materiales no puede suplantar. Con la desacralización de la cultura se derrumbaron los cimientos espirituales de los valores morales y los ideales superiores, así como la suprema aspiración del ascenso del espíritu, que normó la vida de las figuras venerandas fundada en los principios de la conciencia.
Por tanto, al influjo de la tierra y del afecto hay que sumar el impacto de la lengua y la cultura en la formación de la personalidad. A la dimensión física de la personalidad, hay que añadir una dimensión metafísica, con su expresión afectiva y espiritual, en la que el Logos juega un rol determinante. Tenemos una personalidad física y una personalidad metafísica. La personalidad metafísica es la que proyectamos a través de la palabra, la conducta, la creatividad y el temple espiritual de nuestro ser, que revela nuestra idiosincrasia y nuestra singular estimación de las cosas; entonces, así como genéticamente los seres humanos heredamos unas condiciones físicas que nos marcan biológicamente, de esa misma manera heredamos unas condiciones metafísicas, a modo de coordenadas espirituales que determinan nuestra personalidad y nuestra manera de ser, influyendo en muchas de las cosas que hacemos, como la elección de una carrera, una vocación o un oficio que elegimos para plasmar nuestros talentos y vivir del trabajo productivo, operación que influye en nuestras inclinaciones, apelaciones y tendencias. Las diferentes inclinaciones de la naturaleza humana son manifestaciones de nuestra personalidad. Tenemos una disposición interior para canalizar nuestras facultades creativas, que influyen en la valoración y la creación del arte, las ciencias y las humanidades y también en la misión que ejecutamos con nuestros sueños y realizaciones.
Cada ser humano tiene una misión en la vida y está llamado a realizar una encomienda específica mediante sus ejecutorias. Esa misión le da sentido y trascendencia a la vida misma. Por esa razón, la condición humana conlleva una herencia biológica, una herencia cultural, una herencia intelectual y una herencia espiritual que marcan y determinan el temple, el temperamento y la personalidad.
El “inconsciente colectivo” de que hablaba Carl Gustave Jung (3) aludía a la herencia espiritual de la Humanidad, a una memoria colectiva que ha ido acumulando el género humano y que registran los archivos del Universo, algunos de cuyos secretos podemos percibir mediante sueños, intuiciones y revelaciones. Esa herencia espiritual, que constituye la Memoria Cósmica del Universo, está al alcance de los pueblos y culturas. Hay efluvios trascendentes que captan nuestras antenas mentales mediante el concurso de la intuición, la imaginación, la memoria, el instinto y el sentido común, sentidos interiores con los cuales captamos las señales de la trascendencia que suelen apreciar las personas dotadas con los poderes perceptivos de la sensibilidad trascendente, como los poetas metafísicos, los místicos, los iluminados y los santos, que tienen unas condiciones cerebrales especiales para captar esas señales secretas de la cantera del infinito. Esas diferentes señales nos llegan a través de intuiciones profundas y revelaciones trascendentes. Mediante la intuición, la más poderosa antena de la sensibilidad, captamos las verdades existenciales o verdades de vida, que son las percepciones metafísicas o verdades poéticas que atrapa la voz personal; y mediante las revelaciones recibimos verdades profundas, trascendentes y sublimes, que atrapa la voz universal. Naturalmente hay seres privilegiados que son escogidos por la Fuerza Superior de la Naturaleza, para entrar en contacto con esa Energía Cósmica, que son, como hemos dicho, los poetas, los iluminados y los místicos, dotados del sentido de la trascendencia.
Los grandes hallazgos del arte, la ciencia, la filosofía, la teología y la sabiduría espiritual constituyen el producto de la inteligencia y la sensibilidad. Está comprobado que mediante nuestras intuiciones conocemos las grandes verdades metafísicas y las revelaciones trascendentes. Las verdades metafísicas, en tanto verdades poéticas o conocimientos de la experiencia, nos llegan mediante la intuición. Mediante sueños y revelaciones conocemos las verdades reveladas, a las que acceden los elegidos, amanuenses de verdades universales.
En virtud de la herencia colectiva de la memoria cósmica, conocemos algunas verdades universales. Sabemos que estamos constituidos por los mismos elementos (“Una misma sustancia estelar conforma la materia de todo lo existente”, decía Carl Sagan). Sabemos que todos formamos parte de la Totalidad (“Todo viene del Todo; todo se transforma en Todo y todo vuelve al Todo”, sostenía Leonardo da Vinci). Sabemos que un vínculo entrañable nos une a la totalidad de lo viviente (“Hermano Sol, hermana Luna”, cantaba San Francisco de Asís). Y sabemos también, que así como hay intuiciones científicas (“Nada se pierde, todo se transforma”, según Antoine Lavoisier), también hay intuiciones filosóficas (“Nada sucede por azar; todo sucede por razón o necesidad”, según Leucipo de Abdera) y, desde luego, intuiciones poéticas (“Nada es verdad ni es mentira/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”, según Félix María Samaniego) (4).
El Universo, por supuesto, tiene su propia sabiduría que han intuido iluminados, poetas y místicos. El desarrollo de la conciencia en sus niveles superiores permite acceder a esa sabiduría milenaria, que proviene de la experiencia de la Humanidad acumulada en la Memoria Colectiva. Y así como hay una memoria comunitaria, con las fuerzas sociales que determinan el comportamiento de los pueblos, así también hay una memoria metafísica, con las fuerzas interiores y apelaciones profundas que marcan y perfilan el destino de los individuos, las culturas y los pueblos.
Esa memoria metafísica forma parte del tesoro espiritual acumulado en el ánfora del lenguaje. Con gran intuición escribió Karol Wojtyla respecto a la dimensión espiritual de la palabra: “La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia espiritual” (5). La frase del santo mitrado y poeta polaco alude al misterio secular de la palabra, remite al vínculo divino del hablante y apuntala la memoria colectiva de la Humanidad.
Desde Platón se ha hablado de la energía espiritual y la inspiración de las Musas. Las Musas no son más que esas fuerzas sobrenaturales que eligen a los seres humanos como canales de transmisión de verdades profundas y revelaciones sublimes; verdades y revelaciones de las cuales muchos de los amanuenses de dichas verdades, aun siendo portadores de esas verdades, menudo desconocen el sentido de los símbolos que portan sus palabras. De hecho, hay poetas que han comunicado, a través de las imágenes y los símbolos de su poesía, expresiones cuyas verdades desconocen, porque han sido elegidos como canales inconscientes para comunicar el torrente de verdades sutiles. Una de esas verdades profundas es la convicción de que todos formamos parte del Todo, en cuya virtud estamos hechos de la misma naturaleza, “a imagen y semejanza”, como dice la Biblia, con la misma composición física y metafísica que da cuenta del vínculo entrañable con lo divino mismo. Intuir ese concepto, que entraña una profunda verdad metafísica y que la misma ciencia ha comprobado, significó poseer una alta intuición por parte del poeta y místico que lo intuyó por vez primera. Porque la intuición permite, a quien ha desarrollado cabalmente ese singular canal de percepción, penetrar y auscultar algunas laderas de la realidad trascendente, captar verdades profundas, crear hermosas verdades poéticas y canalizar hondas verdades metafísicas provenientes de las capas infinitas del Universo. Por ese vínculo con todo lo existente, si ocurriera un desastre ecológico o si se presentase una hambruna o enfermedades que diezmen una población de nuestro planeta, no debemos permanecer indiferentes a esas eventualidades, porque podrían disminuir la calidad de la vida de todo el mundo. No podemos pensar que las calamidades que sufren poblaciones distantes de nuestra región no nos afectan, porque disminuyen la condición de seres vivientes.
Entonces ese mismo vínculo entrañable que nos une a la Totalidad, nos hace partícipes de lo divino y, de alguna manera, también nos hace partícipes de una relación o coparticipación que tiene que ver con todo lo que existe. Esa fue la motivación por la cual el filósofo presocrático de la Grecia antigua, Leucipo de Abdera, consignó que “Nada sucede por azar sino por razón o necesidad”, puesto que nada, en verdad, ocurre por casualidad sino por una consecuencia causal. Porque todo tiene una causa y un efecto; y de alguna manera también, todo se relaciona con todo en las diferentes interconexiones de la realidad. ¿Qué significa esa interacción? Que el Universo tiene una unidad en cuya virtud tiene también una naturaleza, una función, una historia y una sabiduría. Una unidad derivada de su misma naturaleza y función; una historia fundada en el paso acumulado del tiempo con una inmensa experiencia; y una sabiduría que se ha ido potenciando a partir de su existencia histórica y que permite, además, acrecentar el desarrollo de la conciencia. Nosotros tenemos ahora una conciencia que cientos de años atrás nuestros antepasados no tuvieron. Esta conciencia ha significado una costosa adquisición que se ha logrado paulatinamente mediante una suma de procesos a la largo de la historia de la Humanidad (6).
Cada generación va acumulando conocimientos, intuiciones y experiencias y va empujando el derrotero de la historia hacia adelante y con su acción y su creación la humanidad hace que la siguiente generación tenga un desarrollo más profundo y, en consecuencia, viva más y mejor, cuente con mejores opciones y una conciencia más lúcida. Esa conciencia es fruto de la continuidad del pasado. Este presente es la continuación de un pasado que se acumula y se prolonga hacia el futuro. Lo que hacemos y lo que creamos hoy, no se pierde; se va sumando a esa herencia, a la memoria cósmica, a la sabiduría del Universo. De ahí la importancia de la memoria colectiva que nos reporta enorme beneficio en la construcción intelectual, moral y espiritual de la Humanidad.
Pues bien, así como las fuerzas sociales determinan el comportamiento de los pueblos, las fuerzas interiores o fuerzas metafísicas pautan la reacción de los individuos y los pueblos y, desde luego, influyen en la forja de la conciencia de cada persona y en el talante de cada cultura. A esas fuerzas interiores a menudo no les damos la importancia que tienen. Esas fuerzas interiores generan, por ejemplo, el aliento ontológico que produce el deseo de ser y mejorar; el aliento erótico que genera el deseo de saber y de medrar; el aliento agapetónico que inspira el anhelo de amar y de servir; y el aliento logofánico que fecunda la necesidad de crear. Todo lo viviente tiende a expandir sus potencias entrañables y los seres humanos, en particular, tienden a desarrollar las potencias interiores de su sensibilidad a favor del crecimiento del espíritu.
La palabra ágape, que genera el deseo de querer el bien de los demás, se explica por el aliento logofánico (de logos ‘idea’ y fanein ‘manifestación’), que se expresa en la capacidad creativa que tenemos y canalizamos a través de la palabra y que permite, mediante la creación, empujar la sociedad hacia un más alto desarrollo. Entonces todas las personas, en cualquier circunstancia, lengua y cultura, son partícipes de esa fuerza interior ya que todo lo viviente tiende a desarrollar esa potencia interna de crecimiento y expansión. Todo lo viviente, en su entidad filogenética, tiende a su más alto desarrollo, como intuyó Pierre Teilhard de Chardin. De ahí que todo lo existente tiene una connotación entrañable y trascendente, que la conciencia humana procura como expresión de esa potencia interior. Esa potencia fue lo que a mí me inspiró crear el Interiorismo, una doctrina estética concebida para enfocar la vertiente interna y mística de lo existente, para generar una nueva sensibilidad espiritual y estética mediante la creación de los valores que genera la conciencia y plasmar las verdades profundas que atrapa la intuición.
Las ideas, los conceptos y los valores conforman lo que se llama la cosmovisión, que da cuenta de los fundamentos de la visión del Mundo, de la Vida y la Historia. De alguna manera la cosmovisión conforma también las aspiraciones que nos mueven, las apelaciones que nos invitan a que nos desarrollemos interiormente y las motivaciones que postulan nuestras inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, que son las que dan cuenta de nuestra capacidad humana y, desde luego, del desarrollo superior de la conciencia. Por esa razón podemos decir que somos lo que sentimos y pensamos interiormente por el influjo del pensamiento y la sensibilidad que esos valores, esas apelaciones y esos conceptos ejercen en nosotros, razón por la cual podemos testimoniar lo que interiormente nos apela o lo que de alguna manera acariciamos entrañablemente. De ahí la importancia de tener fe en uno mismo, en la vida y en la propia capacidad. Tener un ideal es hermoso, tener una meta en la vida es importante porque le da sentido a la misma vida, razón por la cual la palabra, como expresión de la virtualidad creadora, se impregna de poder cuando le inyectamos entusiasmo, amor y fe, cuando la vinculamos con la conexión profunda con la trascendencia para apuntalar lo que queremos, pensamos y hacemos.
Por esa razón, me parece que quienes realizan una tarea en beneficio del ser humano, dígase médico, sacerdote, profesor, comunicador, artista, escritor, productor, no importa el área de acción en que se desempeñe, debe conocer la naturaleza humana, estudiar las manifestaciones de la conciencia y la sensibilidad que nos conforman física y espiritualmente y pautan lo que queremos y realizamos.
Voy a presentar, para concluir, cuatro poemas como ilustración de los planteamientos esenciales de esta disertación, poemas que enfocan manifestaciones profundas de la sensibilidad y la conciencia, cuya comprensión de su sentido traslaticio precisa la intelección de sus símbolos. Cuando el hombre inventó la escritura lo hizo para testimoniar su percepción del Mundo y atrapar el susurro de lo Eterno, que la alta poesía canaliza en su dimensión sutil.
El valioso poeta dominicano Ángel Rivera Juliao, en “Lila”, enfoca el aliento telúrico como expresión del influjo cósmico que impregna todo lo viviente, inspirado en el sentido místico del Interiorismo:
La lila vive de dos vidas:
la del fango,
misteriosa y profunda,
debatida en oleadas de arena,
arraigada al silencio de las aguas;
y la que surge,
caprichosa,
sobre su vientre,
buscando en el aire
el desvarío.
¡Oh alquimia del lodo!
Trenzar en la fluida noche
la verdad de lo que somos.
Informe dualidad del ser:
mitad cieno, mitad flor (7).
La grandiosa poeta catalana Clara Janés describe el vuelo trascendente del éxtasis místico del alma con el aliento erótico y espiritual que encarna y experimenta su sensibilidad profunda cuando entra en comunión con la Energía Sutil de la Naturaleza, a la que se entrega gozosa y confiada para vivir y sentir en el espíritu:
Paisaje abrupto:
monte de roca pura y negro estanque
que encierra el agua de las simas de la noche.
Quien en ella se pierde en pos del fondo,
en la nada se pierde acaso definitivamente.
Permanecí en espera
y la voz que pronunció mi nombre
llegó del firmamento,
de un punto tan lejano
que resultó irreflejable en la negrura.
La superficie inmóvil,
replegada en sí misma,
me apartaba, llenándome el espanto
de un agua sin reflejos.
Volví el rostro y en ascensión,
por un hilo de luz me entregué,
dejando todo lastre (8).
Karol Wojtyla, el inmenso lírico polaco que nos iluminó como el Santo Padre Juan Pablo II, canta el aliento numénico con el sentimiento de pertenencia a la Totalidad, al tiempo que el alter ego del creador experimenta y enarbola los efluvios trascendentes de la revelación mística bajo el sagrado numen del acorde lírico:
Una vez puse el oído en el suelo:
allá, en lo profundo, se oyen otros aires,
con la lava desgarran su vientre -con la melodía-
y arremeten contra su alma vibrante
y llevan lejos el ruido de los ecos.
-¿Qué llora tanto dentro de la montaña y da alaridos?
¿Qué tocan con tristeza las flautas en las praderas?
Esta música de las profundidades de la tierra
-lleva la armonía junto con sus ecos,
con dote de cuerdas trémulas
entrelaza el alma del hombre.
-¡Toca, Naturaleza!
Soy parte Tuya,
estoy en tu inspirado acorde,
mi alma está en tu alma.
Mis dedos tocan tus cuerdas cimbreantes.
Tú me enredas y me envuelves,
con tonos de seda das alas a mis sienes,
brindas un olvido silencioso a mi alma,
lanzas círculos de sueños a la balanza de cobre
-levantas mi cabeza-
¡Oh Dios! (9).
El creador dominicano Máximo Avilés Blonda, escribió un poema inspirado en el aliento verbal en el que, además, consigna la existencia de la memoria cósmica que los poetas intuyen con su percepción de la realidad trascendente mediante la intuición de verdades poéticas y la recepción de verdades universales:
Por qué tanta prisa si esas voces
Han sonado tanto tiempo.
Tanto tiempo han temblado en el aire,
en la rama del árbol
y en la bruma pequeña
de la hiel olvidada.
Si han subido en lo azul
como suspiro de novia en la ventana con rejas
como canto de monja,
como gozo de la tía soltera que llega al corazón
y aún no entiende si es el cuerpo
o es el alma quien se alegra;
por qué me apremian tanto esos pasos,
esas voces, esas pesadas
palabras dichas con relámpagos.
Esos dedos crispados que acusan
esas manos grabadoras de signos
que anotan devociones.
Por qué esa prisa, me pregunto yo;
no la entiendo y entonces pienso
que la luz de un día dura poco,
que la sombra de la noche se convierte
en la penumbra del sueño
y que de repente puede con prisa
romperse una vena
en el costado del hombre (10).
Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 12 de octubre de 2008.
Notas:
Juan Rof Carballo, La curación por la palabra, Madrid, Revista de Occidente, 1966, p. 69.
Werner Jaeger, Paideia, México, FCE, 1971, 2ª. ed., p. 175.
Carl Gustave Jung, El hombre y sus símbolos, Barcelona, Seix Barral, 1969, pp. 69ss.
Cfr. Carl Sagan, Cosmos, Barcelona, Planeta, 21ª. edición, 2004, p. 189. Nikos Kazantzakis, El pobre de Asís, Madrid, Debate, 1989, p. 273.
En Bogdan Piotrowski, Mousiké, De la poética juvenil de Karol Wojtyla, Bogotá, Universidad de la Sabana, 2008, p. 17.
Pierre Teilhard de Chardin, El medio divino, Madrid, Taurus, 1967, p. 69.
Ángel Rivera Juliao, Ángel de Luz, Moca, Rep. Dom. Publicación del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, 1998, p. 71.
Clara Janés, Roses of Fire, Edición bilingüe, Traducción de Anne Pasero. Varanasi, Aranyakas Indica, 2004, p. 10.
Karol Wojtyla, Mousiké, citado, p. 109.
Máximo Avilés Blonda, Los Profetas, Santo Domingo, Secretaría de Educación, 1978, p. 6.
lunes 10 de agosto de 2009
Enfoque crítico
Una visión socio-política
Por Emilia Pereyra
Nos complace encontrarnos tener la oportunidad de compartir varios hallazgos, derivados de la lectura del libro de cuentos “A mí no me gustan los boleros”, última obra literaria de la escritora Jeannette Miller, que ha publicado el Grupo Santillana.
Miller, sobresaliente cultora de la poesía, la narrativa y la crítica, es una conocedora del contexto social, político y cultural de la región en la que le ha tocado vivir y desarrollarse intelectualmente. Ella utiliza con gran destreza ingredientes de compleja la realidad circundante, para elaborar sus obras de ficción.
En “La vida es otra cosa”, la primera novela publicada por esta reconocida autora, ella construyó un cosmos en el que se trasponen lo imaginario e ingredientes de las luchas y adversidades de personas de los estratos más bajos de la sociedad.
En el libro que nos ocupa, la narradora ofrece quince cuentos, la mayoría de los cuales tiene profundas raíces en el ámbito socio-político.
Con la pericia estilística que caracteriza su singular narrativa, Miller nos sumerge en los complejos ambientes internos y externos de los protagonistas y personajes secundarios.
Así, conocemos las laceraciones causadas por la represión, la brutalidad de los invasores, las diferencias sociales, que influyen en los mismos espacios vitales, y la visión existencial permeada por la imperiosa necesidad de luchar por sobrevivir, que instrumentaliza hasta las relaciones amorosas.
En el cuento “Yo no quiero piedras en mi camino” hallamos una breve historia de desazones, enmarcada en esta época en la que los noticieros nos transmiten imágenes de “ladrones, banqueros, presidentes y asesinos apoyadas por una palabrería que nos indican quiénes son los buenos y quiénes los malos”. Es decir, la narradora nos ubica en el desgarrante aquí y en el ahora.
Narrado en tercera persona, este cuento supura el hartazgo de una mujer, de magros recursos económicos, que convive con un esposo dado a la conquista de otras féminas y a la búsqueda material, pero que no se ocupa de satisfacer las necesidades hogareñas. Conocemos las amarguras de una madre y esposa desengañada, que acaba liberándose. Su agobiante forma de vida ha sido extraída de una rutina aplastante, impuesta por la cotidianidad y el desdén amoroso, que se viven en un país como un nuestro, agobiado por los apagones y otros males, en el que subsisten miles de mujeres resignadas a soportar el peso de mantener “la estabilidad familiar” por sobre todas las cosas.
Nuestro influyente pasado autoritario, regido por militares y autócratas, forma parte del telón de fondo de “El cumpleaños de la abuela”, cuento en el que Miller narra los caminos disímiles seguidos por tres hermanas, de temperamentos distintos, integrantes de una familia acomodada, en cuya inmensa casa el viento podía entrar y salir antojadizamente, lo que contrastaba con el ambiente opresivo prevaleciente en el entorno político y social.
La celebración del onomástico de “la diva que durante décadas hechizó al país con su voz coloratura que remedaba pajarillos y arroyos rumorosos...”, es una ventana por la que nos asomamos a ese mundo familiar en el que las botas, las armas y redoblantes formaban parte de la rutina, eran marcadas las diferencias y emergían los dolores de las hermanas que guardaban heridas con el nombre de la madre, se enamoraron del amor y tuvieron matrimonios desdichados.
“Martina” es arrojo y desenfado en la forma y en el fondo. En el cuento conocemos la estrategia de supervivencia de una mujer pobre, que extrae dinero a los hombres, contraviniendo sus íntimas convicciones sobre el género masculino. Está narrado en primera persona, en un lenguaje descarnado, que corresponde al hablar de una mujer de clase baja, acostumbrada a la lucha, a una dominicana que se bate a dentelladas para ganarle la partida a la miseria material y existencial.
Aún nos parece escuchar el tono mondo de la trabajadora doméstica, que recomienda a su empleadora, la doña de la casa, tácticas para sobrevivir, obteniendo ciertos beneficios de una relación amatoria, interesada y abusiva, pues “lo importante e' que un hombre resuelva”. Y resolver significa en parte, en la consciencia de este personaje y en la cultura popular dominicana, que “te bujque tu techo y te mantenga los muchachos”.
Naturalmente, el amor no entra en juego en el universo existencial de la vivaz doméstica Martina. Ella hasta transmite los aprendizajes, en la materia, de una tía, quien la aconsejaba: “No sea pendeja, búcate uno con cuarto que no sea haragán, tú lo enseña a que se bañe y no lo jode mucho con besito ni abrazo...” Recomendación que se ha repetido a lo largo de los tiempos en varios niveles sociales criollos.
“Una chica cool”, título de otro de los interesantes cuentos de Miller, es la vívida imagen de un personaje salido de esta era de confusiones, mezcolanza y modernidad, en que el amor se abarata y la infidelidad se ha convertido en práctica corriente. La historia ha sido narrada en primera persona, por un “testigo”-personaje, que juzga desde el punto de vista moral la actuación díscola de la muchacha. Le observa desde que la vio subir al autobús del Metro y tuvo miedo de que se sentara a su lado. La chica aprovecha el viaje a la provincia para “ponchar” lar tarjetas de sus hombres por teléfono y agenciarse infructuosamente quien la recoja en la estación.
El cuento nos retrata a la chica cool y los reflejos de sus vacíos interiores, pero también perfila a la voz narradora, de la que sabemos que siente temor ante su congénere, situada en otro estadio social y existencial.
Las depredaciones medioambientales están bosquejadas en este cuento. Escribe la narradora: “Fijé los ojos en la naturaleza mermada. En casi todas las montañas sobresalían pedazos que habían sido talados o quemados, los árboles amarilleaban de la sequedad y a las vacas y a los caballos se les podían contar las costillas”.
La decadencia social y económica insuperada de los tiempos actuales también emerge con fuerza. Refiriendo las realidades de estos días, dice: “Se los estaba tragando la miseria. De momento no había qué comer. El país se había estado hundiendo sin que nos diéramos cuenta, metidos en la ciudad que crecía como un pulpo sin permitir que pensáramos en nada que no fueran los tapones, el precio de la gasolina, la comida por las nubes, el ruido apabullante de las construcciones enormes y un afán de querer comprar lo que no se tenía”. Como podemos constatar, se trata de un párrafo de actualidad sobrecogedora.
El lavado de dinero procedente del narcotráfico, el turismo depredador están esbozados, igualmente, en esta historia de la chica casquivana, que habla incesantemente por celular y para la que casi todo “Ta cool”, pero en la que la voz narradora detectó, tras el desparpajo, “una tristeza vieja y fría”, que le partió el corazón.
“A mí no me gustan los boleros” expele amor, dolor y despecho. Alude a una época sangrienta, que puede ser la era de Trujillo. La sufriente protagonista, de clase media, es una mujer mal amada, quien tuvo niñera en la infancia y vivía en Gazcue, enclave residencial de los acaudalados, cuando gobernaba el perínclito de San Cristóbal. Su matrimonio concluye en un fracaso, y el recuerdo del amor malogrado es un pozo de amargura que evoca en la madurez.
“Mulato” es dibujo de los 500 años y es sincretismo cultural manifiesto en este tiempo. “Mulato” es espejo colectivo. Es el resumen de antiguos dolores y barbaries. “Había venido de lejos, en barcos negreros que ostentaban la bandera del martirio. Durante su estadía en esa tierra de colores acuáticos, había construido ciudades de piedra y de cristal que refractaban arcoiris distintos cada amanecer y cada tarde”, escribe Miller, con bella prosa y sugerente hondura.
La narración alude la opresión y los horrores del Descubrimiento de América, los piratas depredadores, los invasores haitianos y los sufrimientos de los hijos de los guerreros de Ghana y Tombuctú, en África. La historia republicana está condensada en este excelente relato que toca los deseos más recónditos del inmigrante africano y la indiferencia respecto a ese pretérito reflejado en el entorno citadino, compartido por habitantes, cambiadores de dólares, compradores y turistas.
En “Los que mataron a Beatriz”, Miller consigue sacudirnos. Con notable precisión, pincela la tragedia de un criollo traumatizado por el recuerdo de la bestial represión padecida en la guerra del 65. En una admirable fusión del pasado y del presente, germinan estremecedoras sensaciones en el interior de un dominicano traumatizado por la brutalidad de los invasores. Década después, el hombre siente el pánico de antaño y espera, como un sino ineludible, que “vuelvan en la noche a enfocarnos la cara, a ladrarnos como perros, a amenazarnos de muerte, a reventarnos los huesos y el pellejo, como cuando mataron a Beatriz”.
“La verdadera historia de Juan Ozama” es otro de los cuentos que conforman este valioso libro de Jeannette Miller. En sus páginas, brotan la miseria y la locura. Es la tragedia de un hombre negro, viejo y feo, que perdió “la azotea”, probablemente “de tanto estudiar”. Este morador de las orillas inmundas del caudaloso río, cuyo nombre lleva por apellido, es poseedor de un corazón magno que le impide mantenerse indiferente ante el hambre o la enfermedad de algún semejante. Lo pierde el delirio provocado por una pordiosera haitiana que su enfebrecida imaginación convierte en una princesa de África.
“El viaje” es un cuento complejo, que contiene imágenes delirantes y demanda una atenta lectura. Nos habla del extraño vínculo de una mujer temerosa con un hombre, afectado por el síndrome de Down, al que se dirige, en segunda persona, en un monólogo en el que la visualización de la muerte es constante y está matizada por la descripción de un entorno caótico y arrabalizado, como el que prevalece en muchas calles del Santo Domingo actual.
“Dignidad”, como bien sugiere su título, testimonia la grandeza de un ser meritorio. El envejecido y manso Manuel es un necesitado trabajador que vende su fuerza laboral durante largos años en una casa de ricos, cuya petulante heredera no tiene reparos en humillar a sus humildes colaboradores. Sin embargo, el antiguo jardinero reacciona con entereza admirable y ante la humillación impone el decoro.
Sin dudas, las narraciones contenidas en “A mí no me gustan los boleros”, de Jeannette Miller son inestimables piezas literarias del calidoscopio socio-político y cultural dominicano, que ameritan ser leídas con atención. Algunos de los cuentos nos remiten a tiempos pretéritos de nuestra historia; otros corresponden a los dramas actuales. La esencia de estos últimos pueblan las calles y las plazas de personajes que parecen sólo salidos de la ficción, pero que moran en la insólita cotidianidad de estos paisajes.
5 de agosto, 2009.
Santo Domingo
sábado 16 de junio de 2007
Grupo Mester de Narradores

Descripción
Los narradores que se dieron a conocer en nuestra lengua con el nombre de MESTER, que se distinguieron en los albores de las letras castellanas con narraciones y relatos sobre los ideales de la comunidad y los asuntos concerniente a su tiempo en forma espiritual y estética, imprimieron un sello distintivo al más bello decir en la temprana narrativa de la literatura española. La cultura de los siglos medievales imprimió a las incipientes letras españolas un nuevo aliento a la visión del mundo inspirando una narrativa realista, con un lenguaje comunicativo propio de la época, dando vida a relatos y crónicas legendarias e históricas.
En su anhelo de revivir las raíces de nuestro talante literario y activar la fuente de la inspiración creadora, y dando cumplimiento al Artículo 27 de nuestros Estatutos, la dirección de la Academia Dominicana de la lengua ha dispuesto la Creación de un Grupo Literario adscrito a nuestra institución integrado por creadores que hagan de sus narraciones y crónicas un testimonio elocuente y edificante de la sensibilidad artística.
Se trata de promover una obra narrativa densa y hermosa, fiel al lenguaje de nuestro tiempo y al espíritu de nuestra lengua asumido desde la impronta peculiar de nuestra idiosincrasia con el talante cultural, histórico y espiritual que nos distingue.
Bajo la denominación de Mester de la Academia nuestra institución auspicia la creación de un grupo de narradores que sobresalgan por la densidad de su pensamiento y la belleza de su narración a través de una obra de ficción ajustada al más bello decir que alumbre y auspicie el genio de nuestra lenguas y el aliento de nuestras letras. Este Grupo Literario se conforma en ocasión del Día de Cervantes, autorizado a partir d la presente proclamación, para estimular a los creadores acreditados con esta singular distinción por la Corporación de Académicos.
En Santo Domingo, 13 de agosto de 2005.
Director
Academia Dominicana de La Lengua, correspondiente de la Real Academia Española
Fundada el 12 de octubre de 1927
Santo Domingo, República Dominicana
viernes 1 de junio de 2007
Manuel Salvador Gautier
Hizo estudios por un año en la Escuela de Arte y Ciencia en la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York. Habla, lee y escribe español e inglés, y habla y lee italiano.Es autor de varias obras y trabajos de arquitectura. Ha escrito artículos sobre temas de arquitectura, urbanismo y restauración de monumentos en varias revistas.Fue el primer director de la Dirección de Planificación Urbana (OPU) (1962), en el Ayuntamiento del Distrito Nacional; subdirector técnico y subdirector general del Instituto Nacional de la Vivienda (INVI) (1979-1986). Dirigió el Plan Regulador de la Ciudad Colonial Santo Domingo (1989-90) y el Plan de Ordenamiento del Centro Histórico de Santiago de los Caballeros (1990-92).
Fue catedrático en diseño arquitectónico en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (1966-1978) y en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (1978-2002).Es fundador de varias instituciones sin fines de lucro, afines a su carrera, entre ellas: CODIA para la organización profesional (1962); CETAVIP, CII Viviendas (1982), e IDDI, para el estudio de la vivienda popular (1986); Comité Dominicano de ICOMOS, para la conservación y restauración de monumentos (1975).Fue honrado con la Orden al Mérito Santo Domingo de Guzmán, por el Ayuntamiento del Distrito Nacional en 1985, y considerado uno de los 30 Codianos Sobresalientes, durante la conmemoración del XXX Aniversario del CODIA en 1992. En 1995 le fue otorgado el Premio “Excelencia profesional Ing. José Ramón Báez López Penha (Don Moncito)” por la Fundación “Jóvenes en desarrollo”.Inició su obra literaria en 1993, cuando publicó la tetralogía Tiempo para héroes, con las novelas El atrevimiento, Pormenores del exilio, La convergencia y Monte adentro. Esta obra fue ganadora del premio de Novela Manuel de Jesús Galván1993, de la Secretaría de Estado de Educación. En 1995 publicó la novela Toda la vida, ganadora también del Premio de Novela Manuel de Jesús Galván 1995.En febrero de 1999 presentó al público su novela Serenata, que fue escogida por la Pontificia Universidad católica Madre y Maestra (PUCMM), Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y Universidad Iberoamericana (UNIBE) para ser leída por los estudiantes en sus cursos de literatura. En octubre del 2001 recibió el Premio de Novela de la Universidad Central del Este por su obra Balance de tres, que fue publicada y puesta en circulación en el 2002, en Santo Domingo y en Santiago.En noviembre del 2002 fue declarado ganador del “Premio Víctor Hugo en la Historia”, con el ensayo “La fatalidad no está en un campanario de París”. Este Premio se convocó para celebrar el bicentenario de nacimiento del famoso intelectual francés y fue patrocinado conjuntamente por la Secretaría de Estado de Cultura y la Embajada Francesa en la República Dominicana. En enero de 2005 presentó siete relatos en Historias para un buen día, escogida por la PUCMM para la lectura de los estudiantes en literatura.En agosto de 2005 su cuento “Urías” ganó el Segundo Premio en el concurso internacional de cuentos y poesía Premio “Città de Viareggio”, en Italia, promovido por la editora Il Molo. Este cuento concursó traducido al italiano. En 2006 publicó en enero el ensayo Jaime al descubierto y en octubre la novela El asesino de las lluvias.Pertenece al grupo literario Ateneo Insular, del Movimiento Interiorista, dirigido por Bruno Rosario Candelier, donde participa activamente con la realización de una obra intensa presentando ensayos cortos sobre la novelística nacional e internacional.En el 2005 fue nombrado Coordinador de la Agrupación Mester de la Academia de la Lengua, que tiene como objetivo difundir la narrativa dominicana. En febrero de 2006 fue seleccionado Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua.Listado de obras publicadas
- Tiempo para Héroes. Tetralogía compuesta por las novelas El Atrevimiento, Pormenores del Exilio, La Convergencia, Monte Adentro. Editora Taller, Sto. Dgo.1993.
- Toda la vida. Novela. Editora Corripio, Sto. Dgo. 1995.
- Serenata. Novela. Editora Búho, Sto. Dgo.1999.
- Balance de tres. Novela. Editora De Colores, Sto. Dgo. 2002.
- Historias para un buen dia. Siete relatos. Editora Búho, Sto. Dgo. 2003.
- El asesino de las lluvias. Ediciones CEDIBIL, Sto. Dgo. 2006
Fragmentos de obras de Gautier
Cuento
Un romo sancochao
A Erwin Cott
La vida está llena de misterios, como dice el locutor de la radio con su voz melódica y profunda, acompañado por los solemnes compases del “Largo” de Mendelssohn.
Pude comprobarlo de la manera más increíble.
En la clínica, tengo varios pacientes —mansos y cimarrones, blancos y negros—, pero llega un momento en que los veo a todos iguales. Me cansan; me canso. Por eso, inventé pasar los domingos en reposo, tomando ron en un campito que compré a veinte minutos de la Capital donde hay muchos árboles y pasa un río. Ahí me sentaba en medio del agua y dejaba transcurrir la vida. Xilia, mi mujer, se ocupaba de proveerme de tragos y de preparar el sancocho en la casita que está a cierta distancia de la poza. Ella sabía. No había niños ni emergencias ni nada. Sólo yo, los tragos, el agua, el sancocho y Xilia. Ordenado de esa manera, era el paraíso.
El misterio empezó el día en que se me ocurrió invitar a Tito. Tú lo conoces, el hombre más serio del mundo. Es mi hermano de padre y madre, nos criamos juntos, dormimos por años en la misma habitación, y todo lo que quieras, pero, ¡compadre!, asfixia a la gente con su sensibilidad. Desde pequeño fue así. Por supuesto, a él fue que le salió el abuelito Payeyo la madrugada en que murió; y a él fue que tía Aminta llamó, una noche oscura, para que, a las doce en punto, invocara el espíritu de tío Miguelito, su marido. Bueno. Esas son historias pasadas. Mélida, la mujer de Tito, se juntó con Xilia y comentó que su marido vivía angustiado, no dormía bien, en fin. Xilia me lo contó a mí, y la próxima vez que vi a mi hermano lo abracé, me aseguré rápidamente de que no tenía ninguna enfermedad visible, noté su "amargue" y lo invité.
—Tito, mira, la mejor manera de joder las preocupaciones es metiéndote un "romo sancochao". El domingo te espero en el campito. No dejes de ir.
Fue una combinación. Xilia llamó a Mélida para asegurarse de que Tito fuera, y Mélida se ocupó de llevarlo.
Nos metimos en la poza. Xilia nos puso unos tragos en la mano, y santo remedio. Al tercero Tito estaba cantando una canción de cuando enamoró a Mélida. Al quinto comenzó a dar brincos río arriba y abajo. Hasta que al fin, salió a relucir su problema. No era tan serio. Tenía una deuda con un banco y le correspondía hacer un pago, pero no le alcanzaba el dinero y se vería obligado a hipotecar la casa. La solución era cobrar lo que le debían a él, pero no lograba que le pagaran.
—Tito, habérmelo dicho antes. Tengo un paciente que te va a resolver eso.
Efectivamente, hablé con mi paciente, uno de los gerentes del banco, y el asunto se resolvió a conveniencia de todos.
El domingo siguiente Tito se presentó en el campito a darme las gracias. Fuimos a la poza y nos pusimos a hablar. Ya llevábamos varios tragos cuando surgió el tema de los espíritus.
—Tato, ¿qué pensaste la noche que mamá me sacó de la cama para llevarme donde tía Aminta?
En realidad no pensé nada. Después que mamá me mandó a dormir, hice exactamente lo que me pidió; pero Tito no quería oír eso. Para él, aquello había sido una experiencia traumática.
—Me desvelé. ¿No te conté? —dije, y entramos en los misterios de la transmutación de los muertos, los zombies y demás condiciones de los muertos-vivos, que son fenómenos imposibles de comprobar, pero que, querámoslo o no, nos persiguen en el subconsciente. Finalmente, enfoqué el tema de la parapsicología, que me fascina, y terminé, no sé cómo, con el cuento de la ciguapa. Bueno. El ron le hace a uno eso y más.
Mientras yo pontificaba sentado sobre una piedra cubierta con jeroglíficos indígenas, mi hermano, sumergido en el agua con su trago en la mano, se desentendía del tiempo, el espacio y todo lo que yo decía. No notamos que había un hombre espiándonos entre los árboles con una borrachera más grande que la de Tito y mía juntos. Tan pronto mencioné la ciguapa, el hombre soltó un grito y salió de entre los árboles. Me volteé y lo miré fijamente sin demostrar sorpresa. El hombre palideció y se arrodilló. Yo alcé mi vaso y se lo presenté. Me sentía un sacerdote del misterio.
—Te bendigo por toda la eternidad.
Con el gesto pausado del Bautista, le eché un chorro de ron por la cabeza, que el hombre trató de aparar en la boca. Son de esas cosas que pasan, difíciles de explicar después.
El hombre se fue de bruces, cayó dentro del agua cuan largo era y siguió flotando en la corriente, río abajo, como si fuera una hoja de yagrumo, con la camisa desabotonada esparcida a su derredor. Sin darle importancia, vi cuando una piedra lo desvió hacia una playa del río. Allí se quedó, tranquilo, boca arriba, con el agua lamiéndole los pantalones de fuerteazul y las alpargatas de cabuya, hasta que una de éstas se le zafó. Luego no me fijé más.
Tito me asegura que no se dio cuenta de nada, y me convencí que todo había sido una alucinación provocada por nuestra conversación.
Xilia y Mélida nos llamaron para ir a comer el sancocho, y a mí hasta se me olvidó el asunto.
El domingo siguiente estaba sentado en la misma piedra con mi trago en la mano, apenas comenzado, cuando se presentó el hombre. De golpe, recordé su aparición anterior. Esta vez no estaba borracho, pero se arrodilló igual que antes. Tras de él, entre hombres y mujeres, había alrededor de ocho personas.
—Doctor —me conocía—, aquí le traigo a mi mujer, a mis hijos y a sus mujeres, para que los bendiga como hizo conmigo y les cuente lo que contó la otra vez que lo vi.
Hablaba como inspirado; me hizo gracia y decidí seguir con la broma.
—Hay una condición —todos se arrodillaron para oírme—. Cada uno tiene que traerme un pote de ron y bebérselo de un sólo tiro delante de mí.
A ninguno le pareció una encomienda extraña. Es más, los hombres tenían sus chatas que sacaron de sus bolsillos como por encanto agitándolas frente a mí. Tomaron, tomamos. Hice una invocación a no sé cuál manifestación de lo desconocido.
Mi auditorio estaba atento, esperando ¿qué?... ¿un sermón?, ¿un milagro?
Comencé a sentir lo absurdo de la situación. Me divertía aprovechando cínicamente la ignorancia de unos infelices atrapados en su superstición. Pero ya no podía echarme para atrás.
Deseé que Xilia llegara para romper el encantamiento y despedirlos.
Esto no ocurrió.
Tomé una decisión; cerré los ojos.
—La rubia —dije como en éxtasis—, que salga.
Claro, no había rubias. Eran todos una partida de mulatos, algunos más prietos, otros más blancos. Quería confundirlos para deshacer el trance. Pero el hombre no se amilanó y empujó a una mujer hacia el frente. Era la más clara de todas y la más joven. Me desconcerté. Sin proponérmelo extendí las manos y la toqué.
Tan pronto lo hice, la mujer se transfiguró. Tembló de pies a cabeza, hasta que, poseída por el espíritu, se tiró al suelo y comenzó a moverse lujuriosamente.
Para mí, fue un acto terrible que me enfrentaba con una iniquidad de la que siempre quise escapar desde los tiempos de abuelito Payeyo y tía Aminta, cuando me negué a ser un crédulo más. Para los otros fue una ceremonia reveladora, y así la exaltaron, cantando salves cuyas letras improvisaban.
Xilia llegó en el momento en que la mujer se había repuesto y me contemplaba con adoración. A Xilia la rodearon, la hicieron cantar, y ella, confiada, disfrutó como una adolescente. Al final, hablé con el hombre a solas. Por un momento creí que lo había convencido para que ni él ni ninguno de sus familiares volviera más.
Esfuerzo inútil.
Cuando llegué al campito el domingo siguiente, me sorprendió encontrar varios autobuses desvencijados a lo largo de la carretera. El hombre había organizado la llegada de unas cuatrocientas personas que me esperaban cerca de la piedra cubierta de jeroglíficos. Vino respetuosamente donde mí. Me dijo que todos deseaban que yo los bautizara y les explicara el misterio de la "pirilogía", cuyo significado no entendí inmediatamente hasta que lo deduje. Quería que les hablara sobre la parapsicología lo que, por fuerza, culminaba en el cuento de la ciguapa si seguía la línea de pensamiento de aquella borrachera.
Esta vez tomé una decisión seria. Me subí a la piedra con los jeroglíficos y les hablé a todos mesuradamente, revelándole lo que consideraba la verdad de aquel asunto. Finalmente, los despaché. Vano empeño. Vi que muchos sacaron sus potes de ron y tomaron su contenido a pico, luego se sumergieron en el agua y se mojaron la cabeza como bautizándose ellos mismos. Era un nuevo rito que inventaban y una nueva religión que creaban, con la "pirilogía" como base y la ciguapa como centro. Resultaba demasiado descabellado esto, demasiado patético. Xilia y yo discutimos el asunto y decidimos convertir la casa de madera del campito en un consultorio, donde atendemos a la gente de los alrededores en las primeras horas del domingo. El hombre es el que está a cargo ganando sus chelitos, como parece que fue su intención cuando se inventó la "pirilogía". De ésta no se habla en mi presencia, aunque sé que a mis espaldas el hombre da algunas explicaciones que dejan sobrecogidos a nuestros pacientes. Por ejemplo, sobre las ciguapas dice que son hombres-mujeres con poderes mentales probados por la ciencia, explica que cualquiera que aprenda a dominar estos poderes puede convertirse en una y concluye que yo soy una ciguapa. Añade que el campito es el lugar preferido de estas criaturas inigualables y el único que sobrevivirá en el fin del mundo, y que ese acontecimiento sólo ocurrirá cuando todas las ciguapas lo requieran con sus poderes mentales. Si lo regaño por disparatar de esa manera, el hombre dice que hay que conocer la mentalidad de nuestra gente, que se lo cree todo.
A veces no sé qué pensar. El otro día decidí despedir al hombre para no verlo más. Cuando se lo dije a Xilia, ella me preguntó si no me había fijado que el hombre tenía los pies al revés y rió.
En definitiva, por huirle a mis pacientes de la ciudad, ahora tengo cientos más en el campo, con la seguridad de que vendrán otros. La culpa fue del "romo sancochao".
Mi hermano Tito, siempre el serio y sensitivo, ahora burlándose un poco, dice que ese percance en el río se lo debo al espíritu de abuelito Payeyo que me guió hacia el bien, para que no siguiera en mi perdición "romística" que sólo me llevaba a las dolorosas delicias del delirium tremens. Puede ser. Yo, de abuelito, lo único que recuerdo, así, personalmente, son los halones de oreja que me daba. Pero, lo reconozco, la vida está llena de misterios como dice el pensamiento retórico que el locutor de la radio lee con su voz melódica y profunda, acompañado por los compases solemnes del Largo de Mendelssohn.
Novela
Toda la vida
Ganadora del Premio de Novela Manuel de Jesús Galván, 1995
Por Manuel Salvador Gautier
Capítulo V: Nidia (1973)
1
Había llovido toda la semana, pero el día amaneció seco, sin una nube en el cielo, y se mantuvo así hasta por la noche, para gran alivio de todos. Adriana bregaba con los últimos toques a su atuendo de gala y Chuchú con el lacito de la etiqueta negra. Tilito le había pedido que lo ayudara con el suyo y ahora se reía de su papá, viéndolo bregar por su cuenta.
—Papi, ¿no "dizque" venden unas corbaticas que sólo hay que engancharlas?
Tilito era ya un hombre, con catorce años y medio, alto, un poco rubio como su mamá. A veces le recordaba a Niño. Martica, en cambio, era como Chuchú, trigueña, con pelo ensortijado. Estaba crecidita también, con sus trece años. Los cuatro se juntaron, al fin, en la terraza con plantas ornamentales. Se hicieron una inspección final bajo el escrutinio de Titica y quedaron satisfechos. Tomaron una copa de vino para celebrar, que incluyó a Titica, y salieron. Era el 16 de agosto, cumpleaños de Chuchú.
Llegaron justo a tiempo donde los González, en el ensanche Gerardino. Era el punto de reunión de las familias Serra y Calderón para tomar un piscolabis, como decía doña Luisa, o un "tente ahí", como lo ponía don Atilano, y luego marchar en grupo a la inauguración del Teatro Nacional. El presidente Balaguer iría y se esperaba un lleno completo. Los asistentes serían, en su mayoría, amantes de la cultura, aunque también estarían allí los que querían ponerse presente ante su jefe político y los que pensaban ser parte del espectáculo por su don social, el que fuera que pretendieran tener. Desde allá los Serra, González y Calderón irían al Country Club, a amanecer disfrutando y bailando. La velada era el regalo de cumpleaños de Adriana. Dio un gran trabajo conseguir las invitaciones a la función, pero don Atilano las obtuvo, y en platea, al centro, ni muy cerca ni muy lejos del escenario.
Chuchú se sentó entre Adriana y Martica. Más allá estaban Tilito y los otros. Su hijo parecía deslumbrado por el inmenso espacio rojizo del auditorio y el brillo de la concurrencia, pero, sobre todo, por las hermosas mujeres lujosamente ataviadas. A esa edad ya Chuchú había estado con Ondina... y Tilito, ¿con quién? Los tiempos eran ahora más peligrosos, se había introducido la droga entre los escolares, había perversiones inéditas para su época.
Chuchú le dio un codazo a Martica.
—¿A quién es que mira tu hermano? —preguntó por bromear.
—¡Papi! —Martica rió.
Adriana y Martica parecían dos hermanas, una mayor que la otra. Una rubia, serena; la otra trigueña, juvenil. A sus cuarenta y tres años cumplidos, con la cabeza que le empezaba a encanecer, Chuchú podía decir que su mujer era su "hija mayor". Miró hacia donde Tilito tenía clavada la vista en las butacas laterales de la izquierda, pero se distrajo, porque llegó el presidente Balaguer y empezaron los aplausos.
El coro de guardiamarinas salió al escenario en hilera marcial y se acomodó en las tarimas que había en el fondo, detrás de los músicos. Los siguió el maestro Manuel Simó, director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, y comenzó el concierto con las notas del Himno Nacional. Terminó la música y el presidente Balaguer se retiró; había cumplido su cometido y estaba agotado por todas las actividades del día, aunque un guasón aseguró que volvía al Palacio Nacional, a trabajar como todas las noches.
La primera pieza era una suite compuesta por el Maestro Simó y la segunda un dúo a piano de Mozart. La Sinfónica tocaba como nunca y Chuchú se relajó totalmente, se ensimismó. Recordó el día que fue a buscar algo a una casa convertida en pensión, y oyó una conversación gratísima, improvisada, donde se dio cuenta de lo mucho que amaba la música clásica y lo mucho que la conocía, y también lo mucho que tenía que aprender. El dueño de la pensión, un checoslovaco colorado, lo invitó a que volviera a un concierto de cámara que darían días después, en el patio de la casa, pero Chuchú no volvió, porque en esa época comenzaba su calentón por Hortensia y tenía que vigilarla. Miró a Tilito, al lado de su primo Julito Calderón. El muchacho escuchaba tranquilo, pero tenía la vista fija en el mismo sitio. Chuchú buscó en esa dirección y sólo vio hileras de cabezas a contraluz.
Los muchachos se fueron a dar vueltas durante el intermedio y Chuchú se quedó sentado, hablando con Adriana y Luisa, su cuñada, que seguía siendo "la gallina" de siempre, un poco más amasadita. A Chuchú se le ocurrió entonces que su mamá Idalia hubiera disfrutado muchísimo este concierto. Debió invitarla, pero se le pasó. Miró distraídamente en la dirección que Tilito había mantenido. Una mujer joven le devolvió la mirada y lo saludó levemente, con una sonrisa y un movimiento de la cabeza. Chuchú no la reconoció, pero saludó igualmente. Entonces sintió a Tilito detrás. El muchacho le tocó el hombro, se le acercó al oído y habló bajito.
—¿Tú la conoces? —preguntó.
Su respiración caliente le rozó el cuello y Chuchú brincó. No esperaba esta intimidad.
—¿A quién?
—¡A la mujer que te saludó, Papi!
Era a ella a quien su hijo "vitillaba" todo el tiempo. Volvió a mirarla. Estaba de espaldas ya y conversaba con otra mujer que acababa de sentarse a su lado... con Nidia Mañón.
Se encontraron a la salida, entre el tumulto que esperaba los carros, en la escalinata del vestíbulo abierto al exterior, bajo el gran vuelo de bovedillas. Habían vuelto los aguaceros, un diluvio, y aquello era un "reperpero" de mujeres recogiéndose las faldas largas y de hombres buscando paraguas en los vehículos mal estacionados, que obstaculizaban el paso a los demás.
—¡Ingeniero! —llamó Nidia.
Chuchú siempre sospechó que ella lo buscó. Hubo intercambios de saludos. Cómo estaba doña Dora, cómo estaba mamá Idalia. Adriana tuvo frases de simpatía con Nidia (sabía de quién se trataba), y Tilito se quedó un rato perceptible agarrando la mano de Natalia Olmedo, como se llamaba la amiga de Nidia, un hembrón que se dejó hacer, sonriente.
Chuchú se siguió fijando en Tilito por el resto de la noche, pero no ocurrió más nada en particular.
En el Country, los muchachos se sentaron agrupados en una mesa de la juventud, y el agasajado y los demás en otra mesa, ¿de qué? Allá se les unieron Ana Emilia con Eduardo Báez y Niño con Rositica Sanabia, preguntando cómo había quedado el concierto. Chuchú invitó también a Hortensia y a Roberto Rodríguez, que prometieron ir, pero que Chuchú sabía por lo que pasaban, y se lo dijo a Mirtilio, quien alegó que no tenía compañía para la ocasión y rehusó —seguía con la viuda del ensanche Luperón pero no se decidía a formalizar la relación—. Mamá Idalia no quiso venir tampoco, y ahora Chuchú pensó que era por resentimiento, porque no la invitó a la inauguración del Teatro Nacional. Tendría que hacer algo al respecto.
Don Atilano estaba de gran humor y lo demostró poniendo el tema de moda entre los empresarios.
—Eduardo, dinos cuál es la sorpresa que nos prepara Julito Estrella. Dizque es un "gallo tapao" del tamaño del obelisco.
—¿"Gallo tapao", don Atilano? —Eduardo se hizo el bobo, mirando de soslayo a Ana Emilia.
—¡Sí, hombre! —don Atilano rió—. ¡El mismo "gallo" de siempre! —y dejó a la mayoría de las mujeres perplejas, pero no a los hombres. Ya se sabía que el presidente Balaguer iba a una nueva reelección; lo proclamó en su último discurso, en el que dijo que su permanencia en el poder era una necesidad... "ahora, cuando nuestros adversarios se hallan en pleno proceso de descomposición interna, mientras nuestro partido crece cada día como una fuerza homogénea y vigorosamente integrada". La opinión generalizada era que la conferencia dada en esos días por Estrella, Secretario Técnico de la Presidencia, era un mensaje enviado por Balaguer a todos los empresarios y comerciantes, amenazando con cambiar la política que aceptaba la "evasión al fisco" y la "fuga de divisas", una situación histórica endémica en el país que, según Estrella, convenía enfrentar, porque gravaba negativamente la economía. Los empresarios y comerciantes entendieron que la persecución tributaria se usaría contra los que no apoyaran la reelección, puesto que la otra práctica que no mencionó Estrella por su nombre, la del contrabando, la hacían impunemente los allegados al Gobierno, militares y civiles, como en los tiempos del Triunvirato, sólo que dentro de una situación de mayor solvencia económica nacional e internacional y mayores controles del Poder Ejecutivo sobre los favorecidos.
Eduardo no tenía que comentar el chiste de don Atilano. Era funcionario del Banco Central en un área delicada donde se manejaban los problemas generados por el mercado paralelo de divisas. Sonrió, igual que todo el mundo.
La alusión se diluyó. Nadie quería discutir eso y menos en una fiesta dedicada a Chuchú. Alguien habló del divorcio de Elizabeth Taylor y Richard Burton, y por ahí se fue la cosa. La mayoría de las mujeres se declaró admiradora de ambos actores, pero no aprobó la inestabilidad del matrimonio.
—Yo, sinceramente, con un hombre así... —era el parecer de Rositica Sanabia, que no se había perdido una sola película de Burton, incluyendo las malas.
—¿Con un hombre así, qué? ¡Con este tronco de hombre que tú tienes! —interrumpió Niño burlador, y meneó su cabeza de cabellos negros sueltos, ondulados en las puntas.
—Digo así hipotéticamente, mi amor —Rositica le tomó la mano—. ¡Tú sabes que no me divorciaría de ti nunca en la vida! —y le dio un beso en la mejilla.
Hortensia y Roberto llegaron y Chuchú sintió alivio. Podría hablar de otra cosa.
Roberto indicó que venía de la Casa del PRD, y le dio detalles del sofocón de esa mañana, cuando se impidió usar el "roof-garden" del hotel Jaragua para una asamblea del Partido en la que se trataría la propuesta pública hecha por el PQD al Bloque de Oposición. La asamblea no se dio, pero se organizó una concentración en la Casa Nacional, con partidarios y representantes del Bloque, de los grupos políticos independientes, de las asociaciones de profesionales y estudiantes, y de los sindicatos.
Chuchú quiso que Roberto le explicara un poco el Programa de Gobierno que presentó el profesor Bosch durante la concentración. Quería compararlo con la propuesta del PQD, que patrocinaba un gobierno de transición de dos años con un candidato único. Bosch había señalado que la unificación de la oposición debía darse "alrededor de un Programa, que sea llevado a cabo por un hombre que se escoja"... era por lo que a Chuchú le convencía el tipo. Se lo dijo a Roberto: el país no podía seguir con predestinados. Ni Balaguer ni Wessin, ni siquiera Bosch. Ya era hora de que se pusiera en marcha un programa que lo sacara de su atolladero económico, que lo preparara para aplicar sus recursos en los renglones donde podían rendir más para su desarrollo, que terminara con la corrupción tanto en el sector estatal como en el privado, que garantizara las vidas de los dominicanos y la seguridad de poder vivir en su propio país.
Roberto era un hombre grande, casi obeso, y Hortensia se veía menudita a su lado.
—Chuchú, creo que llegó el momento para que te unas a nosotros, ¿qué dices? —propuso el político.
—Déjame pensarlo.
Desde hacía tiempo, Roberto trataba de conquistarlo para que se inscribiera en el PRD. "Debes cerrar filas junto con nosotros, como hiciste en 1965 durante la revolución". Para Chuchú no era lo mismo; él no era político, había que nacer para eso. Roberto insistió, quería que Chuchú participara en las discusiones que se tendrían sobre el programa presentado por Bosch.
—Roberto, consígueme una copia del Programa de Gobierno; me interesa ver el enfoque que se le da a la economía —dijo Eduardo. Chuchú creía que el diálogo entre Roberto y él no le interesaba a más nadie y miró a su cuñado con curiosidad.
—¿Estás asesorando a alguien? —preguntó Roberto, a sabiendas de que Eduardo colaboraba con el Grupo Independiente Amiama Tió.
—No te lo puedo decir ahora mismo.
—¿Tú ves, Chuchú? Eduardo está dispuesto a meterse en política y tú no, ¿y cómo es eso? —protestó Roberto.
Era un cuestionamiento de buena fe que puso a pensar a Chuchú.
Roberto se viró hacia Eduardo:
—Te voy a conseguir una copia para mañana mismo, si puedo, para que lo estudies bien —prometió.
Ya tarde, se apareció Gerardito Batista para darle a Chuchú un gran abrazo. Su amigo de infancia había prosperado en el negocio que instaló, hacía unos años, de piezas reconstruidas, ampliándolo con una línea de carros japoneses. En esos días Gerardito andaba "suelto y sin frenos"; Gabriela viajaba por los Estados Unidos y él se consideraba "soltero".
—Chuchú, me tienes que acompañar una de estas noches. ¡Se consiguen unas hembras! —y dejó la frase en suspenso, como para prolongar el placer que se le reavivaba en el cuerpo a la mención.
Chuchú andaba con su familia y no era el momento de tratar el asunto, pero sintió curiosidad.
—¿Qué clase de mujeres? —preguntó.
—No te apures, que te van a gustar —Gerardito rió—; voy a preparar una parranda y te aviso.
—Gerardito —Chuchú frunció el ceño.
—Son muchachas decentes, Chuchú. Secretarias, divorciadas, una que otra viuda joven. Tú sabes. No me voy a complicar con otra cosa o Gabriela me mata.
Chuchú sintió que alguien lo miraba desde lejos, giró y comprobó que era Tilito.
2
Chuchú no era feliz. Quería a sus hijos y se sentía responsable por Adriana, pero ahora sabía que no la había amado nunca, que sólo había amado el amor de ella por él, su adoración, pero no a ella, no a esa mujer hermosa, vivaz a veces, siempre tierna, siempre inocente, que él violaba cada vez que poseía. Lo entendió claramente cuando volvió de la guerra y la sintió alejada de su realidad, de sus necesidades inmediatas y futuras, aunque ella seguía adorándolo igual. No supo qué hacer con ese descubrimiento. No quería herirla, y estaban sus hijos. Le fue difícil volver a la rutina de todos los días, retomar el hilo de los trabajos comenzados y reavivar la iniciativa para conseguir otros. Se despertaba a veces jadeante, bajo el influjo de una pesadilla en la que Mañaña lo sacaba chorreando de la bañera, lo paraba dentro del lavamanos lleno de agua jabonosa, lo frotaba por la cabeza, por la barriga, hacía espuma y, de repente, lo dejaba caer al piso sin ella percatarse, porque Chuchú seguía oyendo su profético "¡Tú serás!" y su risa contenta, mientras él caía y caía y caía, horrorizado.
Se desilusionó cuando el doctor Joaquín Balaguer ganó las elecciones de 1966. Era como reencontrar una etapa política del país donde se abrazaba de nuevo un caudillismo supuestamente superado. Reconoció el carisma que este político tenía para personas conservadoras como el doctor Arsenio Columna, que había respondido al magnetismo del caudillo convirtiéndose en uno de sus hombres de confianza, con un despacho en el Palacio Nacional; no entendía cómo el pueblo podía aceptarlo también, pero era así. De hecho, el Presidente tomó medidas para mantener el plan de los norteamericanos de destruir el movimiento constitucionalista y la "amenaza comunista", que culminó con las muertes de Amín Abel, Otto Morales y Homero Hernández.
Notó cómo el político aprovechaba cualquier coyuntura para imponerse como insustituible en el poder, y se admiró de cómo lo logró, con una medida politiquera aquí y otra económica allá, y con un autoritarismo que lo convirtió en un autócrata, aún así, convenciendo a muchos de que, como ejercía el poder, era la única manera de hacerlo, aunque le hubiera gustado otra, porque él creía en la democracia representativa, consiguiendo, de paso, reelegirse en 1970 por encima de las aspiraciones presidenciales de Augusto Lora, el hombre que le organizó el Partido Reformista en el país mientras estaba en el exilio.
Una vez reelecto, el presidente Balaguer continuó el programa de inversiones en construcciones públicas, iniciado en el mandato anterior con muchas restricciones.
Don Atilano llamó a Chuchú un día para informarle que había hablado con el Presidente y le había conseguido el contrato de un puente. "Julián ha hecho varios", comentó su suegro, en su acostumbrada comparación entre la trayectoria profesional de los dos yernos (Chuchú entendía que lo hacía sin ofensa).
Don Atilano no tenía que buscarle ese tipo de contrato. Si Chuchú quería, podía conseguir trabajo con el Gobierno en cualquier momento, sólo tenía que ir donde el doctor Arsenio Columna, en el Palacio Nacional, que lo procuró en esos días para que le convirtiera su clínica en un centro médico. Sólo que había que dar un porcentaje de comisión y Chuchú no lo haría. La oficina se mantuvo con pequeñas cosas, hasta que habló con Adolfo Ortea, su compañero de la Universidad y ahora ingeniero de la Gulf & Western en La Romana, quien le consiguió una invitación para participar en una competencia de precios para unos acueductos en los bateyes.
Chuchú buscó solucionar su vida de una manera satisfactoria, aunque se le hacía cada vez más difícil. Fue poco a poco limitándose; logró no entrar en crisis; pero no era feliz... y así llegó a sus cuarenta y tres años, con una buena esposa, dos buenos hijos, hermanos y parientes políticos que lo querían y, generalmente, apreciado por todos.
Ese 16 de Agosto cayó jueves y había por delante un largo fin de semana.
Después del agasajo en el Country Club, Chuchú y Adriana planeaban ir a Jarabacoa, a la casa de Brunilda y Efialto Jiménez, donde los esperaban. Antes de salir para allá, Chuchú decidió pasar por donde mamá Idalia, en el ensanche Lugo.
La encontró en la galería trasera de la casa, sentada en una mecedora, rezando un rosario. La abrazó con cariño. Realmente la quería; además la sintió como frágil, mirando con ese temor profundo que no se correspondía con lo que pasaba; debía estar entrando en uno de sus períodos de depresión. Le habló de la presentación la noche anterior en el Teatro Nacional y le propuso llevarla al espectáculo que ella quisiera del Festival de Inauguración. Ella hizo su gesto de petulancia mientras le daba vueltas al anillo que le regaló papá Nicolás para resarcirla por dejarla sola, y Chuchú se preparó para oírle decir "Manuel de Jesús, tal más cual", pero no ocurrió así. Ella sólo pedía una cosa, dijo, con mucha tranquilidad, quería ir al recital de canto de Ivonne Haza y Arístides Incháustegui, aunque eso no compensaba que no la invitaran al gran concierto de inauguración.
Chuchú pasó enseguida por el Teatro Nacional para comprar los boletos; pensaba llevar a toda la familia, a sus hermanos, cónyuges y proles respectivas. Se encontró con que la función estaba totalmente vendida.
En el momento en que se retiraba de la ventanilla de la boletería tropezó con alguien... Nidia Mañón.
—¡Ingeniero! —exclamó ella.
Hablaron un poquito. Ella tenía reservadas unas entradas al recital y venía a procurarlas. Él explicó que andaba buscando para la familia, pero que no había encontrado, ¡lástima, porque no podría complacer a mamá Idalia! Era el sólito bla bla bla, sólo que, de improviso, ella le tomó la mano y se la cerró con suavidad alrededor de un sobre; el contacto lo turbó.
—Tenga, ingeniero —dijo ella—; me sentiría muy mal sabiendo que su mamá no va a venir, cuando se puede evitar tan fácilmente.
—De ninguna manera —opuso Chuchú, y buscó su mano, que ella ocultó riendo—. ¿Y su compañera, qué va a decir? —argumentó sofocado él.
—¿Quién, Natalia? —Nidia hizo un gesto gracioso con los hombros—. Déjeme eso a mí.
Chuchú abrió el sobre y encontró dos boletos. Tenía estampada la frase "Cortesía de la Administración"; él la miró en busca de explicación.
Nidia volvió a reír.
—No le voy a decir —aseguró, y caminó entre las columnas forradas de mármol, hacia la escalinata.
Chuchú la siguió.
—¿Quiere que la lleve a alguna parte? —preguntó, tratando de devolverle el favor, pero no funcionó porque Nidia tenía carro.
La vio alejarse. Mucha gente se había esfumado de su vida, personas que fueron importantísimas; en cambio, otras, que no lo eran ni lo deberían ser, estaban ahí o habían vuelto. No sabía de los Mañón desde hacía tiempo. Después que se recuperó de su herida, Ruddy Mañón volvió a la casa de la Doctor Betances; cuando terminó la guerra, salió de la Marina y se perdió en algún sitio lejano, Samaná o algo así. (Fiquito dejó la Policía y los estudios y se fue a Nueva York, a recomenzar). Yuyo Mañón trabajó por un tiempo en la clínica de los Serra, hasta que terminó su carrera de Medicina y lo mandaron de pasantía a una clínica rural por Barahona. Después, se fue a Boston, a especializarse, con una beca que le consiguió Peggy y aún andaba por allá. La última vez que Colasito le habló de Yuyo, dijo que se había convertido en un gran cirujano, muy apreciado. Doña Dora dejó el trabajo y se mudó a un barrio nuevo, mas allá del ensanche Paraíso. En cuanto a Nidia, Chuchú supo que casó bien, con un miembro de una de las mejores familias de San Francisco de Macorís, un fulano Taveras, de los que tenían fincas de café y vivían cerca de sus tierras. En la boletería del Teatro Nacional, no averiguó si Nidia estaba de visita o de vacaciones, o si había vuelto a vivir a la Capital.
Durante el viaje a Jarabacoa, Chuchú pensó en Nidia. La encontraba ahora sumamente atractiva. Vestía sencillamente, pero bien; tenía ese don poco usual entre las mujeres modernas de no necesitar maquillarse demasiado para verse hermosa. Se comportaba de manera espontánea y graciosa, con movimientos femeninos de gran delicadeza y, al mismo tiempo, de gran convicción y desenvoltura. Era difícil describirlo.
—Papi...
Era Martica, Chuchú iba guiando.
—¿Qué fue, mi hija? No te oí.
—Tilito dice que quiere ir donde tío Gerardito, en Baitoa, pero...
Era un debate que venía desde la Capital.
—Cada uno va adonde quiere —dictó, mientras tomaba una de las curvas de la carretera entre las montañas.
No volvió a pensar en Nidia, se distrajo. La frase que pronunció le pareció de pronto que se aplicaba a todo el mundo, menos a él.
Esa noche Gerardito visitó la casa de los Jiménez. Su amigo lo llevó a un rincón.
—Tengo una dirección en Herrera donde las mujeres se piden viendo un álbum como en Nueva York —dijo—. Las llaman por teléfono y vienen en sus carros. ¿Qué hay Chuchú?
Todo el mundo quería que decidiera algo: Roberto, afiliarse al PRD; don Atilano, aceptar trabajos pagando un porcentaje; Gerardito, parrandear como si fueran muchachos; Tilito, hacer lo que él quisiera.
—Gerardito, ¿qué hay entre Tilito y tú?
—¿Entre Tilito y yo?
—Estaba muy interesado en ir a tu casa en Baitoa.
—¡Ah! Debe ser que quiere ver el caballo de polo que compré. ¿Por qué, a qué viene esto? —Gerardito cayó en cuenta—. ¡Tú no piensas que le estoy buscando mujeres a tu hijo!
—No, pero sí consintiéndolo.
—¡Chuchú! —Gerardito no podía de la risa—. ¡Te has vuelto un moralista demasiado fuerte para mí! —le dio un manotazo en la espalda—. ¡Lo que debías hacer es llevarlo contigo a la casa de Herrera! ¿Qué hubo? Hacemos una parranda de padres e hijos.
Una perversión que Chuchú no aceptó; pero después de unos días que se sintió solo y como desamparado por la ausencia de algo que no definía; después de entender que su familia se le desvinculaba de sus pensamientos; después de rechazar a Tilito cuando se le acercó una vez más en busca de su orientación; después de declararse culpable por eso, Chuchú comprendió que tenía que atender a su hijo y aclarar sus relaciones. Fue muy bueno. Hablaron de hombre a hombre. Al final, Chuchú le dio los particulares de la casa en Herrera. Tilito necesitaba pasar por una experiencia así. Podía ser ahí, como en cualquier otro sitio, pero esta era una novedad de la que se podría vanagloriar con sus amigos. Esa era la jugada para su hijo: demostrar su hombría. Para él, ¿qué?
Tilito armó la parranda con sus primos Julito Calderón y Eddy Báez y con su amigo de infancia Gerardín Batista. Le contó a Chuchú después. La casa estaba rodeada de jardines y encerrada con muros altos. Los atendieron, los llevaron a un salón cómodo, con aire acondicionado. Allí les brindaron tragos de la bebida extranjera que prefirieran y les pusieron por delante picadera importada, les preguntaron sobre sus preferencias femeninas y aparecieron los famosos álbumes. Julito y Eddy, los mayores, actuaron como si conocieran todos los ángulos del negocio. Pidieron más tragos, le enseñaron a Tilito y Gerardín, aquí y allá, las candidatas que más les gustaban de sus álbumes, y cayeron en discusiones sobre cuál tenía mejor ojo. Tilito revisó el álbum en sus manos. Se interesó por una hembra que se le pareció a una actriz de Hollywood, pero al pasar la página se encontró con la suya, la que quería.
—¿Te acuerdas, Papi, de la muchacha que te saludó en el Teatro Nacional, que te pregunté si la conocías?
Natalia Olmedo.
—Esa fue la que escogí.
3
Fue increíble; Tilito nunca sabría de la conmoción que provocó en el ánimo de Chuchú. Era difícil rechazar la idea de que Nidia Mañón pudiera estar en lo mismo que su amiga Natalia. Le entró la obsesión de que la encontraría en el álbum, que había por ahí cientos de hombres que la habían gozado y que él, como buen pendejo que era, la había tratado con decencia y urbanidad; pero la iba a buscar y la iba a "arreglar", aunque fuera lo último que hiciera. Sólo que no había por dónde comenzar; pero sí, ¡por supuesto que sí! ¡Con doña Dora!
Indagó:
—Mirtilio, ¿por casualidad tienes idea por dónde localizar a doña Dora? Tú sabes, la mamá de Ruddy.
Mirtilio sabía por Gustavo, uno de los militares constitucionalistas que se quedó en el Ejército, a quien tenían dando bandazos por la Frontera, hasta que, a principios de ese año, vino la expedición de guerrilleros que organizó Francis Caamaño desde Cuba, entonces lo trajeron casi preso a Santo Domingo. Gustavo mantuvo buenas relaciones con sus compañeros de la guerra y usaba a Mirtilio de intermediario, a veces.
—¿Para qué quieres saber?
—Un asunto que hay con Ruddy.
Doña Dora lo recibió con muestras de sorpresa y regocijo, y le preguntó cómo era que estaba ahí, visitándola. Chuchú mintió, dijo que hacía tiempo que quería venir a saludarla.
Ella lo asoció inmediatamente a Ruddy.
—Acabo de recibir una carta de Ruddy, Chuchú, y le manda saludos. ¡Qué casualidad! ¿verdad?
—¿Y cómo está Ruddy? —Chuchú hacía conversación.
—Está bien —la doña sonrió—, trabajando mucho —miró a Chuchú con agradecimiento—, gracias a usted.
—¿Y qué hace?
Chuchú se atragantaba de tanta bondad, cuando había venido a otra cosa, muy contraria al espíritu de esta conversación.
—Tiene una pescadería en Miches. Usted sabe, siempre quiso tener su propio negocio, pero terminó metiéndose en la Marina. De esas cosas que pasan. El doctor Nicolás siempre dijo...
Poco a poco Chuchú le sacó la historia de los hijos. La que le interesaba, la de Nidia, al principio pareció encajar con la suposición que se había hecho, pero después resultaba como que no.
Nidia había tenido una hija con su marido, Frank Taveras. Hacía unos tres años se divorció y vino a la Capital con Sofía, la niña, a vivir con doña Dora. Consiguió empleo, era una buena secretaria. Últimamente dejó ese trabajo y se metió en la instalación de una galería de arte, cerca del hotel Jaragua; según doña Dora, le iba muy bien.
Chuchú hizo la pregunta que le quemaba la lengua.
—Doña Dora, ¿qué tiene que ver Natalia Olmedo con ella? ¿Usted la conoce?
—¿A Natalia?
—Sí —Chuchú trató de restarle importancia a la cosa—, las vi a las dos en la inauguración del Teatro Nacional y pregunté por usted. ¿No le dijo Nidia?
—¡Ah! ¿en la inauguración? Nidia consiguió dos invitaciones, una para mí y otra para ella; pero a última hora me puse mala y, por casualidad, apareció Natalia, una vecinita de aquí enfrente. Cuando supo que se iba a perder la invitación, fue con Nidia.
Chuchú lo averiguó todo. Nidia conseguía las entradas de cortesía con un tal Ivo Pradelli, italiano, violinista de la Sinfónica y su colaborador en los asuntos de la galería, ayudándola con sus contactos en Europa. Según lo contaba doña Dora, el Pradelli era sólo un compañero de negocios, más nada, aunque Chuchú enseguida se afiebró con la posibilidad de que fueran amantes. Para terminar la charada, Chuchú le preguntó a doña Dora si sabía que Nidia le había cedido los boletos del recital de Ivonne Haza y Arístides Incháustegui.
—Fue muy hermoso —concluyó Chuchú, como para compensar la curiosidad.
El recital fue, efectivamente, impresionante. Mamá Idalia lo disfrutó muchísimo. Para culminar su noche de éxtasis, como dijo, se acercó a los dos cantantes y les ofreció un brindis de champán en su casa. Por suerte, éstos tenían otros compromisos.
Doña Dora desconocía esa acción de su hija. Pudo ir por primera vez al Teatro Nacional con Nidia la noche anterior. Una presentación coral exquisita. Siempre había disfrutado de la música clásica junto con su marido, el difunto.
Chuchú salió de ahí turbado, dándose cuenta que estaba totalmente equivocado con respecto a Nidia. Se fue al Malecón, a pensar. Estaba perdiendo el juicio; iba a parar en esquizofrénico, como mamá Idalia. Colasito y él lo habían comentado siempre: uno de ellos debía terminar en loco. Eran los genes. La herencia. Por eso Colasito no había querido tener hijos y se conformó con criar a los de Peggy.
Entonces le surgió un deseo poderoso de verla.
La galería de arte de Nidia no quedaba lejos y Chuchú fue caminando. Miró por los ventanales de vidrio y la localizó en el fondo del salón, sentada tras un escritorio, con cuadros de buena factura coloreando su mundo inmediato. El pulso le latió aceleradamente.
Ella levantó la vista y lo miró, sonrió y caminó hacia donde él se encontraba.
—¡Ingeniero! ¿cómo le va? Estaba pensando en usted —dijo, sin extrañarse de verlo por ahí.
—¿En mí?
—Están ensayando "La Traviata". Por la mañana lo hacen los solistas en el Teatro Nacional y por la noche el Coro Nacional en el Palacio de Bellas Artes. Quizás usted y su mamá quisieran asistir. Es muy interesante ver cómo el maestro Piantini los dirige y cómo ellos responden. Ayer el dúo del primer acto fue realmente maravilloso.
4
La vida de Chuchú cambió. Se interesó por todo, por cosas que hacía tiempo había abandonado o dejaba pasar; se ocupó, sobre todo, de sus familiares.
Habló con Niño sobre la agroindustria que promovía en ese momento. Su hermano menor había encontrado dificultades para el financiamiento en el Banco Agrícola porque los técnicos no consideraban el lugar de Bonao adecuado para cítricos y sólo Rositica estaba dispuesta a meter su dinero en eso. Chuchú le propuso que visitara la finca experimental de la Gulf & Western en Higüeral, La Romana, donde le dirían cuáles eran los mejores lugares del país para eso.
Habló con su hermano Colasito y le propuso convertir la clínica en un centro médico, como lo estaba haciendo la mayoría de los médicos con reputación. El financiamiento se podía conseguir con el Fondo Fide en el Banco Central, sólo había que presentar el proyecto para que lo evaluaran. Colasito aceptó y Chuchú aceleró el diseño arquitectónico con Picha —casada con un ex catorcista, como debía ser—, el estimado de costo con Mirtilio y el estudio financiero con Eduardo. Colasito se entusiasmó y Chuchú aprovechó para recomendarle que mandara a buscar a Yuyo Mañón y lo incluyera en el proyecto; sabía que eso le encantaría a Nidia.
Adriana fue el único punto difícil de manejar, pero no sus hijos. Les habló de la perla en la concha que esperaba que cada uno de ellos fuera y los alentó a que desarrollaran sus intereses del momento. Auspició que Tilito jugara en un equipo de béisbol "amateur" y consiguió que Martica le enseñara unos dibujos que ocultaba hasta entonces en el fondo de una gaveta.
Realizó mil diligencias y mil movidas para promover su oficina: algunas funcionaron y otras quedaron en veremos. Su entusiasmo era tan grande que casi cae en hablar con don Atilano, para aceptar la oferta del puente dando la comisión requerida, pero no lo hizo.
Chuchú salía con Nidia en un grupo de gente que, al principio, le pareció totalmente incongruente: Ivo Pradelli, violinista, con su esposa Flavinia; Esteban Alonso, comerciante de la calle del Conde, con su amiga María Velarde; y Octavio Valle, arquitecto, divorciado. Esos eran los fijos. Estaban unidos por su pasión por la cultura... y su devoción a Nidia. Había otros más que Nidia invitaba según su interés.
El apasionamiento de Chuchú comenzó en el ensayo de "La Traviata", al que asistió, y donde se deleitó, tanto, que aceptó ir con el grupo a la próxima presentación en el Teatro, un concierto para dos violines y orquesta. Después del espectáculo, Chuchú fue a un brindis en casa de Valle. Allí, Ivo sacó su violín y tocó. Luego discutieron la adecuación de su interpretación y el sentido musical del autor. Chuchú quedó encantado y llamó a Nidia al día siguiente para agradecerle la invitación. Acordaron juntarse otra vez, pero lo hicieron siempre en grupo.
Mientras tanto, seguían los esfuerzos de la oposición por unirse en contra de presidente Balaguer. Salió publicado el Programa de "Gobierno de Dignidad Nacional" y el MIDA intervino, señalando que el profesor Bosch debía aclarar cuáles eran sus intenciones sobre la manera de llegar al poder, sobre todo, porque la tesis de la "Dictadura con Apoyo Popular", propuesta por el PRD hacía tres años, desechaba la vía electoral. El MIDA exigía una declaración pública al PRD que descartara su teoría dictatorial con ribetes stalinistas, según el parecer de algunos.
Vino la tormenta tropical Cristina y, junto a esta calamidad de la naturaleza, se supo del golpe de estado en Chile al presidente Salvador Allende, de su muerte y del horror de la persecución a sus seguidores. Para los analistas políticos, este golpe demostraba que el militarismo se afincaba de nuevo en América Latina.
Chuchú se interesó poco en estas maniobras y especulaciones políticas. Nidia ocupaba su mente y su corazón, dominaba todo lo que tenía que ver con su raciocinio y sus emociones. La noche después que pasó la tormenta la llevó al Cine Leonor, a ver la película "Teorema" de Pier Paolo Pasolini, el gran director comunista italiano. A la salida, la invitó a tomarse un helado en Los Imperiales. Era como en los viejos tiempos, en la época de Hortensia, sólo que con Nidia no le pasaría igual. Ella lo seguía tratando como a un amigo, pero ya Chuchú le había demostrado que quería más, entonces ella lo rechazó y coqueteó con Octavio Valle. Era su pequeño juego, que Chuchú odiaba y que no iba a aceptar.
Caminaban por la acera aún mojada por las lluvias y Chuchú la enganchó por el brazo.
—Vamos a evitar un resbalón —justificó, haciéndose el gracioso.
Ella se dejó. Estaba tocada por la emoción que le causó la película, quería discutirla.
—¿Qué sacaste en conclusión, Chuchú?
Chuchú le dijo. En su estreno en Italia, cinco años antes, la película produjo oleadas de protestas y la Iglesia Católica la prohibió. Ahora, en Santo Domingo, resultaba retórica. Bella y retórica. Era la historia de un hombre que sedujo a todos los miembros de una casa, luego se fue y los dejó tocados por la pasión que provocó y obligados a tomar decisiones a partir de la verdad sobre ellos mismos que él les hizo descubrir. La película pretendía presentar la desintegración de la clase burguesa y su influencia maligna en las clases más bajas. El interés del espectador se concentraba en el hombre: ¿quién era? ¿Jesús? ¿cualquier agente histórico de transformación como Atila, Julio César, Cristóbal Colón, Napoleón o Marx? Luego notaba las contradicciones presentadas: ¿cómo se demostraba con esta historia que la disciplina del comunismo era lo que convenía al mundo? ¿quién había demostrado lo contrario? El espectador quedaba en la duda: ¿cuál era el teorema?
Nidia quedó fascinada con estas argumentaciones. Mientras hablaban y tomaban el helado, Chuchú la tocaba en el brazo, en la pierna, le ajustó un rizo tras la oreja; ella no opuso resistencia. Entonces Chuchú se atrevió y le confesó que la amaba.
Nidia reaccionó como él no esperaba. Puso una cara triste, luego le tomó la mano y le dijo que quería irse y que no la acompañara.
Comentario sobre Toda la vida
Por Manuel Salvador Gautier
A Clodomiro Moquete, Director:
En el no. 18 Año III de VETAS salió un artículo sobre mi novela TODA LA VIDA titulado: críticas "Abre la palabra: Antes de que lea Toda la vida”, de Valentina Sandoval. Anexo le presento mis comentarios sobre este artículo de crítica literaria que me pareció muy interesante. Espero lo publique en una próxima edición de VETAS.
Tengo que admitirlo. TODA LA VIDA no es una novela histórica. Las argumentaciones de Valentina Sandoval en "críticas" de VETAS, Año III, No.18, son pertinentes. TODA LA VIDA trata sobre acontecimientos históricos; pero no es una novela histórica. Es una novela política. Quizás, dentro de algunas décadas, se convierta en novela histórica y, entonces, si es indicado, habrá que ver si puede compararse con Bomarzo de Mugica Lainez o con Las memorias de Adriano de Margarita Yourcenar.
Que yo haya utilizado una novela para hacer planteamientos políticos es mi potestad. No soy ensayista; precisamente, uno de los señalamientos que se me han hecho es lo directo de mi prosa, que no hurga en las interioridades del pensamiento. No soy historiador; otro de los señalamientos que se me han hecho es que manipulo algunos escenarios históricos para lograr mayor dramatismo. No soy poeta; otro más de los señalamientos que se me han hecho es que evito la metáfora, la rehuyo.
De acuerdo con Valentina Sandoval, tampoco soy novelista. ¿Qué soy, entonces? Soy sólo un intelectual, partícipe de acontecimientos continuos que han golpeado y modifican mi vida de una manera constante, y que han hecho y hacen lo mismo con todos los hombres y mujeres de nuestro país, desde los más humildes hasta los más encumbrados. Soy un intelectual que sé escribir, que sé llevar una historia, una trama, que construyó personajes con su propia psicología y establezco diálogos entre ellos con gran fluidez, que me he introducido en el mundo literario de sopetón, para asombro de muchos, y he ganado lauros como el Premio Anual de Novela de 1993, por la tetralogía Tiempo para héroes.
Pero vayamos al grano. No es verdad que se puede escribir una novela dominicana sin involucrarse en los hechos políticos que han dominado nuestro país en todos los tiempos. Se puede escribir poesía. De hecho, la mayoría de los poetas actuales lo hacen. Se pueden escribir ensayos. A cada rato leo en la prensa artículos de fondo sobre la protección al medio ambiente y otros tópicos de interés. Se puede escribir historia. Nuestros historiadores han logrado contar una historia de subterfugios, que evita los escollos de la censura del autoritarismo rampante.
Como resultado de todo esto, las nuevas generaciones dominicanas confunden a Trujillo con Duarte.
He leído muchas de las novelas dominicanas que han publicado en los últimos dos años, y todas, de alguna manera, se involucran en el hecho político. Hasta las que parecen menos políticas. Desde La brega de Frank Núñez (que muestra cómo el autoritarismo influye en los desamparados), El crimen verde de Emilia Pereyra (que involucra a políticos que se sienten impunes, por la protección que les da el autoritarismo), La catedral de la libido de Avelino Stanley (donde, en un momento dado, se presenta la no institucionalización que promueve el autoritarismo), hasta Distinguida señora de Carmen Imbert (que toca la corrupción sexual como parte de la corrupción generalizada, aupada por el autoritarismo), sin dejar a un lado los dos éxitos literarios de los últimos tiempos, Los que falsificaron la firma de Dios de Viriato Sención (que penetra en la interioridad misma del autoritarismo) y En el tiempo de las mariposas de Julia Alvarez (aunque se pretenda que cuenta tan sólo la historia de todos los días de las heroínas, sacrificadas por el autoritarismo).
¿Por qué este fenómeno?
Porque el Estado dominicano ha sido un interventor omnipresente en todas las instancias, determinando a quién va la riqueza, a quién no, cómo se manipula la moral, cómo se interpreta la ética; y esto lo ha hecho y lo hace con un sentido autoritario, en ocasiones, despótico, que involucra a todos y que no da respiro, obligando a actuar de acuerdo a sus requerimientos.
TODA LA VIDA presenta el fracaso de una generación en lograr suplantar el autoritarismo. Si al leer la novela, Valentina Sandoval no se dio cuenta de esto, perdió su esencia.
Para presentar este fracaso, tomé ocho instancias históricas en la que el autoritarismo desencadenó sus fuerzas y doblegó a aquellas que se le oponían. Emplazo la novela desde esta perspectiva intermitente. El capítulo sobre la creación del Partido Socialista Popular y de la Juventud Democrática, de oposición a la tiranía de Trujillo, no se presenta para explicar lo que éstos hicieron y lograron, como hace la historiografía, sino para demostrar su fracaso, y cómo lo sufrieron los que se involucraron en esos hechos. El capítulo sobre la Guerra de Abril no se incluye para dar detalles históricos de los primeros cinco días del movimiento constitucionalista, sino para expresar los sentimientos y afanes de los que entendieron, en ese momento, que valía la pena morir por esa causa. El capítulo sobre la corrupción en una institución del Estado no se pone como una anécdota más sobre ese mal, sino para demostrar cuáles eran las expectativas de ese momento, por qué no se cumplieron y cómo afectó a los que aspiraban a que hubiera cambios que no se dieron.
Concomitantemente, creé un personaje de mi clase social, que no es un héroe. Este personaje vive su vida, nutrido por su cultura, educado en una doble moral, donde se le orienta hacia la acumulación de la riqueza como meta para que sea feliz y mantenga su posición (materialismo), pero donde, al mismo tiempo, se le estimula a resentir la frustración que produce el despotismo al coartar la libertad del individuo (idealismo). Este personaje, de personalidad débil, se deja arrastrar por los acontecimientos, que lo llevan tanto a la meta materialista señalada, como a la imposibilidad de implantar sus ideales democráticos dentro de esa meta.
Entiendo por qué Valentina Sandoval considera este personaje "carente de fuerza psicológica". No se trata de un emperador romano (Adriano) que se complace en filosofar sobre sus depredaciones, ni de un príncipe italiano (Bomarzo) que construye monstruos de piedra en los jardines de su palacio para que lo inspiren en sus perversiones. Este personaje es un tipo cualquiera que lucha, precisamente, contra esos males representados por los personajes históricos que señala Valentina Sandoval. Es, a la larga, un tipo que tiene que conformarse con su destino, que se hace rico dentro de los parámetros que le permite su némesis, para así cumplir, finalmente, con los requerimientos que le han impuesto, y que termina deseando que otros hagan lo que él no pudo hacer.
Ángela Hernández

Biografía
Ángela Hernández Núñez nació en Buena Vista Jarabacoa, República Dominicana, 1954.
Desde muy joven se ha destacado en la defensa de los derechos humanos y civiles, con énfasis en las mujeres. Fue cofundadora, en 1989, del Centro de Solidaridad para el Desarrollo de la Mujer.
Textos suyos se han traducido al inglés, francés, italiano y noruego.
Ha participado como invitada a: a) V Bienal de Poetas. Sur-de-Ivry, Francia. París y Marsella. 1999; b) IV Feria Internacional del Libro Feminista. Barcelona, 1993; c) Primera Semana de la Literatura Dominicana en Italia (Roma, Milano y Verona). 2001; d) Encuentro con cuentistas dominicanos. Casa de Las Américas. Madrid. 2002; e) Encuentros de Mujeres Escritoras de las Antillas. New Yok Colege, Hunter Colege y Hostos Comunity Colege. 1999-2003; f) Festival del Pájaro Zemi, El Caribe soñado por 30 escritores y escritoras de la Región. Martinica. 2003.
En calidad de conferencista ha participado en Estados Unidos (Emory University, Norhen University, Mount Holyke College, Smith Colege, York Colege, City College, Rotary College, Hunter Colege), Colombia (Universidad del Valle y Congreso de Ciudadanas de Colombia), Universidad de West Indias, Trinidad y Tobago; Universidad del Sagrado Corazón y Universidad de Río Piedras, Puerto Rico; entre otras.
Ha obtenido los siguientes premios literarios:
Premio Cole de novela corta, a la novela Mudanza de los Sentidos. 2001;
Entre sus publicaciones destacan tres libros de cuento, tres de poesía, tres novelas y dos de ensayo. En el año 2001, se publicó en Italia (editorial Perosini) una colección de sus cuentos, titulada: Como raccogliere l’ombra dei fiori. En el 2003. editorial Siruela de España publicó su novela Mudanza de los sentidos.En República Dominicana, sus principales publicaciones salen a la luz bajo el sello de Editora Cole.
Algunas antologías de las que recogen sus cuentos:
4) Subidos de tono. Cuentos de amor. Coedición Latinoamericana. Colombia. 2002.
6) Los Cactus no Temen al Viento, antología de cuentos dominicanos. Danilo Manera, editorial Feltrinelli. Italia, 2000.
7) Cuentos Dominicanos. UNESCO y Editorial Letra Grande. Antologados por Jeannette Miller, 2000.
13) Remarking a Lost Harmony -Stories fom the Hispanic Caribbean- ( Margarite Fernández Olmos & Lizabeth Paravisini-Gebert, White Pine Press USA, 1995).
17) Antología de Cuentos Escritos por Mujeres Dominicanas (Daisy Cocco de Filippis, Edición Librería Trinitaria e Instituto del Libro, 1992).
1) Los nuevos caníbales. Antología de la más reciente poesía del Caribe Hispano. Alex Pausides, Pedro Antonio Valdez y Carlos R. Gómez. Ediciones Unión, Editora Búho y Editorial Isla Negra. Santo Domingo. 2003.
3) L’Anthologie 2000. Bienal Internacional de Poetas en Val-de-Marne. Henri Deluy. Francia. 2000.
Su nombre y biografía figuran en el libro Notable: Twentieth-Century Latin American Women (A Biographical Dictionary), editado por Cynthia Tompkins y David William Foster. (Greenwood Press. Conneticut. London. 2001).
Como corresponsal de Fempress (Red Latinoamericana de Comunicación) cubrió los siguientes eventos internacionales:
-Cumbre de Derechos Humanos (Viena, 1992), Fempress.
Ha trabajado, en calidad de consultora en materia de género, desarrollo, educación y medio ambiente, con organismos de cooperación internacional (Oxfam Internacional, PNUD, GTZ, Helvetas, Cooperación Internacional para el Desarrollo, entre otros). Y, asimismo, con un alto número de organizaciones de la sociedad civil dominicana.
- Emergencia del Silencio (Universidad Autónoma de Santo Domingo, ensayo, 1985). Un ensayo sobre la educación de las mujeres .
- Alótropos. (Editorial Alas, cuentos, 1989).
- Masticar una Rosa (Editorial Alas, cuentos, 1993).
- Arca Espejada (Editorial alas, poesía, 1994).
- Telar de Rebeldía (Editado por Espacios Culturales, poesía, 1998).
- Piedra de Sacrificio, premio nacional de cuentos. (Publicado por la Secretaría de Estado de Educación y Cultura, cuentos).
- Mudanza de los sentidos. Premio Cole de novela breve 2000. Editorial Cole (RD)
- La escritura como opción ética. Ensayos sobre la mujer y la labor creativa y sobre literatura. Editoral Cole. 2003.
- Charamicos, novela. Editorial Cole, 2003.
- Pensantes. Antologías de ensayos escritos por mujeres en torno a la cultura e historia dominicanas.
- Metáfora del cuerpo en fuga. Novela. Editorial Cole, 2006.
- Masticar una rosa y otros cuentos antologazos. Editorial Cole, 2006.
- Cuentos casi extraños. Selección de cuentos. Editorial Cole, 2007.
- En el año 2001, se publico en Italia (editorial Perosini) una colección de cuentos de Ángela Hernández, titulada: Como raccogliere l’ombra dei fiori.
- En el 2003. editorial Siruela de España publicó su novela Mudanza de los sentidos.
Fragmentos de obras de Hernández
Cuento
Nadar sabe mi llama[1]
Vamos en un tren. Una señora con gravosas sombras azules sobre los párpados caídos, sus hijas e hijo y una muchacha que los cuida.
Yo era la señora que lleva en su dedo una sortija de oro blanco y ópalo blanco. La señora de discreto olor de antigüedad. La señora con esposo honorable y retraído. La mujer atraída por otro hombre. La señora que amaba a su esposo físico. La mujer enamorada de un hombre que era un pensamiento o, menos aún, solo el perfume del pensamiento peligroso.
A riesgo de mi vida, había rescatado a cada niño de las garras de somnolientos aparatos nazistas. Los había rescatado del cáncer químico a riesgo de caer en la emboscada de sus relojes inocentes. A riesgo de volverme monumento de sal y escarcha.
Ahora soy la fresca jovenzuela en el vagón. La temerosa y tropical muchacha de senos gordos y orejas perfectas. Estoy ahí para cuidar al hijo y a las hijas de la señora de mirada mortecina y del profesor de Física Moderna, prisionero de sus conocimientos. Irrumpe un joven sudoroso de preciosa tristeza, sacudido de violentos temblores. Empuña un revolver dorado. En ese momento, soy más aún la jovenzuela de senos palpitantes y mirada selvática. Soy su emoción seducida. Sus ojos descubriendo huéspedes perseguidos que cobran forma de pequeñas mariposas agitadas. Soy su olfato de perro rabioso, de perro tristísimo, rastreando el olor a polvo talco que la niñita de pecho lleva en las ingles irritadas.
El alto intruso apoya el cañón del arma contra mi sien. La presión me fuerza a pegar la cabeza del hombro. Una gota de su sudor cae en mis pestañas.
Entran dos guardias hercúleos forrados en cachemira. Apuntan con sus pistolas al joven inclinado sobre mí, goteando su salado sudor sobre mi mejilla morena. El joven se abalanza sobre mis labios, atrapa mi lengua entre sus dientes. Siento mi cuerpo adentrarse de golpe por una oquedad caliente, húmeda, primigenia. Siento el cañón dorado, el ojo oscuro que podría escupir muerte sobre mi sien. Siento las armas frías de los fornidos guardias sobre el cráneo del joven. Sé que van a dispararle. Que va a perecer con todo y su preciosa tristeza y su exudación de ardientes gotas saladas. Y me pregunto, si a su vez él disparará a mi cabeza, llegándome ese sueño extremado con una bala dorada y un insondable y único beso.
Como respuesta, suelta mi lengua, despega su boca de mis labios espantados y le escucho decir: “Porque fuerte es el amor como la muerte y la pasión tenaz como el infierno”[2].
Luego, los fogonazos, fatales y múltiples.
[1] Del poema “Amor constante más allá de la muerte” de Francisco Quevedo:
mas no, de esotra parte, en la ribera,dejará la memoria, en donde ardía:nadar sabe mi llama la agua fría,y perder el respeto a ley severa.
El dedo recorrió la página de ocre poroso. Una emoción de sintonía le ahuecó el tacto, atrayendo paisajes de fénix, jardines con rocas y pozos cristalinos, montañas suspendidas en el vacío, cortejos gentiles de sensuales parejas tomando el té... Estas comarcas de plástica vecindad distrajeron el corazón todavía ávido de la administradora del museo. Aspiró a fondo, sintiendo su cuerpo como una joven culebra, un arcano a la par, que se le deshacía sin desciframiento; facultado, no obstante, para medrar en placenteras resonancias.
Pensó que una gota de sangre es como una conjetura sobre la manta blanquísima de la primera noche en que el vivir se aloca y precipita; de un lado, la maravilla ; del otro, el chasco. Un ojo enrojecido contemplando por la ventana la fiesta recién acabada; luego, pupila ansiosa que atisba el sendero por donde debería arribar el que desperdiga los días en lechos diferentes, buscando cerciorarse de que un cuerpo virgen no siempre suelta una gota de sangre, hasta que la propia naturaleza se ha desgastado y ya no tiene gobierno sobre el hábito.
Una gota de sangre puede ser una vidriera, un río, un cascabel rotando entre las costillas de la que mira en la ventana un punto acercándose, o alejándose.
Y pensó en la emperatriz del vaso de porcelana, que siendo máxima, no era la favorita. Y se observó a sí misma: consorte reverente figurando diademas y concubinas en relojes que no se deben descubrir, pues traducen el tiempo vertiginoso que envejece.
Supuso que una gota de sangre tendía a ser como el antojo encarnado en la nuca de su esposo; esquivo bajo la palma atribulada de su mano. Pensó en el árbol de ciruelo que gozó fugada, impúdica bajo el resguardo de otra frente y otros dedos, desdeñadores de historias sobre manchas de la primera noche. Representó papilas, poros y polen. Entonces despertaba con melodías acuáticas en el cerebro ; experimentando su naturaleza -escolopendra, azalea- los exclusivos orgasmos, para regresar sorprendida al galipote malhumorado de las idas y vueltas; incomprendiendo el hombre -único otro de sus experiencias- esa renuncia terca dictada por la responsabilidad. Una gota de sangre puede ser, efectivamente, un botón de rosa andándole en el seno, una advertencia de escape, el báculo que clausura con un golpe la tarde o una vida.
Una gota de sangre es como un disparo sobre el reloj de arena, en la hora súbita en que hay un llover sucediendo en todas partes, un diluvio del alma, una acción que revuelve. Y recordó vestimentas de verdes plaquetas, los helicópteros, las paredes horadadas y el insomnio. En la glorieta, el muchacho tocando la guitarra, luego de haber participado en un fusilamiento. Syaren acechándole desde el balcón: preciosa es la gota de azul ultramarino oscilando entre el ojo. Precisa o bamboleante como el amanecer caleidoscóspico en que, por un momento, se olvidan relámpagos y trincheras.
Una gota de sangre es abertura al infinito, por donde un ojo se contempla, y un sueño refleja a otro sueño. Y pensó que ese sueño discurriendo, como la arena en el reloj, sólo podía corresponder a Syaren, la niña de sus ojos, atravesada por una bala loca.
Una gota de sangre puede ser la pupila escudriñando la nave imposible del retorno.
Pensó también que una gota de sangre podía ser una cosa viva y bella, como un augurio: la cabeza de su primogénita avanzando por el canal de su vagina; dos grandes ojos, llevando aún la raíz y el rumor de todos los lenguajes. El aura fronteriza de los peces pegada todavía a sus contornos.
Una gota de sangre es tinta que apunta: “riel”, “estela”, debiendo cifrar lo que ella, absorbida en la diaridad, no escribió ni escribiría; pues sus intentos creativos resultaban rosáceos, a la manera tensa y tersa de la existencia que jamás estalla. Pero también puede ser un criadero de mariquitas y caléndulas, como aquello que bullera sin salir de su alma.
En fin, una gota de sangre es una chispa que sale o queda inmanifiesta. Y pensó en el libro de citas, en las polémicas audaces fluyendo por corredores bañados de ácido y en las venas del cielo abriéndose en sombras. Los cercos y cerdos. El cráneo de Eduvigis sumido por la pedrada de un camarada. Réquiem, fraternidades, laminado de sesos. Los extremistas tomando por maestros a sus otrora carceleros, el rojo casi metafísico. Las consignas y requisiciones; el summa cum laude desangrándose ante los hijos. Las manos blancas garabateadas sobre las lápidas. Rivera, el espía esmirriado, entre los árboles oscuros sometido a juicio sumarísimo. Los ciertos radicales procurando totos perfumados. La fuente, el parque, Regina Angelórum, banderas en los bolsillos. Creyó que todo eso no era más que substrato de la época en que todavía mecía a Syaren (síndrome de Down) en sus piernas, acogiendo en su pensión a universitarios y empleados públicos con sus mundillos e ínfulas, con sus especulaciones y osadías. Y presumió que la memoria, y no la vida, era obstinadamente pesimista.
Una gota de sangre puede ser, a la postre, una baja, una época, el olor del armario donde se esconden libros prohibidos o el encanto cómplice del pensionista que hubo de vencer todos los peligros, salvo el de su propia aceleración.
Pero también, una gota de sangre puede ser un mapa de gorjeos. Y figuró cunas y dientecitos irradiantes. Interferencia en la razón siniestra del que ignora y vive; su hombre anciano en propiedad de jóvenes mujeres. Pensó en moras, huevos de cigua, granizos y humos acogedores como rampas.
Pensó que su niñez había sido larga y que su vejez era demasiado larga. Pensó que toda su vida estaba hecha de transacciones y transiciones. Un viaje de tránsitos que se detendría abruptamente.
Una gota de sangre puede ser terminación, se dijo, sintiendo que su cuerpo se estremecía, mientras un sabor a ciruelas inundaba su paladar.
[2] Del Libro El Cantar de los Cantares. La Biblia.
Precisábamos un indicio prometedor para aventurarnos. Escrutando el cielo, aguardando por ruidos premonitorios que vendrían de la cordillera, extraviada entre las cortinas misericordiosas de mayo, pisé de lleno el casco de una botella rota (arrojada probablemente por uno de los guardias del cuartel). El pie derecho se me rajó en dos bandas. Beba me había prohibido chapalear sin mis sandalias de goma; pero, de qué manera coger un signo que saldría del agua como un pequeño pez si no era pisando lodo, reducida entre la piel, como una nuez seca en su tambor. Confiaba que entre el aluvión desplomándose sobre mi cabeza (llo-ver), vería un día a mi padre. Las hijas de Medrano, orondas, me decían: “Estamos esperando a papá”. Enseguida atinaba a llegar el padre. ¿Por qué un día cualquiera no iba a aparecer el mío? Imaginaba que para eso necesitaba el frío áspero del luminoso aguacero. Estar moviéndome dentro de esa sensación sin comienzo ni fin. Sentada en el quicio de la puerta, muchas veces llegué a ver a Medrano desmontarse de un vehículo con un paraguas en la mano. Pensaba yo que la lluvia traía a los padres. Y así fue como vi a Enmanuel: En su lado.
El caño de sangre de mi pie llenó poncheras: nadie imaginaba que una niña tuviera tanta sangre, que fuera casi líquida. Me habían sentado en una silla en la cocina. Desde allí veía a Beba y a mis hermanos gesticulando despavoridos, quemando papeles y colocándome cataplasmas de cenizas que se diluían en el caño de la herida. Me sentía embriagada, con sueño, como andando por un sendero de raíces leñosas, regadas como manantiales por el suelo. Al alcance de mis manos había guayabas, quesos, longaniza, ponche y tiras de rosquetes, y yo sin pizca de hambre. Estaba yéndome, vaciándome, levísima. Subía un poco sobre el asiento; filtrándome entre Lesabia y Noraima, llorosas, jalaba la camisa de Virgilio. Estaba atravesándome un viento cristalino. Los objetos adelgazaban, delitescentes. Llegaba taciturno Enmanuel, como si fuera a ejecutar un acto sin convencimiento o estuviera absorto en la llaga de su estómago. Me alzó con una mano, montándome en la yegua, delante de él. Percibía cada paso del animal y, al tiempo, sentía que estábamos dentro de una fotografía, dentro de un reloj con el horario y el minutero inservibles.
Los guardias se apersonaron con hilo, tijeras y agujas; estaban listos para atender emergencias, pero no disponían de anestesia. Me echaron al suelo. Beba, apretando los labios, me sujetaba los brazos. El sargento, llamado Manito, presionaba mi pecho, empleando ambas manos. Trataban de coserme a sangre fría, utilizando una aguja apropiada para hilvanar lona. “La hemorragia la está desangrando”, expresaba el individuo pálido que manejaba la aguja, verificando un hecho conocido antes sólo por descripción. “Desangrándose”. Ponía sus nervios en cada puntada. El barullo que yo armaba resultaba insuficiente para comunicarles que prefería morir al suplicio de las imprecisas clavadas y al yodo sobre la carne viva. De haber continuado la operación estoy convencida de que el dolor me habría matado. Virgilio había vaciado terinas, quemando hasta su camisa para echarme cenizas sobre los borbotones de sangre. Después que llegaron los guardias, se había apartado, observando agarrado a los laterales del vano de la puerta. Mis chillidos le transmitieron que iba a perecer como una desgraciada.
Charamicos
Sientes, Ercira, que las ropas te molestan. Tu blusa, floja y desmangada, deja ver tus axilas y parte del pecho, cubiertos de sudor y ceniza. La iguana desollada está sobre el fregadero. Atrae, involuntariamente, tu mirada. En el frente, al borde de la carretera, toca el perico ripiao. Los sucesos y el espacio se apelmazan : Santos estaba al llegar ; el trajín de Guillermina sirviendo a los hombres, marido y visitantes ; el café ; la música ; más ron ; entra el cabo de agua, muestra sus dientes lustrosos, prende un cigarrillo ; las risotadas y los cuentos de los visitantes, ex guardas campestres, como Cruz Luciano, el cabo de agua y un sargento... se parecen entre sí en algo indefinible, ya te sabes sus repetidos cuentos, ya te sabes su mundo ; risotadas ; oyes la voz de Santos en el frente, ha echado al suelo el racimo de guineo y satisface las curiosidades del sargento sobre el estado del conuco.
Deberías impedirle el choque a Santos, tus ojos caen sobre la iguana desollada... algo grande debe ocurrir, dentro o fuera, o empezarás a chillar como loca, o patearás indiscriminadamente, o le darás una dentellada a Cruz Luciano. Un temblor de tierra, una tormenta, un viaje abrupto de puro movimiento con el que puedas sintonizar tu ser a punto de estallar. En ti pululan oleajes de calor, la música y la furia irrefrenable, la profunda empatía con Santos y el sentimiento de traición. Hay que atajar a tu hermano lerdo. Evitarle el espanto que le suscitará la iguana desollada. Por lo menos hasta que Guillermina acabe de destrozarla. Hay que arrojar el cuero a la letrina... Una oleada de frío te recorre la espina dorsal. Tiemblan tus hombros... Santos babeará. Desgonzado sobre el banco de la cocina, babeará y por su floja baba se escurrirán todas las tinieblas de la vida... El sargento tiene un revólver; el cabo de agua, su escopeta; los ex guardas campestres, afilados cuchillos de dieciséis centímetros... Si pudieras, saltarías sobre ellos, los morderías, antes que ellos engullan la carne del animal que Santos quiere más que a la niña de sus ojos... Tu cabeza se sacude como sometida a corrientazos. Empieza la volición, que luego, se tornará característica conocida.
En el suelo, una raya trazada con carbón. Desde la cual se despliega una ventana alucinada. Subes por ella. A horcajadas en la ventana, los pies se te agitan. Brincan, rebotan. El aire se hace elástico, elástico el dorso. Escuchas los pasos de Santos. Ha vuelto a cargar el racimo de guineos. Se acerca a la cocina. Guillermina descuartiza a la iguana a golpes de machete. Guillermina es una extraña que suda con un machete en alto. Tu elástico cuerpo se contorsiona. Música. Te salen lágrimas. Estás riéndose. Ves el fuego crepitar. Farándula, el perro de Santos, ladra inquieto. Los sartenes colgados en el seto. Tú y Guillermina los han brillado, antes de que llegaran los visitantes. Los brillantes sartenes brillados para el ojo de ex guardias campestres, el cabo de agua y el sargento. Los brillantes sartenes brillados se mudan en el aire móvil. Pateas. Tu cuerpo se dobla y contorsiona de extremo a extremo de la ventana. Poder, ¿qué poder? Cruz Luciano fue un poder por allí. Tiempo atrás. Había regado sus semillas por kilómetros a la redonda. Un semillero de hijos. Poder, ¿qué poder? Sobre ustedes, la última camada, ejerce el poder. La iguana de Santos, en trozos, se está sancochando ya. Y tú saltabas de la ventana y te arremolinabas cerca de los músicos. Cruz Luciano se desvanecía. El cabo de agua, los ex guardas campestres y el sargento se desvanecían. Santos soltaba el racimo de guineos para mirarte. Por la boca soltaba baba. La luz solar buscaba quedarse. Sólo la música, sólo la música. Sólo tú girando ciega. Frizado el azul de la ventana. Te acuclillas, levantas los pies, giras. Los dedos anudados. Fuerza. Te desplazas sin gota de sangre en tu cara. Sólo la música. Los dedos rompiendo espacio. Los hombres, desvanecidos, con una mirada de ceniza sobre tu baile. Soplas sobre ella. La ceniza se difumina “Seres”, grita Guillermina. El sargento satisface su curiosidad de ver “una mujer montada”, te ofrece la botella de ron. “Seres”, repite Guillermina. “Quieren comer iguana, los seres han venido a comer iguana y ron”, dice Cruz Luciano. Santos babea, seguido de Farándula, buscando la iguana entre los cayucos.
A su tiempo Ercira, lo supe. En ti el baile no era fiesta, sino contracción del vacío, pronunciamiento de naturaleza. Mil espectros andaban por tus huesos. “¿Dónde aprendiste a mover ese culo?”, te preguntarían los imbéciles. Un trotar de bestias, digo; por tu vientre una manada de caballos salvajes.
Emilia Pereyra
Biografía
Comenzó su carrera literaria en la adolescencia, en Azua. En esa época, ganó el segundo premio a nivel nacional en un concurso organizado por el Consejo Nacional para la Niñez (CONANI), con un ensayo sobre la situación de las familias en las zonas marginadas. Entonces, se integró al Círculo de Estudios Literarios Azuano, invitada por otros jóvenes escritores de su provincia, como Virgilio López y Otto Milanesse. En esa etapa también ganó premios literarios y menciones en el género cuento.
Ha ejercido el periodismo informativo, interpretativo y de opinión en los principales medios de comunicación del país. En el desaparecido periódico El Siglo fue reportera, directora de suplementos y jefa de información. También laboró como jefa de información de El Caribe y directora de Noticias de SIN (Servicio Informativo de Noticias).
En 1998, su novela “Cenizas del querer” figuró entre las diez semifinalistas del Premio Planeta, uno de los galardones más importantes otorgados a novelas escritas en lengua española. Ha publicado las novelas “Cenizas del querer”, “El Crimen verde” y “Cóctel con frenesí”. También el libro “Rasgos y figuras”, conjunto de perfiles biográficos previamente publicados en el diario Hoy.
Su novela “Cóctel con frenesí” está en proceso de traducción al noruego. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés y al italiano. Además figuran en antologías nacionales y extranjeras. La autora tiene una novela inédita y un libro de relatos, en proceso de edición.
En 2005, se le concedió una beca literaria de dos meses en Leding House, una prestigiosa residencia que reúne a escritores de todo el mundo, en Hudson, Estados Unidos, bajo la dirección de la reconocida fundación internacional Art Omi. Un año después, fue becada para participar en un curso sobre periodismo en áreas de conflictos, que concentró a periodistas y escritores de Latinoamérica en Israel.
En abril pasado editorial Letra Gráfica publicó la segunda edición de su novela “Cenizas del querer”.
La X Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2007 declaró una calle con su nombre el 2 de mayo del año 2007.
Emilia Pereyra es miembro del Grupo de Narradores Mester de la Academia Dominicana de Lengua. Con motivo de su ingreso al colectivo, en febrero pasado, pronunció una conferencia sobre “El lenguaje contemporáneo en cuatro novelas dominicanas”.
Actualmente, la escritora y periodista mantiene una columna semanal en el diario local El Caribe y en La Razón, periódico dirigido al público hispano en los Estados Unidos. En esas publicaciones aborda relativos a la actualidad y a la cultura. Especialmente enfoca los temas literarios y los vinculados al uso de la lengua española.
- El crimen verde
- Cenizas del querer
- Cóctel con frenesí
- Rasgos y figuras
- El inapelable designio de Dios
Fragmentos de obras de Pereyra

Novela
Cenizas del querer
Noche arrasada
Las lluvias de septiembre entraron en plena noche con furia. Fueron recibidas con algarabía por la población cansada del paisaje agreste y de la tierra seca, deseosa de que fuera bienhechor su efecto y trajera una abundante cosecha de víveres y frutas.
En poco tiempo, la naturaleza reveló toda su potencia demoledora. Los vientos y las aguas inmisericordes derribaron árboles, hicieron volar techos de cinc y de palma, rompieron carreteras, sembraron desolación en villorrios paupérrimos, destruyeron puentes, mataron animales y asolaron platanales y cafetales. La tierra sedienta bebió hasta saciarse y fue surcada por riadas salvajes.
Al octavo día de aguaceros casi ininterrumpidos asomó un sol débil. La gente, aún temerosa, pudo salir a la calle para abastecerse de provisiones. Pero la pausa no fue duradera. En la noche, otra vez cundió el temor en el pueblo. Las fuerzas de la naturaleza reiniciaban la destrucción.
Nuevamente, se reportaron tragedias y las compungidas y asustadas mujeres fueron a rezar a iglesias y escuelas, con rosarios en las manos y velas encendidas, y pidieron al Altísimo que interviniera para que se detuviera la lluvia y cesaran tantas desgracias.
Las aguas siguieron precipitándose sobre las techumbres de las casonas de madera y obligaron a las brigadas del cuerpo de bomberos y de la defensa civil a internarse en las tierras inundadas para socorrer a las víctimas y recoger cadáveres.
Florita, que arrastraba desde la niñez un miedo a la temporada ciclónica, estaba conmocionada, tal y como ocurría cada año, cuando el viento ganaba un vigor primitivo y su mundo se volvía inhabitable.
Tendida sobre el catre, halándose las greñas, veía transcurrir las horas. Se mordía las uñas hasta sangrar. Le atormentaba la idea de que allá, en Pozo Seco, probablemente la casucha endeble de su madre hubiese sido destruida por la crecida del arroyo, que en época de tempestad se convertía en una imparable fuerza que tumbaba plantíos, devoraba animales y mataba a mucha gente.
Imaginaba los cuerpos magullados de sus familiares flotando sobre las aguas salvajes y turbias, golpeándose con los pedregales de los ríos y las ramas de los árboles, confundidos con los despojos de los cerdos, perros, chivos y aves.
Sus ojos espantados miraban a través de las lágrimas y su pecho era estremecido por la fuerza de los sollozos. No podía dormir, no podía descansar. Escuchaba el agua caer y ese sonido era una tortura. Se daba cuenta de que la lluvia se volvía más intensa. Tenía miedo de que cualquier río del pueblo se desbordara y la arrastrara.
Hizo un esfuerzo por envalentonarse. Respiró ruidosamente. Se levantó de la estrecha cama y atisbó por una rendija. Vio el patio anegado, los cacharros flotando, las brillantes ramas de las matas dobladas y abatidas. Se sintió desamparada en el fondo de la casa. Supuso que Dinda dormía en la habitación de Divina Pastora, ya convertida en una adolescente, temerosa desde el inicio de los días de tormenta.
Inquieta, daba vueltas en la habitación. Era muy tarde cuando la abatió el sueño. Se acunó en los brazos de la inconsciencia y la oscuridad. Eran las cuatro de la madrugada. La puerta de madera crecida rechinó al contacto con el rústico piso de la habitación. Se sentó de golpe sobre la cama al sentir una mano sujetándole el brazo. Gritó, pero su voz fue tragada por el sonido de la lluvia renovada y por el estrépito de un trueno.
Fue deslumbrada por un destello de luz colocado sobre sus ojos atónitos. Cerró los párpados para acostumbrarse a la intrusa claridad.
–¿Quién es?
–¡Cállate! No grites. No pasará nada.
–¿Qué quiere?
–No digas nada, no digas mi nombre. No quiero que nadie se entere. Si gritas te echo de la casa ahora mismo, en medio de este aguacero.
Las manazas mojadas la sujetaron con fuerza y le desgarraron la bata de dormir. Estuvo a punto de dejar escapar otro grito, pero se contuvo. Cerró los ojos, cerró las manos e imploró a Ogún Balenyó. Entonces sintió al hombre corpulento aplastándola, el aliento sobre su cuello, muy cerca de sus labios, las manos tocándola y sus propias lágrimas quemándole las mejillas. De su anatomía emanó un fuerte olor a flores mustias. Por un momento, don Demóstenes se cubrió la nariz y tosió levemente. Luego siguió embistiéndola con la fuerza de un potro.
Volvió a respirar a las seis de la mañana. A esa hora la puerta nuevamente rechinó y ella se encontró otra vez sola, sobrecogida por el abatimiento y el devastador recuerdo. Su cuerpo y su alma estaban desgastados. Era como si un huracán la hubiese batido. Su piel conservaba una sensación ardiente. Intentó levantarse. Un dolor en las entrepiernas le impidió caminar.
Se recostó, colocó la cabeza en la almohada y múltiples pensamientos la confundieron. De súbito, se incorporó y revolvió, presurosa, las viejas sábanas. Descubrió la mancha escarlata en el centro de la cama. Una punzada le atravesó el pecho y se echó a llorar desconsoladamente, diciéndose no sirvo para nada, me dañó, ¡ese maldito! Apretando los puños para contener la rabia, tuvo la intención de golpearse. Respiró hondo y sintió ganas de morir.
Afuera, el sol había despertado. Iluminaba las recién lavadas y lustrosas hojas del robusto limoncillo, las siemprevivas, las cayenas y las sábilas y sorbían lentamente el agua de los charcos. Dinda tocó la puerta. Era cerca de las nueve de la mañana y ella no pudo responderle. El débil chorro de voz se le quebrantó y de su boca reseca sólo salió un extraño ruido, a punto de convertirse en llanto.
–Y a ti, ¿qué te ha pasado? ¿No sabes que tenemos que trabajar? ¡Muchacha, es hora de levantarse! Ya no está lloviendo.
Florita arrojó sobre la mujer una mirada desoladora y permaneció sentada sobre la cama, cabizbaja, enmudecida. Su rostro era una máscara azotada por el dolor. Sus ojos, un lago de tristeza.
–¡Camina Florita, que la doña te echa de menos!– tronó la cocinera.
–Dígale que me siento mal, que no me puedo levantar– respondió y ocultó otra vez la cara de ébano en la almohada. Dinda salió hecha una tromba.
–¡Estas muchachitas de ahora no quieren dar un golpe!– gritó–. ¡Se lo voy a decir a la doña, a ver si te manda para el campo, haragana! No se da cuenta de que hoy tenemos trabajo de sobra. La casa está hecha un asco, el agua lo ha dañado todo... Ésa lo que no quiere es mover el cuerpo para que yo tenga que trabajar sola.
Florita se dobló sobre la cama y comenzó a llorar. Después se quedó sumergida en un letargo. A las cinco de la tarde, escuchó el chirrido de la puerta. Era Dinda de nuevo.
–¡Levántate, haragana, te traen una noticia del campo!– le voceó.
Florita, ovillada sobre la cama, abrió los párpados hinchados.
–¿Qué pasó? ¿Le ocurrió algo malo a mamá? ¿El temporal acabó por allá? ¡Dígame, dígamelo, Dinda! ¡No me hable mentira!
–No sé. A mí no me dijeron nada. Ahí anda un primo tuyo. Está en la calle y te trae una noticia. ¡Levántate!
Florita se lanzó de la cama y se vistió rápidamente. No tuvo tiempo para mirarse en el espejo. Salió al patio aún anegado. De un tranco atravesó el pasillo, sin mirar a doña Beatriz ni a Divina Pastora.
Ganó la puerta de la calle y encontró a Milito, desconsolado, sosteniéndose sobre las árganas de un famélico burro, cuyas patas estaban sucias de barro.
–¿Qué fue lo qué pasó? –le preguntó abriendo los brazos, y comenzó a chapalear en el lodazal.
–¡Ay!, Flora, Florita, no te asustes, no te pongas mal. Hay que tener valor. El río creció y se los llevó a toditos. No quedó nada, ni siquiera el rancho. Se jodieron todos. Tu mamá fue a la primera que el río se llevó. Y yo me salvé por Jesucristo, por Dios, seguramente.
Florita lanzó un grito, su cara se contrajo y se desplomó sobre el cieno. Milito se apeó del burro y empezó a llamarla.
Dinda, doña Beatriz y Divina Pastora llegaron muy rápido. Junto a ellas se congregaron algunos vecinos. Levantaron el cuerpo desmayado, coronado por una cabellera cubierta por una mezcla terrosa, y lo llevaron a la habitación. Milito miró el cielo turbio. Colocó la mano tosca sobre las huesudas ancas del animal y empezó a moverse nerviosamente.
Cuento
Rejuegos contra una tarde de hastío
Te sentiste abatida por el cansancio, pero te dijiste ya falta muy poco, apenas un pequeño tramo de un grueso estante. Te pasaste las manos por el rostro sudoroso, respiraste hondo y te animaste a terminar. Diste un paso; otro. Estiraste el brazo derecho y te apoderaste de un libro de cubierta azul. Leíste su nombre, escrito con elegantes trazos color oro. Sonreíste. Ese gesto te animó el semblante, hinchando tus mejillas e inyectando un poco de brillo a tu cansino mirar.
No pudiste evitarlo. Pensaste en él, con una potencia que ahuyentó cualquier otro pensamiento. Era su último libro. Recordaste que no habías terminado de leerlo y te sentiste en falta. Todo lo que él escribía debías conocerlo, para buscar las claves con las que se unía o se separa de ti desde hacía varios años.
Lo abriste. En la solapa encontraste su fotografía. Una imagen en la que aparecía elegantemente vestido, con circunspecta expresión de autor consagrado. Allí, de pie, con el libro en la mano, te permitiste una debilidad que creías imposible: dejaste que brotara esa vieja y escondida pasión macerada por los años, por un confuso juego de persecución incomprensible, iniciado y alimentado por los dos.
Posaste un dedo sobre la nariz, la boca de finos labios, los ojos ovalados, el nudo de la corbata, el negro traje de casimir. Navegaste mar afuera en su mirada. Un estremecimiento te hizo tambalear, como si estuvieras otra vez transitando por caminos de su cuerpo o como si él te acariciara de nuevo.
Buscaste el índice y abriste el volumen en la página treinta y siete. Fijaste los ojos sobre el título “Rejuegos contra una tarde de hastío”. Una chispa interna, encendida de repente te envaró. Tus labios se entreabrieron. Tus pupilas agigantadas siguieron las primeras letras, y una sensación embriagante corrió por tus venas y aventó tu pecho. El delirio viajaba por tu sangre.
Las paredes de la casa fueron pobladas por su voz grave, por esa voz que a veces escuchabas por teléfono, te alteraba el ritmo cardíaco y que siempre reconocerías aunque pasaran miles de años. Colocaste con manos trémulas el libro grueso sobre el sofá, tapizado con terciopelo azul, y, parsimoniosa, avanzaste hacia el baño. Empujaste la puerta. Detuviste tus pies descalzos sobre el primer mosaico. Te llevaste las manos al pecho para ahogar un presentimiento, una certeza, un grito. Colocaste las manos en la cabeza. Miraste. Viste la pequeña cortina quieta, colocada sobre la ventana, buscaste, anonadada, el persistente y arrítmico sonido de la ducha abierta, y despacio, muy despacio, obedeciendo quién sabe a qué impulso, quién sabe a cuál llamado, te despojaste del vestido sucio de polvo y del pequeño reloj.
Corriste la puerta de la bañera y lo encontraste allí, con el torso desnudo y la mirada llameante. No dudaste un segundo. Tomaste sus largas manos y se fundieron sus dedos. Él te sujetó con fuerza prendiéndote de su cuerpo mojado. Alzaste el rostro. Te encontraste de frente con la faz arrebatada, la cabeza de pelo empapado. De inmediato te sumergió en sus ojos encendidos por una luz plateada. Te sacudieron sus ímpetus y los deliciosos calores de sus labios.
No te moviste más. Seguiste junto a él, prisionera por propia voluntad, ahora sujetándote con las tenazas de sus manos. Tú aproximabas los senos palpitantes a su pecho poblado de vellos rizados, entregándote a la necesidad de perpetuar para siempre ese momento.
Viste prodigiosamente las burbujas de jabón. Globos frágiles y diminutos resbalaban por su espalda, espejos esféricos, pequeños reflejos iridiscentes de la luz vertida por la bombilla, mientras el agua transparente se derramaba rauda, incesante y musical.
Continúo el viaje a tus honduras. Dejaste que él aleteara tu mundo entreverado y se deslizara, presuroso, por tus recodos y se saciara en tus oquedades. ¡Cuánta pasión derramada en la punta de tus pechos! El murmullo del agua era cántico sutil, coro de diosas afinadas, dulces y embriagadoras, llegado cuán eco lejano.
Apenas lanzaste un sonido. Tu cuerpo delgado sumergido casi por completo en la bañera, bajo el peso de él. Tu vientre palpitó, se renovó y se infló bajo su respiración. Dejaste muy quieto un pie sobre una pastilla de jabón, sin hablar, apenas respirando, apenas rozando tu piel húmeda y viva.
No decías nada. Mirabas el techo, deslumbrada, temerosa de que aquel momento se diluyera. Cerraste los ojos y supiste que habías entrado en un hábitat sorprendente. Volviste a mirarlo con asombro. Te atenazó el deseo de perpetuar esos momentos. Tuviste un instante de lucidez. Te dominó la certidumbre de que no era posible. Lloraste de auténtico placer y de dolor, con las manos de él recogiendo tus lágrimas. No dijo nada, no hizo nada, salvo mirarte, compasivo, disfrutando de los despojos de la satisfacción y de los recuerdos. Comprendiste que lo único que podías hacer era ser feliz si se podía ser feliz y lo lograste por un segundo.
Al rato, te quedabas dormida, sabiendo que él comenzaba a reposar sobre tu vientre. Sus cuerpos aún en el agua tibia y perfumada de la bañera, las piernas enlazadas y escondidas bajo las débiles y suaves capas de la espuma. Moraban en esa somnolencia, en esa quieta y reparadora somnolencia, sabiendo que...
Despertaste al rato, cubierta por el polvo de los libros. Miraste a través de la ventana. Las manos casi invisibles habían teñido el cielo de púrpura. Sentiste pánico. Corriste al baño y miraste la bañera. Todo estaba seco, menos una pequeña porción del piso, salpicada por unas gotitas de agua. Viste las cañerías enmudecidas, el jabón intacto y las toallas dobladas.
Te estremeciste. Tu rostro se tornó blanco y a tus piernas le faltaron fuerzas para sostenerte. Los mosaicos cedían bajo tu peso. Parecía que las paredes te comerían en un festín de fieras hambrientas.
Saliste de la habitación. Cuando retornabas a la sala, recorriste el pasillo invadido por la oscuridad y escuchaste el repiquetear del teléfono. Te detuviste. Respiraste, sin saber qué hacer. No te animabas a tomar el auricular. El aparato sonaba con insistencia.
–Aló.
Escuchaste su voz nítida. Su conocida y anhelada respiración. Instintivamente miraste “Rejuegos contra una tarde de hastío”. Le diste una patada al libro. No quisiste oír más. Cortaste la comunicación y permaneciste de pie, asolada por un vendaval, como colgada de una famélica rama, siguiendo con ojos vacíos una débil luz que surcaba el cielo, tratando de descifrar tal vez qué escondía su inmensidad.
Observaste a tu alrededor. Lo encontraste en todas partes. Su rostro en el techo. Sus ojos abiertos mirándote contemplativamente. En el sofá, sus manos.
Saliste corriendo, rompiste el cristal de la ventana y te recibió el vacío. Apenas viste sus brazos abiertos contra una nube de algodón y no los pudiste tocar. Llegó en el instante en que se agitaban las esquinas de la sábana ensangrentada. Tu aliento se extinguía. Ya te llevaban, envuelta en el ulular de las sirenas. Impávido, te miró con la pasión de siempre. Te extendió los brazos y tocaste la punta de sus dedos. Se fueron, disueltos en la nada, y todo volvió a empezar.
Miguel Solano
“Crecí en San Miguel, un batey cañero que legalmente pertenece a El Seibo, comercialmente a Hato Mayor del Rey y administrativamente a San Pedro de Macorís: Soy de las tres provincias; cuatro si me suman en la que nací; soy como el Sol: Una luz que viene del Este”.
Hizo sus estudios primarios y secundarios en San Miguel, Mata de Palma y Hato Mayor. Economía en la Universidad Central del Este; Postgrado en Economía Agrícola en el Instituto de Estudios Agrícolas de Mutigliano, Luccas, Italia. Licenciado en Bienes Raíces en la Escuela del Estado de Massachussets, Estados Unidos, y Master en Bienes Raíces en la Corporación Century 21.
Fue redactor editorialista del periódico Vanguardia del Pueblo y de la revista Política, Teoría y Acción, del Partido de la Liberación Dominicana. Fue Coordinador del Equipo del Candidato Vicepresidencial, Doctor Leonel Fernández cuando éste fue como compañero de boleta del Profesor Juan Bosch en las elecciones del 16 de mayo de 1994.
Coordinador de campaña del Doctor Leonel Fernández durante las primarias peledeísta del 1995, una vez ganada pasó a ser el Asistente del Candidato Presidencial y Columnista Estratégico. Cuando el PLD, con Leonel Fernández como candidato presidencial ganó las elecciones del 16 de mayo 1996, ocupó el puesto de Subsecretario Técnico de la Presidencia, de donde fue cancelado 15 días después por haber denunciado las violaciones a las leyes administrativa y el inició de la corrupción en la Administración Pública, hecho que provocó uno de los mayores escándalo político en la era moderna de la República Dominicana, pues Miguel Solano y Leonel Fernández tenían una amistad y alianza política de más de 20 años.
En las elecciones de 2004 fue Precandidato Presidencial por el PLD, Partido en el que ahora es conocido como El Tiburón. En la actualidad es un influyente hombre público, con presencia permanente en los medios de comunicación, un conferencista en los centros académicos nacionales y extranjeros, con 14 obras publicadas y traducido al italiano y al inglés.
Es Coordinador Operativo de Publicaciones de la Academia Dominicana de la Lengua, Dirigente Nacional del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular Internacional, Miembro del grupo Mester, Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua y fundador, líder y Presidente de la Asociación Quisqueyana de Intelectuales-AQI-. Está incluido en El Ideal Interior: Teoría Estética y Creación Literaria (2005), del Presidente de la Academia Dominicana de la Lengua, doctor Bruno Rosario Candelier; en el Diccionario de Autores Dominicanos (1492-2003), en el Diccionario Político Dominicano (1821-2000), de Cándido Gerón, en la Antología Escritores del la Provincia Hato Mayor y A la sombra del cañaveral, Antología de cuentistas del Este, de Isael Pérez. Obras: El detector de alcohol (1997); Desafío en la década del alma, (1999, poesía); Pedagogía del alma (2000, cuentos); El Castigo Final (2000, cuentos); La generación sin conflictos (2002, cuentos); Memorias del alma (2002, cuentos); El Culpable (2004, cuentos); Ópera del cernícalo (2004, cuentos), Las lágrimas de mi papá (2005, novela); ¡Explorando! La imaginación infantil (2006, cuentos infantiles); Sinfonía del águila (2006, Cuentos); La sagrada familia (2006, novela); PRISAJÚ: ¡El extraño caso del perro que quería ser Rey! (2007, novela en fábula).
Fragmentos de obras de Solano
El beso perdido
A Samantha Patrizia Taruffi que siempre, en mi memoria, aletea como una sombra fresca.
Por Miguel Solano
La vi marcharse como el Sol, con un aura de regreso sin dudas, contemplé el paladar de sus pasos y me dije:¡ El amor ha venido a bembetiar un rato!Era un día cualquiera de marzo de 1987, la nieve, la lluvia y el sol peleaban por dominar los cielos, la tierra y los mares, todos cubiertos de aves, que sometidas, desafiaban los vientos y los tiempos. La Gran Perestroika estaba en marcha, marchaba hacia la destrucción de lo que había creado. Yo estaba en las afueras de un restaurante en Venecia, Italia. Me tomaba un capuchino y leía un libro sobre economíaagrícola europea; entonces escuché una voz suave, como una razón para creer, que me dijo:
―Cuando os hayáis encontrado a vosotros mismos podréis tener conocimientos; hasta entonces y mientras tanto, solo tenéis opiniones.
Las opiniones están basadas en el hábito y en lo que concebís que es conveniente para vosotros, respondí siguiendo el mismo juego de lenguaje.
―Excelente!, me sorprendes, ¿cómo sabías eso?
―En un determinado momento, una pregunta puede no tener respuesta por el estado de quien pregunta.
―Es una bella forma de echarme, acabas de hacerlo.
―No, no eres un ave de paso.
―Acabas de hacer profecía, me aseguro. Y el hecho de que usted esté leyendo este cuento le dice que nuestra anhelada dama tenia razón, muchas razones: ¡Hice profecía! A partir de ahí ha vivido en la confortable cama de mi memoria, en la hamaca de mi corazón, y se mece con plenitud y libertad. Retome el dialogo e hice lo que debí haber hecho tan pronto cai embrujado por su angelical y sexual mirada:
―No, es todo lo contrario, no te he echado, te quedaste conmigo, no podría hacerlo, estoy sin respuesta frente a la embriagadora mirada de tus ojos, que me dominan como la mar a las olas, tanto que ni siquiera he tenido la amabilidad de invitarla a sentarse. Aunque sería delicioso seguir mirando todo tu cuerpo y sentir como mi alma viaja por él, a través de él, por favor, acompáñeme.
Sin romper la conexión entre nuestros ojos, movió con su mano izquierda su cabello hacia atrás, dejando resplandecer la luz que brotaba de su rostro, con la derecha hizo un movimiento como si fuese a despojarse de unos espejuelos, que no tenía, de acuerdo con mis ojos y lentamente, descendiendo como una nube, puso en mi mesa su cuerpo, en el espaldar de la silla su cartera e hizo la pregunta con la que se inicia la conversación entre extraños, si alguna vez lo hemos sido:
―¿De dónde eres y qué haces aquí?
―Soy de una isla llamada Quisqueya, bañada por las aguas de los mares Caribe y Atlántico y poblada por dos naciones, bien diferentes:Haití y RepúblicaDominicana. Yo soy de esta última. Estoy estudiando economíaagrícola en el Instituto Mutigliano, de Luccas; y como no se puede, lo prohíbe el Mercader de Venecia, venir a Italia sin visitarla, aquí estoy, buscando un destino suelto, que corre como serpiente frente a mí . Y tú, ¿qué haces en la Tierra, donde no se puede llegar por tierra?
―Soy una profesora de lenguas en la universidad de Roma y vengo dos veces al mes para dar clase. ¿Por qué me miras así, no me crees?
―No, no es que no te creas, es que acabo de desnudarte, cosa propia de los caribeños; en los países civilizados se nos somete a la justicia por mirar a las mujeres con intensidad, por piropearlas, por amarlas mientras caminan .
―¿Qué me quieres decir?
Pensé mil veces en decir lo que debía responder, en asegurarme de que el furor, la fogosidadCaribella no se convirtiera en una forma de ofensa, fui lo mas artístico que pude:
―Estoy tan estremecido por tu belleza que mi mente acaba de tomar una fotografía tuya, pero al hacerlo te despojo de tus ropas, así pues que te puedes imaginar el tipo de sangre que corre por mis venas y, sobre todo,imaginarte hacia donde se desplaza.
Y entoncestraté de que mi apetito sexual dejara de ser tema lo máspronto posible e hice una pregunta: ¿Qué te trajo aquí, a mi mesa, donde mí?
―Sin proponérmelo mi vista bajo por la ventana del aula, te vi y le dije a mis estudiantes que yo apostaba a que cuando terminara de dar clase tú aún estaría aquí. Vine a darte las gracias por haberme permitido ganar, en ti se puede apostar.
Buscando las huellas de sus ojos alegres, buscando el amor de sus labios sin horas, queriendo atrapar las brisas que movían sus cabellos, miré su identificación y como quien ha descubierto demasiado, conjugué:
― Francesca D’ Levini, es un hermoso nombre, de verdad, un nombre de profesora. Aún no entiendo por qué , pero me hizo una pregunta que llegó sin pena, sin curiosidad, como quien sabe la respuesta y como quien sabe lo que ocurrirá a partir de ahí: “¿ Cuándo te marchas?”
―Para Florencia salgo en el próximo tren, en el de las dos y media. ¿ Y Su Majestad?
―Yo termino ni clase a las cuatro y treinta de la tarde, salgo para Florencia a las cinco y allá tomo el tren para Roma.
―Entonces voy a cambiar mi boleto y me iré contigo… Seguí leyendo mi libro y esperé hasta que escuché su voz anunciarme su llegada. Tomamos el barco que nos llevó hasta la estación de tren y nos sentamos en un vagón en el que solo íbamosnosotros dos. Desde Venecia a Florencia la conversación fue intensa, como nunca la había tenido en mi vida. Yo le hice cuantas preguntas tenía en mi cabeza sobre lo que había visto y no entendía de Europa. Ella lasrespondió todas con una visiónprofética. Tomé sus manos y con suavidad taina le acaricie aquella piel que aún no había visto veintiocho abriles. Ella se dejó llevar y se acercó a mí para construir con el viento un tono musical, como el de un piano en medio de la mar.
―Puedo sentir la pasión de tus sentimientos tocar mi piel y cada toque recorre la edad de mi alma como si fuese la luz de una estrella, me murmuró .
―Creo que este momento, tan eterno como el Universo, tan calido como el Sol une a nuestros cuerpos y a nuestras almas para siempre, para un siempre sin pasado.
―Has vuelto a profetizar, quizás ya no tenga que volver a hablar contigo, hemos hablado de amor y me quieres como te quiero yo.
Puso sus manos sobre mi rostro, “no se puede saber cómo llegas, no se debe saber dónde estas”; sin importale el tiempo, caminó sobre mi piel distribuyéndose como el agua de una cascada, enredó sus dedos en cada pelo de mi corto cabello. El tren se detuvo, habíamos llegado a Florencia. Me levantó del asiento, me apretó contra su pecho y atrapó mi rostro con sus manos mientras con pasión aferrada a una ilusión milenaria me besaba. Puso su mano sobre mi hombro y me condujo hasta la puerta circular del tren. Allí me abrazó de nuevo y tiernamente volvió a besarme. Yo la apretaba con toda la fuerza de mí ser. Ella condujo sus manos hasta encontrar las mías y ambos cerramos los ojos para besarnos una vez más . La puerta circular empezó a girar y ella se soltó de mí para quedar en el otro lado. Cuando crucé , Francesca no estaba. Caminé todo el tren en busca de ella, le pedí al conductor que la llamara por el micrófono: no hubo respuesta. Estuve allí caminando por un tiempo, tan largo que no parecía tener rincón, tomé el tren que me llevaría hasta Montecatini y sin mirar la marcha del Sol, me fui a mi habitación en el Hotel Minerva. Su presencia en mi soledad me trajo estos versos:
Me lleva entre tus labios
y me desvela un misterio que no me intriga.
Me acomoda en un pequeño rincón
elevado en el ala este de tu alma
y tengo una buena visión de tus ocupados sentimientos.
Allí contemplo las flores que nunca se marchitan
Y aunque transcurren todas las hora del Universo, no me impaciento.
Cada mirada viene descifrada
trae inequívocos
y en estos sueños atrapados para siempre
sacudimos la esperanza para reconocer los síntomas
para seguir comprendiendo desprevenidas miradas.
Vago por las huellas de tus deseos, como un ratonero
y me encuentro que tú no piensas en ti
que cuando tus pupilas se elevan en las mías
muere todo lo desafortunado.
Durante la semana me quedé sin entender lo que me había pasado. Hice que todas mis clases terminaran el jueves y en el tren de la tarde estaba viajando hacia Roma, que esperaba encontrarla invertida, hecha amor. El viernes en la mañana me presenté al departamento de lenguas de la Universidad del antiguo imperio.
― ¿Puedo hablar con Francesca D’ Levini?, le pregunté a una joven que parecía ser la encargada de información.
―¿Ella es una estudiante o una profesora?
―Es una profesora.
―Lo siento, pero no tenemos ninguna profesora con ese nombre. Quizás usted tiene el nombre equivocado. Ahora, yo conozco a todas las profesoras, si usted me la describe, aumenta mi posibilidad de que pueda ayudarlo.
―Ella debe tener cinco pies, siete pulgadas, aún creciendo, tiene unas ciento dieciocho libras, unos veinte y siete años, su cabello castaño largo, de perfil corto, ojos verdes intenso, color blanco quemado y cuerpo, piernas, pecho, y nalgas distribuidos como en una estatua de reina.
―Me agrada su capacidad descriptiva. Ha descrito usted el pez que se escapó , pero lo siento, aquí no tenemos a alguien así.
Ese día me lo pasé andando por las calles de Roma, que no se invirtió, acompañando mi dolor siguió siendo Roma, la imperial. Mi esperanza de encontrar a Francesca tenía la fuerza de millones de rayos, poseía la fe de todos los profetas juntos. En cada mujer me parecía verla, pero la cercanía, como una diabla, es una asesina de las ilusiones. Una vez más , su ausencia presente me lame, dejándome versos:
Tus palabras bailan sambas en mis oídos
me susurran miradas
inclinan el silencio de cada minuto.
Siento tus labios rozar el apetito de la casualidad
descubrir la última copa de un grueso tronco surcado de mañana
y llegar a su cruce como una estatua de río.
Me refugio en tu desierto instante
y un manto de volverse vislumbra mis manos desapareciendo
huyendo hacia las faldas de tus montañas que gimen un susurro.
El sábado en la mañana tomé el tren rumbo a Venecia:quería estar seguro de que Francesca existía. Al llegar dirigí mi mirada hacia la ventana que siete días atrás Francesca me habíaseñalado cuando me dijo que desde allá me había visto. Mi corazón se infló hasta lo infinito, quizás más allá . A través de la ventana pude ver su rostro de rosa roja. Corrí por el edificio, subí las escaleras y llegué hasta el aula. Abrí la puerta, entré , olí su perfume de cuerpo en celo y tuve que aceptar el engaño de las fuerzas físicas, el devenir de las ilusiones. Fui entonces a la DirecciónUniversitaria, hice las mismas preguntas y di la misma descripción. Las respuestas fueron las mismas: Lo siento.
Rafael Peralta Romero

Biografía
Rafael Peralta Romero es escritor y profesor universitario de los departamentos de Letras y Comunicación Social. Nació en Miches, provincia El Seibo, República Dominicana, el 3 de diciembre de 1948.
Es licenciado en Comunicación Social, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, academia en la que realizó un post-grado en Lengua Española y Literatura.
Tiene una amplia experiencia en el ejercicio del periodismo y de las relaciones públicas, áreas en las que ha desempeñado importantes posiciones ejecutivas.
Listado de obras publicadas
- Niño y Poesía, poemas, Editora Taller, 1977.
Punto por Punto, cuentos, Editora Colonial, 1977 y Editorial Gente, 1998 (2da edición).
Las Piedras sobre las Flores, poesía, Editora Taller, 1985.
Siete poemas incorregibles (escrito con otros autores), Editorial Gente, 1986.
Romance del Ciclo Diario, poemas, Editorial Gente, 1989.
Un Chin de Caramelo, poemas para niños, Editora UASD, 1991.
Diablo Azul, cuentos, Editorial Gente, 1992 y 2003 (2da. Edición)
Residuos de Sombra, novela, Editorial Cocolo, 1997, 2000 y 2002.
Huellas de la Leyenda (junto con otros autores). Selección de cuentos para niños. Colección Banco de Reservas, 1999.
Los tres entierros de Dino Bidal, novela, Editorial Manatí, 2000. Editorial Gente, 2003 (2da. Edición).
Cuentos de visiones y delirios, Editorial Gente, 2001 y 2002 (2da. Edición).
Memorias de Enárboles Cuentes, novela, Editorial Manatí, 2005.
Señales de voces, Antología de cuentos dominicanos (en colaboración con otros autores), Editorial Norma, 2005.
Antología Voci da Quisqueya (en italiano), Editorial Il Molo, 2006.
El conejo en el espejo y otros cuentos para niños, Ediciones Ferilibro, 2006.
Fragmentos de obras de Peralta Romero

Capítulo 1
Ninguna experiencia, ningún conocimiento está tan adherido a mi conciencia como el saber las razones por las que ya no me preocupo por nada. Eso forma ahora parte de mi ser, circula en mi sangre. Tormento no puede haber que impida mi sueño, ni una lluvia de fuego, ni que el firmamento sufra vómitos o diarrea, ni tampoco un sacudimiento brusco de la tierra. Yo puedo ver miríadas de arañas consumiendo el aire o contemplar que cada ruiseñor se trueque en murciélago. Nada me dolería la petrificación de las rosas. Cesantes quedaron los motivos que en el pasado abatieron mi ánimo o perturbaron mi entendimiento. Azares ha sido mi tránsito por el mundo y si he logrado sobrevivir a tantos entuertos y percances, gracias he de tributar al Altísimo que se ha dignado privilegiarme con sobradas atenciones y concesiones, lo cual si bien pudo hacerme víctima de la envidia de algunos mortales, me confirió oportunidades para comprobar que estoy en este mundo para no comunes tareas, y por eso salí siempre airoso, sin aparentes fuerzas para ello, frente a todos los óbices que encontré desde el día mismo de mi nacimiento.
Quizás las personas paridas en el agua o puestas en ella al nacer, venimos signadas por una señal heroica o de aflicciones. Moisés, Edipo, Sigfrido, Amadís, Hércules y hasta Lazarillo trajeron, como yo, intrínsecamente los indicativos de que agotarían vidas llenas de hazañas y pesares. Cada uno contó con el apoyo excepcional de la Providencia para cumplir su papel de héroe o patriarca, salvo, por supuesto, el pobre Lazarillo, que no pasó de ser un miserioso aventurero, sin otra obra que la lucha por la subsistencia. La diferencia entre él y yo es como la del fuego y la nieve. Si ambos fuéramos peces la desemejanza fuera mucho más vistosa. Lázaro es un producto de agua dulce y yo procedo del mar. Ese infeliz mandadero es como un dajao frente a mí que, repito, si fuera un pez fuera un jurel o un tiburón.
Mi madre se daba un baño de mar, en la playa del Muerto, en San Pedro de Macorís, una tarde de septiembre en la que el sol se vanagloriaba de su energía. Pronunciado el vientre, laxa la indumentaria, radiante la sonrisa. Permanecía de pie y el agua tocaba muslos arriba. Movía las manos para saludar a quienes esperaban en la orilla, agitaba agua cual si fuese un niño criado con restricciones. Ocurrió de súbito y sólo lo advirtió mi madre. De las entrepiernas brotó un líquido de coloración imprecisa cuyas gotas se integraban al mar lentamente, como si resistiesen ser absorbidas por éste. Mi madre miró displicentemente hacia abajo y pretendió disimularlo tirándose puñados de agua. Nadie reparaba en que esto sucedía, ni siquiera mi padre ni las hermanas de mi madre, pero minutos más tarde se alteró la paz en la playa. Mi madre abrió espléndidamente los ojos, emitió un grito asustadizo y de asombro a la vez que corría hacia cualquier lado una parte de su ropa. Contagiados de pavor y confusión, mi abuela y otros parientes se acercaron a ella y ya su semblante mostraba los apuros de una acción trabajosa. "Creo que estoy pariendo", fue todo lo que dijo. Nadie dijo ¡puja Gloria! Como no fue necesaria la intercesión de San Ramón en su plan de partos felices. Ni las garzas lo dudaron. Del cuerpo de mi madre pendía un bebé sostenido por el cordón umbilical, se balanceaba como una fruta asida a la rama que agita el viento. El recién nacido rozaba las aguas con su cabeza, como buscando autobautizarse. Sus cabellos se esparcían en el agua como las ramas de una plantita acuática. La escena cubrió de extrañeza a los demás bañistas. Rezaron unos, lloraron otros y despacharon sobradas opiniones para enfrentar la situación.
Con el día lleno de sol, un relámpago inmenso rasgó el cielo de Macorís como si fueran a romperse todas las nubes y verter su contenido. La lluvia, no obstante, se hizo representar por un trueno memorable, pero no compareció.
Una mujer morena, apodada Cocola, ignoró el reclamo de "¡Tijeras!" que sonó de boca en boca y se acuclilló frente a la parturienta para cortar a puras dentelladas el conducto que, persistente, ataba a la cría con la progenitora. Alguien agarraba a mi madre, mientras otra persona se encargaba de recoger el niño y evitar que fuese a parar al fondo del mar. El niño casi se ahoga, estuvo clínicamente muerto. Cuando levantaron aquel muchacho rojizo, nadie le veía los ojos, su pelo chorreaba hacia todos los lados de la cabeza. "Parece un chino", dijo una señora que quizás procuraba aflojar tensiones. Mi padre le sonrió amablemente, mientras intentaba caminar con mi madre hacia la orilla. Cocola sujetaba al niño y le cubría el ombligo con sus manos laboriosas, con las que preparaba pescados que vendía frente al muelle. Le dio al niño un baño de mar y rodaba sus manos con fruición sobre cada parte del infante.
-El agua del mar lo cura todo, -dijo mientras blandía una sonrisa ingenua. En tono declamatorio agregó: Deja tu suerte antigua a la orilla de la mar, echa tu cuerpo al agua en el día de San Juan.
-Sí, pero hay que quitarle el agua salada, porque si se queda salado, se le atrofia la suerte, -ripostó otra mujer.
En la orilla, enjuagaron al niño con agua de coco y lo envolvieron en una toalla. Mientras la vestían sobre una cama de pencas, mi madre asumió conciencia de sí y exclamó:
-¿Dónde está mi chino? Yo quiero ver a mi chino.
Le colocaron el vástago en su regazo y lo lamió con manos, ojos y ternura, mientras alguien soplaba con un trozo de cartón para disolver un enjambre de mosquitos obstinados en poseerlo todo. "Muñeco, dónde están tus ojos, dime muñeco chino, no veo tus ojos".
Un hombre llamado Simeón prestó su pañuelo, blanco atravesado de tenue azul, y cedió también una moneda de un centavo lavada con ron. Ron de caña, por supuesto, chorreado cuidadosamente para evitar el desperdicio de tan apreciada mercancía. Fajaron al niño con el pañuelo y taparon el ombligo con la moneda de cobre purificada en alcohol.
Llevaron a mi madre al hospital de mister Georg. El gigante sajón de manos vigorosas se acercó con la parsimonia de quien oficia una ceremonia religiosa. Formuló algunas preguntas sobre la parturienta y luego movió el lienzo que cubría al bebé. Con un gesto hercúleo levantó la infantil anatomía y le infligió una nalgada con la que arrancó un sentido grito. Pareció denunciar un abuso y que su sollozo lo impulsaba la impotencia. Era el primer llanto de aquel nuevo ser humano, quien motivos tendría en su existencia para verter lágrimas y gemidos de dolor y de rabia. Esa vez sirvió para que el doctor Georg dictaminara como vivo y viable al niño parido en cuna acuática.
-Tiene buen llanto, buena respiración, buen peso, dijo tranquilamente el médico.
-Gracias a Dios, exclamó mi tía, quien acudió al lugar desde que se enteró de lo ocurrido. Fue ella quien sugirió que mi nombre fuera Moisés, que quiere decir rescatado de las aguas, como sucedió con el patriarca del pueblo judío. Mi tía no realizó altos estudios, pero tenía el perfil de dama refinada y tomaba en cuenta muchos detalles de la vida elegante. Había viajado al extranjero, sobre todo a España, donde permaneció mucho tiempo, de hecho, se encontraba en San Pedro circunstancialmente, pues residía en Castilla.
Soñolienta y extenuada, mi madre irguió la mirada y con ella la voz, para recordar: " Su padre también se llama Moisés". Pero nadie agregó nada, a no ser silencio. Briznas de misterio se esparcieron en la sala, tan palpables como las pajillas de luz que vuelan en una habitación penetrada por los rayos del sol. De por vida, la relación entre ese niño y su padre estaría cubierta por una atmósfera helada.
Sin ser consigo la conversación, el doctor De Wind se percató de ella, pues llegó en el punto culminante. Médico de ejercicio sacerdotal que sólo resta tiempo a la ciencia para disfrutar de la literatura. Fue él quien sugirió otros nombres para el niño: Amadís, Lázaro, Edipo. "Tan indefenso como nace el ser humano,-dijo- el que nazca en medio de las aguas y sobreviva a ellas, deberá contar con una señal de la Divinidad, para un propósito grande y me luce que este niño está marcado por un sello superior".
El mismo día que yo nací en el mar, el mar nació en mí, se hizo parte de mí, me convirtió en empedernido habitante de isla y me dejó el sabor de salitre en los poros y me enseñó la canción de las olas y del viento. El mar me reveló los secretos de los buques grandes y estruendosos que transportan azúcar a lejanos puertos de lenguas indescifrables. Temprano aprendí que la vida del pueblo llegaba por el mar, ya en los cargueros, ya en los balandros cubiertos de escamas y recorridos de anzuelos y carnadas. Uno de los elementos más significativos de la naturaleza siempre ha sido el mar. Para comercio, alimentación y recreo significa grande apoyo, también para la ciencia y la poesía.
Todo esto lo entendí desde el día mismo de mi nacimiento, cuando se inició mi consubstanciación con el mar, es decir estamos el uno en el otro, pero conservando cada uno su propia sustancia. Por cierto, quizás deba aclarar lo de mi nacimiento, pues sé que hay alguna confusión y posibles contradicciones sobre este asunto. Nada debería quedar oculto, mejor será que la verdad se derrame como el sol en los trópicos.
Mi madre estaba en avanzado estado de preñez cuando a instancias de mi tía, viajó a Castilla, donde hubo de encontrarla la hora del parto. A un vetusto hospital, de recias paredes la llevaron bajo una atmósfera cargada de tensiones, acicateadas por las estrecheces que impone el vivir en ambiente extraño. Allí dio a luz un robusto varón de gruesas extremidades, abundante de pelo y ojos pequeños. Envuelto vino en piel rosada, como los niños de la raza blanca, pero eso sí, la nariz, alta y de terminación romba, indicaba claramente una mixtura racial importada del Caribe.
Fue atendida por un médico de anteojos redondos, parco de palabras, mesurado en los modales, cuya complexión física remitía a Don Quijote, ya que como éste, era seco de carnes y chupado de rostro. Encontró bien a la parturienta y a la cría y sin abandonar la circunspección dijo: “Solo me provoca extrañeza la prominencia ventral que mantiene la paciente, la altura del vientre semeja que lleva otro producto, pero no puede ser”. Y se ausentó con la actitud de quien ha concluido su trabajo.
Algunas cosas resultaron diferentes a como se esperaba y mi madre entendió conveniente regresar a su tierra. Mi tía viajó con ella para asistirla. Ya se encontraba en San Pedro de Macorís, a los cuarenta días de este hecho, cuando al bañarse en la playa del Muerto la atrapó de nuevo el ímpetu del parto, ocasión en la que nació el varón de quien antes les he hablado. Uno de esos niños he sido yo, sin duda. La tradición se ha encargado de propalar que el nacido en San Pedro soy yo. Pero nadie puede estar seguro de eso, aunque infinidad de papeles así lo expresen.
La confusión comenzó cuando mi tía regresó a Castilla y cargó con uno de los mellizos, mientras el otro permanecía con la madre. Al momento de su nacimiento, el segundo niño mostraba similares talla, peso y destrezas del que llevaba en vida cuarenta días y cuarenta noches. Nada los diferenciaba, ni una mancha, ni un lunar. Debo presumir que mi tía era estéril, quizás por eso contemplaba con pena a las mulas y repetía que debía ser éste el más desdichado de los animales. Alguna vez dijo que envidiaba escribir canciones y que si supiera hacerlo compondría una titulada “Tristeza de mula”. Esto, desde luego, no me lo dijo a mí, sino que me lo contaron mi madre y otros miembros de la familia, pues mi tía se marchó a Castilla, sentimentalmente parida y llevando la prueba de su alumbramiento entre los brazos: un muchacho robusto, de tez rojiza y dos dientes rompiendo tímidamente la encía.
La tristeza le cayó encima a Boquita, un maquey joven, que ya soñaba con lo que haría cuando fuera grande. Es decir no era un bebé, sino un maquey que andaba por su cuenta, cuyos padres ignoraban sus pasos. No se sabe de qué forma él se haya separado de ellos, o mejor dicho de ella, de su madre, porque el papá de los maqueyes no se fija en la vida de sus hijos, ni les importa cómo se crían ni dónde van.
Pues como íbamos diciendo, no se sabe qué pasó entre ese maqueicito y su madre. Quizás le haya dicho un día: “Bueno mamá, yo me voy a buscar rumbos, ya puedo valerme por mí mismo”. Pero uno no sabe, pues pudo haber sido la madre que le dijera a Boquita: “Bueno, mira a ver si ya tú aprendes a rascarte con tus uñas, tienes que iniciarte en la vida de adulto”. Cómo vamos a saber eso.
Sí sabemos que el maquey del que hablamos sufrió mucho. El nació en un bosquecito que queda entre el mar y el río, donde desemboca el río Yeguada, en la isla Quisqueya. A ese pequeño lugar le llaman La Boca, por eso vino a llamarse Boquita.
Pero Boquita, el de nuestra historia, era más triste que los demás maqueyes, pues mientras los otros andaban con la casa al hombro, éste iba sin casa, descubierto, como damnificado de un huracán. La casa de un maquey es el caracol en el que ellos se meten y enroscan su masa blanda, donde guardan grasas y otros líquidos importantes para su vida.
Pero llegó el momento de la verdad, y la verdad era que ya no cabía en esa concha. Entonces el maqueicito bueno dejó su concha con la esperanza de que Dios le enviara otra a su medida. Y dijo algo parecido a como dicen los niños cuando mudan un diente: “Ratoncito, ratoncito, ahí te envío ese dientico para que me des otro más bonito”. No dijo eso mismo, en realidad, sino algo parecido, pues Boquita dijo: “Diosito, Diosito mío, te mando mi caracolito, para que lo cambies por uno más grandecito”.
Salió de su guarida momentánea. Es verdad que el sol se le hacía insoportable, además de que el cascajo de la playa se calentaba también y sobre él debía posar su delicada piel, la piel de la bolsita fofa que es como si fuera un intestino.
Boquita pensó que bastaba un picotazo en su bolsita blanda para que se le escaparan las fuerzas a chorritos. Se imaginó en el pico de una gallina que emitía un llamado materno qui qui qui para avisar a su prole: “Vengan, chicos, que hay comida”. Pero no ocurrió nada, también sobrevivió.
Boquita caminó entre piedras y espinas. Peor aun, entre pisadas de humanos. Un pescador de tierra había perdido su carnada en vano intento de capturar algún pez, y vio la gloria cuando apareció Boquita ante sus ojos.
El hijo del pescador se entretenía entre las piedras, buscando una bien pulida y bonita para regalar a su madre y en eso andaba cuando topó con un hermoso caracol color rosado y muy lustroso. Se acercó contento a mostrárselo a su padre y vio cómo éste tenía a Boquita entre sus manos. Pensaba clavarlo en el anzuelo.
“¡Papá, -le dijo- qué vas a hacer con el maquey!”. Como el padre respondió que lo usaría para carnada, del alma del niño salió un grito: “¡Nooo, por fa, noo!”
La herencia
Quizás sea ésta la carta más extensa y patética que recibas desde que abandonaste nuestro hogar, y talvez en lo que llevas de vida. Pero es necesaria. Por encontrarte tú tan lejos no puedes entender las interioridades de las cosas que afectan a la familia. Es mucho lo que pasa aquí que tú ni te enteras. Sabemos que de Estocolmo a Santo Domingo media mucha tierra y mucho mar y que hasta en un jet supersónico el viaje resulta largo. Ya ves, murió papá y tú no pudiste venir ni siquiera a los últimos rezos. La distancia respecto de un problema o una situación desagradable ayuda a tomarlo con tranquilidad y ese es tu caso. No queremos decir que seas indiferente, pero evidentemente que sufres menos mortificaciones, por causa de la lejanía. Pero pienso que es más edificante la claridad, aunque muchas veces resulte punzante. Y punzante es el asunto que afecta a la familia desde la muerte de nuestro padre, porque lo sentimos hondamente y de momento no encontramos la salida para esta situación. Figúrate, la pobre mamá, una mujer hecha y derecha pero apenas conoce de oficios domésticos, cómo puede enfrentar satisfactoriamente esta situación. Para ella sería una carga demasiado pesada. Y complicado se torna el caso si uno se pone a pensar que está en juego nuestra propia subsistencia, pues si lo único que dejó papá no lo sabemos administrar, estamos condenados al fracaso. Dicen que Dios no abandona a sus hijos, pero creo que sobre todo a mamá y a mí nos esperan días amargos. El panorama que se vislumbra no es nada halagador.
Ahora pienso que poco sirvieron tantas flores y comentarios elogiosos para nuestro padre a propósito de su muerte. “Profesional ilustre”, “ciudadano ejemplar”, “la humildad fue la más notoria de sus múltiples virtudes”, “pulcro servidor público”, son algunos de los juicios extraídos de los artículos editoriales de los más importantes diarios del país cuando murió papá. Pero todos ignoran el estado de incertidumbre que vivimos sus descendientes. Sobre todo, la inquietud que nos agobia en cuanto a quién será el continuador del trabajo de nuestro difunto progenitor. Trabajo que como te decía antes, constituye la base para el sustento de mamá y de Wendy y Alexander, los hijos de Luisa que viven con nosotros desde que ella emigró, ya que el papá no se ha interesado en llevárselos con él. A la pobre Luisa siempre la recuerdo con pena, es buena y tonta al mismo tiempo. Bregó mucho con todos nosotros por ser la mayor. A ella le tocaron los tiempos de máxima pobreza, de cuando papá se desempeñaba como un simple empleado público en Baoba del Piñar. No tuvo oportunidad de estudiar más que la primaria y se casó con el primero que apareció, un hombre bruto y complicado que para colmo amaba la botella más que al trabajo. Tú lo recuerdas más que yo, pues yo era muy niña entonces. Ahora vive afanando en Nueva York con la esperanza de un día regresar para instalar una tienda de ropas. Con ella no se puede contra para ocuparse del proyecto iniciado por papá, apenas podrá colaborar, como lo ha hecho, con responsabilidades menores.
Si quieres te sigo recordando. A Luisa le sigue Maria Isabel que se hizo monja y su mundo es muy diferente al nuestro, si bien visita la casa cada año para el día de las madres, generalmente está hablando de viajes a Medellín o a España y cuando está en el país siempre permanece en ciudades distantes de nosotros. Ella tiene formación académica porque estudió ciencias de la Educación pero por su misma ocupación y por otras razones, para ella significa una afrenta mezclarse con las cosas que ella llama mundanas y realmente lo de papá son cosas mundanas.
Ojalá que la distancia no te haya borrado que la tercera hija de Homero Manuel Sánchez y Petronila Ramírez responde al nombre de Emperatriz, que desde pequeña demostró ser la más despierta y que un día tomó unas vacaciones en el banco donde laboraba como cajera y partió rumbo a Miami, y que allí conoció a un ciudadano sueco que también vacacionaba y optó por casarse y establecerse en Estocolmo, donde disfruta de aprecio y simpatía y ha aprendido a vivir entre nevadas y cielos nubosos. Con poco esfuerzo comprenderás que se trata de Emperatriz Halsingborg, la misma de la que papá decía: “Esa será mi mano derecha”. Pero ese sueño se esfumó no solo por la partida a destiempo de nuestro padre, sino además porque representa gran sacrificio para una familia de clima frío, donde la gente piensa mucho más, emigrar pura y simple, a habitar bajo un sol infernal simplemente por complacer aspiraciones tontas, propias de latinoamericanos. Sé que eso equivale al trasplante de un árbol muy viejo cuyas raíces guardan estrecha familiaridad con el corazón de la tierra. De modo que no interpretes mal la referencia que de ti y tu esposo hago en la presente misiva, pues de ningún modo les estoy pidiendo, ni siquiera sugiriendo, que abandonen su hogar y sus medios de vida para establecerse aquí solo para ocuparse de un asunto que nunca figuró entre sus intereses.
Al momento de sentarme a escribir esta carta no calculé la cantidad de papel que necesitaría. Al acabarse la hoja aproveché para colocar unos tanques bajo el chorro de agua que desciende del techo, pues llueve intensamente en este momento. Mamá aprovechó para preguntarme qué te había puesto en la carta y me exhortó, con lágrimas en las mejillas, que te contara más cosas. Y pienso oportuno, querida hermana, comunicarte que Juan Homero, el único varón de nuestra familia, acaba de obtener el grado de capitán de fragata de la Marina de Guerra, tú recordarás que a él siempre le gustó la carrera de las armas y para eso se preparó. Papá se hacía muchas ilusiones con ese muchacho, pensando que llegaría a ser un general. Y hasta lo parangonaba con el general Juan Sánchez Ramírez, autor de aquella famosa sentencia que nos enseñaban en la escuela: “Pena de la vida al soldado que toque la retirada…” Eso emocionaba tanto a papá que hizo que Homerito llevara también el nombre Juan para que fuera homónimo del famoso Sánchez Ramírez. A decir verdad, Homerito pasa muy frecuente -cuando sus responsabilidades se lo permiten- a estar con mamá y siempre le otorga alguna ayuda en metálico, a pesar de que él no gana tanto, pero como los militares manejan la magia de extender el sueldo que ganan, él puede hacerlo. Por cierto, que en el justo momento en que una brigada de Corporación de Electricidad cortaría los alambres del servicio eléctrico a nuestra casa, llegó él y salvó la situación. Pero en el Club Privado si no entienden de uniformes ni de pistolas cuando un socio no está al día, y recientemente a mamá y a mí nos quitaron nuestras tarjetas a la entrada por falta de pago, imagínate la vergüenza que pasamos. Pero lo que te quiero decir de Juan Homero no es precisamente lo que llevo dicho, sino que por su condición de varón único de la familia, es el más indicado para ocuparse del proyecto de papá, porque en verdad esas son cosas más de hombres que de mujeres, pero ya ves que siendo tan joven lleva una carrera militar exitosa y más ahora que a su suegro lo designaron jefe de estado mayor. Me parece un abuso pedirle que se aparte de las fuerzas armadas para ocuparse de tareas tan contrapuestas, aunque en el fondo guarden relación. Lo ideal es que Homerito pase a retiro por antigüedad en el servicio y luego decida qué hacer con el resto de su vida. Mientras tanto, las esperanzas de que se embarque en el proyecto de papá resultas escasas.
Nunca pasó por mi imaginación que la desaparición de papá acarrearía tanta perturbación en esta familia. Hoy, para que sepas, hemos llegado a tal punto que hasta se ha sugerido mi casamiento con un individuo que ni a distancia ha tocado las puertas de mis sentimientos, con miras a que se integre a nuestra familia y pueda confiársele la dirección del proyecto de papá, partiendo del dicho muy cierto de que barco varado no gana flete. Como tú sabes, soy la más joven del grupo, cuento con diecinueve años de edad, que para unas cosas son muchos y para otras son pocos, por lo pronto la inexperiencia me descalifica para continuar las tareas de papá. Estudio la carrera de Informática en la Universidad pero eso no me faculta por el momento ni aun para dirigir el departamento de cómputos de nuestra entidad, digo yo en caso de que lo tuviera, pues ahí faltan tantas cosas, todo está por hacerse. Pero una debe ir preparándose para la vida, en ese sentido puedo decirte que acabo de inscribirme en el Registro Electoral, lo que me autoriza a votar en las próximas elecciones de autoridades nacionales. Por cierto, que solo faltan cinco meses para ese evento y a medida que pasan los días se torna más densa la bruma que nos cubre. A mí y mama que nadie nos pida torear esa situación, pues quedamos cortas. La intención no es transmitirte la angustia de la que somos presas mamá y yo al momento de escribirte esta carta, pero conviene que estés advertida de que a cinco meses de las elecciones, el Partido Alianza Salvadora no es tenido en cuenta por nadie y tú sabes que en procesos anteriores los candidatos de los grandes partidos siempre invitaban a papá a cenas y encuentros con miras a que él firmara alianza de apoyo a una candidatura y en eso a papá nunca le fue mal y pudo criarnos dignamente y mantener su organización funcionando. Pero ahora, Emperatriz, el porvenir es sombrío y al parecer el proyecto tan acariciado de papá sucumbirá. No sé, hay heridas que duelen en cuerpo y alma. Ahora no sé si enviarte esta carta o arrojarla al cesto. Si te la envío, por favor, quémala.
Ofelia Berrido

Empezó a escribir poesía a la edad de trece años, emigró a Puerto Rico y luego a Estados Unidos; ya en su adultez viajó a México, Venezuela, Costa Rica, Rumania, España y Francia, donde se dedicó a conocer la cultura de esos países y muy especialmente su literatura. Incursionó en la publicación de artículos periodísticos y trabajó como comunicadora en varios programas y canales de televisión siendo la primera mujer en dar noticias -Telenoticias- por dicho medio en Santo Domingo. Actualmente escribe artículos de opinión para uno de los principales diarios del país y trabaja el oficio de escritora. Amante de las lenguas, habla español, ingles y francés.
Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, miembro del Grupo Mester de Narradores de la Academia Dominicana de la Lengua, miembro del Movimiento Interiorista, y además miembro de “Society for Human Resources Management (SHRM) de los Estados Unidos.
Ha impartido conferencias sobre El misticismo en la Academia Dominicana de la Lengua, en el Ateneo Insular, así como en la Feria Internacional del libro de Santo Domingo.
Dos antologías recogen su novela y poesía: “La novela de escritoras dominicanas de 1990 a 2007” de Sara Rosell, profesora asociada del Departamento de Lenguas Modernas de la University of Northern Iowa, Ph D en Lengua Española. Y la “ Poesía Mística del Interiorismo, Antología de la lírica teopoética y protomística de Bruno Rosario Candelier, doctor en Filología de la Universidad Complutense de Madrid y Director de la Academia Dominicana de la Lengua
Graduada de Doctora en Medicina de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, realizó sus estudios de especialidad en Ginecología y Obstetricia en la Escuela de Residencias Médicas de la Maternidad Nuestra Señora de la Altagracia–UASD, para luego realizar la especialidad en Oncología Ginecológica, así como cursos en la Universidad de Rió Piedras, Puerto Rico y en el Hospital John Hopkins, Baltimore, USA.
Ofelia Berrido cuenta con una Maestría en Administración de Negocios de la prestigiosa Universidad de Texas -“School of Management of the University of Dallas”- con una mención en negociaciones, realizó además, diversos cursos de Recursos Humanos en Abbott Hospitals, Chicago. Ha trabajado en ambas disciplinas tanto local como internacionalmente para importantes empresas e instituciones.
Fragmento de obra de Berrido

aseguraban su vida. Su abuela, la matrona, reunió la
familia para orar por su salvación. Imploraban por
su restablecimiento; rezos con dobles propósitos pues
de no sobrevivir, se transmutarían en guías del alma
para traspasar los umbrales de la muerte. Con setenta
y dos horas de existencia, su conciencia estaba más
cerca de su origen; de ese secreto del universo, que
de la vida en este plano, y bajo este entendimiento los
esfuerzos y plegarias se redoblaban.
Decidieron ofrecer su alma al Señor. Dios decidiría
si esta alma en busca de vida física, perduraría. La
matrona había ordenado no insistir con médicos, ni
mucho menos con la comadrona salvadora. Ofrecieron
su vida a Dios y como prueba irrefutable eligieron
un nombre que de seguro funcionaría como talismán:
la llamarían Lucía de la Cruz de Jesús. Lucía, nombre
que representa -como paradoja no casual- la luminosidad,
así desde su nacimiento, luz entre sombras.
Hacía justo ocho meses que Felipe de la Cruz había
unido su destino al de Erika de Jesús en una noche donde
los exabruptos de la naturaleza sorprendieron con su
majestuosidad a la pareja. El cielo celebró con danzas
de claroscuro: magnífico espectáculo de luz y sonido;
juego de relámpagos en aquel negro cielo, percusión de
truenos, sonido como de tribus que anuncian peligro;
lluvia torrencial del que llora un futuro funesto.
Felipe había elegido como fondo musical de la
pequeña ceremonia, una melodía cuya magnífica tesitura
servía de centro de gravedad a aquel evento,
cuya emoción los mantenía flotando como tórtolos
en celo. Sin embargo, en aquel momento interminable
el Adagio lamentoso de la Patética de Tchaikovsky
-maestro que admiraba no sólo por su música sino por
su nacionalismo a ultranza-, calaba hasta los huesos,
mientras el cielo agredía con un embate ensordecedor
como premonición de un tiempo incierto.
Boda convertida en presagio de aquel momento
de angustia y desesperación, de rezos y lágrimas, de
golpes de pecho, de avemarías y padrenuestros, del
prematuro nacimiento de Lucía.
Felipe de la Cruz, cuyo verdadero nombre era Philippe
de la Croix, era hijo de Jean François, inmigrante francés,
que impulsado por los complejos de todo aquel que se
siente enajenado, expatriado de sus raíces, prefirió que su
hijo creciera como un nativo, y como parte de su intento
logró de forma oficial cambiarle el nombre a la versión
castellana. François había llegado a nuestra isla huyendo
de sus recuerdos de guerra de forma desesperada; huía
de la muerte despiadada, de la desesperanza, del caos,
de la tragedia de esa época insólita, de la que nada quedó.
Huía de su vida de posguerra, de la falta de abastecimientos
y de incentivos, del alza de los precios, de la ruina y
más que nada de la incertidumbre.
Buscaba además la belleza, la calma del sur, el sol
y la energía vital que dan sus rayos, quería alejarse
del frío y de lo frío del hombre que mata por poder.
Huía…hacia una mejor vida.
Jean François arribó al país el sábado 3 de agosto
del 1946 en plena conmemoración del 450 Aniversario
de la Fundación de la Ciudad de Santo Domingo,
paraíso del Nuevo Mundo. Toda la ciudad estaba de
fiesta; al día siguiente se esperaban múltiples celebraciones
incluyendo el desfile militar, que según supo,
era de rigor. Estaba ilusionado con el cambio, con la
oportunidad de recomenzar. Alquiló una habitación
en una pequeña pensión, y tras visitar un bar cercano,
en la misma Zona Colonial, y después de beber hasta
la última gota de una botella de Bordeaux, volvió a su
habitación. Cayó de bruces en la cama, empujado por
el agotamiento de tan largo viaje, adormecido por el
placer de la borrachera que provoca el olvido.
Se interrumpió su sueño bruscamente y su primera
impresión fue que se despertaba de alguna juerga
que no recordaba, pero que el horrible hedor a alcohol
confirmaba, pues de repente, todo daba vueltas a su
alrededor; la cama empezó a temblar, la lámpara de
techo se balanceaba cual barco en tempestuoso mar,
y un rugido ensordecedor como de bestia al ataque se
escuchaba aumentar.
A lo lejos se oyó una explosión; su cama sonaba
como maraca de metal; el piso ondulaba con violentas
sacudidas; se intensificaba el terrible sonido; las paredes
se agrietaban con rapidez. Jean François salió corriendo
despavorido, encontrándose en la calle con escenas
del peor de los infiernos; mujeres y hombres con niños
en los brazos huyendo desesperados, aterrorizados, sin
saber hacia dónde se dirigían; otros arrodillados dándose
golpes de pecho pidiendo la salvación; las casas caían
pulverizadas… Calles perpendiculares cabalgaban unas
encima de otras mientras la tierra abría sus fauces, insaciable.
El aire se contaminaba, tiñéndose del negro
humo y del polvo proveniente de algunas de las casas
en fuego. El mar se alejó asustado, sólo para recobrar
fuerzas y atacar, rápida y violentamente, no quedando
ni una sola vivienda en pie.
Temblor vertical, horizontal, temblor de todo y de
todos, temor, rumor de muerte…
Sufrió daños el Convento de los Dominicos; rotura
el altar de la Iglesia de las Mercedes. Daño de lo
público y lo particular; conmoción telúrica, realidad
de su símil: la guerra.
El evento desgarrador se inició a la una de la tarde siendo
seguido por temblores de mayor y menor intensidad,
como si quisiera probar la paciencia de los lugareños, quienes
abrazados, ya dispuestos a morir y con la conformidad
que da todo aquello que no podemos cambiar, esperaron
el amanecer en las plazas y lugares abiertos.
Jean François no podía creerlo, le perseguía la desgracia;
¿Qué destino era el suyo? ¿Qué había hecho
para merecer todo esto? ¿Por qué debía él presenciar
tanta muerte y desolación? Huyó de la agresión de los
hombres, para enfrentarse cara a cara con la agresión
de la naturaleza. -¿Por qué?- se preguntaba. ¿Había
sido esto casualidad o causalidad? Había venido a esta
calida tierra a formar una familia, a crear una descendencia,
a reiniciar la historia de su vida. Pero en ese
momento todo estaba confuso, ¿qué sería de él y sus
descendientes si una nube negra acosaba su vida…?
Sobrevivió, pero aquel momento, aquel reencuentro
con todo aquello de lo cual huía lo marcó y él, que
siempre buscaba las enseñanzas escondidas en todo
lo extraño que le acontecía, concluyó que:
-Las historias que deben ser vividas, lo que el destino nos tiene
reservado, no lo podemos evitar, no hay escape…
Así continuó la historia de esta familia; Felipe,
negociante por naturaleza, desde pequeño realizaba
trueques donde siempre resultaba beneficiado, pero
su don principal consistía en hacer feliz a la gente. El
valor emocional que ofrecía excedía el costo económico,
del cual se beneficiaba. Brindaba una satisfacción
que se convertía en agradecimiento de por vida.
Creció como un empresario exitoso, pero al llegar el
momento en que tuvo que revisar su vida la encontró
vacía, le parecía que carecía de algo, pero desconocía
de qué.
Escapaba de la monotonía de la vida diaria a través
del arte, coleccionaba obras de grandes pintores a la
vez que ocupaba sus momentos de ocio pintando en
el pequeño atelier que había construido hacia el lado
Este de la casa. Desde el ventanal principal, enmarcado
de trinitarias, Felipe, como acto sagrado, observaba la
salida del Sol, tiempo de contemplación de ese círculo
infinito, ilimitado, llameante, representación de la fuente
de vida, símbolo del espíritu del hombre.
Sus obras eran extraordinarias; colores brillantes,
danzas de fuego y anaranjados profundos, que competían
con los matices del cielo. Iniciaba sus pinturas
con una temática clara, realista, pero al finalizar
no sabía cómo, ni por qué, concluía con unas obras
abstractas impresionantes que lo dejaban absorto por
horas. Para entonces, sus negocios marchaban solos
y él se dedicaba cada vez más a sus “horas de locura”.
Disfrutaba infinitamente el mundo de la creación que
le era más atractivo, más relajante, más suyo.
Cada día conversaba menos, se alejaba más de la
realidad cotidiana, de la “aburrida realidad”: era
tiempo de claustrofobia. Clientes y amigos empezaron
a comprar sus cuadros y él los vendía a bajo costo,
porque aunque no necesitaba dinero, nunca le gustó
ceder nada, pues su opinión era que lo que se recibe
sin esfuerzo, no se valora; así que la venta era cuestión
de convicción más que de necesidad.
De repente, fue perdiendo el sentido del tiempo,
apenas podía conciliar el sueño por unas horas, despertaba
de madrugada, se dirigía lentamente al balcón
del atelier y permanecía sentado sobre el muro de piedras
coralinas enmohecidas por el tiempo, refrescando
sus sentidos con ese olor a humedad del ambiente
de ríos cercanos, con el cantar del agua entre las
piedras, bajo el viento que susurra secretos al verdor.
Su tez enrojecida cual fruta madura, se transformaba
en tierra recién labrada, surcos profundos marcaban
su terrible futuro y sus labios tostados, partidos, cerrados
a las palabras como advertencia quebradiza de
lo porvenir. Al ocaso, como por orden de un mago;
Felipe salía del trance hipnótico para volver al estado
“normal” del ser humano: sueño de ojos abiertos.
***
Erika de Jesús, de piel aceitunada y ojos claros, era
la hermosa mujer de la cual Felipe se había enamorado.
A una asombrosa inteligencia natural, sumaba
una increíble facilidad para las matemáticas, don que
utilizaba en contadas ocasiones: le era útil, para ese
tiempo convertido en tedio, de la revisión obligatoria
de las facturas periódicas. Importante y gratificante
para el conteo de las estrellas, visibles en noches claras
y la medición del espacio que las separa, similar al
espacio vacío que destierra al hombre.
Erika no entendía cómo podía tener esta facilidad;
no le gustaban, no le interesaban los números, en
cambio, las palabras, la poesía y la música: esas eran
su pasión.
Creía en la astrología, y estaba convencida de la
influencia que ejercen los astros sobre los seres humanos,
sus actuaciones y su forma de ser. Creía en
el hechizo de luna, en ese cambio electromagnético
causante de desórdenes mentales en las personas de
débil constitución.
Felipe mantenía a su mujer ocupada obsequiándola
y estimulándola con libros que le compraba en cada
uno de sus viajes de negocios. Erika era una romántica,
creía en el amor y la felicidad eterna, en la pasión
de una vida, y más que nada creía en las estrellas y en
cómo son capaces de hacer realidad nuestros sueños.
Había leído “Hamlet” una y otra vez, y mil veces más
las palabras “Oh, alma mía que quieres librarte y más
te pierdes”. Digirió con apetito voraz “El amor en
los tiempos del cólera”. Lloraba desconsolada cada
vez que releía “La amada inmóvil”, o su manoseada
versión de bolsillo de “Flores del mal”, que había
convertido en papeles roídos, informes y descoloridos,
pero que conservaban intacto lo escrito, y le permitían
deleitarse de la belleza de su contenido.
Disfrutaba al tenderse en el jardín antes de acostarse,
con los brazos abiertos, en forma de cruz; al
mirar el cielo, con respiración profunda, pausada; y
al contemplar el mundo de las estrellas, su mundo.
Aquel ritual era necesario en su vida, tiempo del cual
no podía ni quería prescindir. Así pasó las noches de
embarazo, acariciada por la frialdad de la noche, libre
al contemplar el cielo, cómplice de sus sueños. Noche
tras noche las verdes hojas del jardín bañadas de rocío
impregnaban su túnica blanca marcando su figura en
las blandas sábanas de seda.
Quizás fueron los astros los que unieron a Erika y
Felipe; los astros del día y de la noche en comunión a
través de su amor; ahí eran iguales.
Fue entonces cuando Felipe empezó a oír el sonido
sin sonido, a ver el inicio de la nada, a palpar la
existencia de la no existencia. La capacidad de conciliar
el sueño lo abandonó. Nunca se supo, qué o quién
le robó la paz de la noche, ni por qué desapareció
Morfeo.
Cronos, que siempre organizó su vida, se convirtió
en caos. Felipe afirmó que la noche arropó al caos pero
que ya era tarde, que él ya había perdido el sueño para
siempre. Dijo que los dioses fueron los culpables; que Hipnos,
dios del sueño, partió con Tanatus, dios de la
muerte, y que cada noche se oyen sus cánticos en las
montañas; que volverían cuando él esté listo.
Fue internado en el Manicomio de San Andrés,
digo manicomio y no sanatorio, como sería lo correcto,
con el fin de ser más preciso, pues este vocablo
simboliza mejor su situación: del griego (manía, locura),
komeo (cuidar). Sí, de eso se trataba, de protegerlo,
cuidarlo de esa manía de comunicarse eternamente
con el Sol.
Se había rendido a Cronos, aceptaba el tiempo
como algo que estaba fuera de su control, como una
limitación impuesta. Había dejado de luchar; tuvo la
visión de que existen circunstancias sobre las cuales
sólo el tiempo tiene poder, donde no hay nada qué
hacer, donde la aceptación es el único camino posible
frente a situaciones de dolor, de heridas profundas
que sólo el tiempo puede aliviar. Sólo él puede transmutar
recuerdos en felicidad o dolor en olvido o en
enseñanza. El tiempo, emisario del destino, cómplice
de él, y en postura solitaria, la lámpara del discernimiento,
del entendimiento, se apagaba en su mundo
de soledad.
Era una locura de silencio, de esas que lucen como
si existiera un íntimo contacto con lo divino. Era difícil
de predecir si la voluntad estaba presente en él -estatua
viva de barro- sentado y en meditación, mirando
siempre hacia el astro Sol. No molestaba a nadie con
discursos sobre la verdad desnuda; verdad hipócrita
del incapaz de verse a sí mismo; verdad carente de
censura social; verdad, en la mayoría de los casos, ilusoria;
no era el típico loco que invade con palabrerías.
¿Cuántos genios cuerdos habrá en los manicomios?,
¿de cuánta locura estaremos todos impregnados?,
¿qué es la locura en última instancia?
Sus obras crearon un mito. Todo aquel que adquirió
una de ellas, por una extraña y desconocida
razón, quedaba extasiado al contemplarla, así como él
quedaba frente al Sol. Después de observarla por
dos o tres horas diarias un cambio les embriagaba, una
energía especial, creativa, nueva, les embargaba, una
felicidad desconocida los transformaba.
Felipe murió joven, Erika le sucedió cinco años
después; su muerte -al igual que la de él- fue apacible y
de causa desconocida… Lucía se salvaría para cargar
el peso de una cruz que la atormentaría toda la vida;
hermosa, frágil, de fácil llanto, tocada con la chispa
de locura que da la juventud y con el pavor de quedar
inmersa en aquélla para siempre.